sábado, 18 de octubre de 2014

TERROR ROJO EN MADRID



Ser religioso, propietario, militar, empresario o falangista en España, en Madrid, en los meses de julio a diciembre de 1936, suponía una situación altamente peligrosa.

Acusados de ser responsables de la rebelión militar fascista, espías, enemigos o desafectos al gobierno, corrían el riesgo de ser visitados por un comité revolucionario que, a bordo de un coche de lujo y a la manera de Chicago, lo llevaran a dar un «paseo» sin retorno.


El caldo de cultivo de esta violencia venía de la fallida experiencia de la II República española, en la que los enfrentamientos entre   movimientos obreros sindicalistas –anticlericales– y la derecha fueron cada vez más enconados.  Aunque los datos siguen siendo discutidos, fueron alrededor de 50.000 ejecuciones las que tuvieron lugar en la retaguardia republicana, cometidas por estos grupos contra aquellos a los que percibían como enemigos de clase. Este periodo tan violento  fue denominado por la propaganda franquista como «terror rojo».


Y así titula su libro Julius Ruiz, hispanista hijo de españoles y profesor de Historia Contemporánea de la universidad de Edimburgo, que lo analiza de forma profusa acudiendo a fuentes documentales hasta ahora inéditas. Terror que, en palabras del autor, «socavó internacionalmente el prestigio de un gobierno que, si no dirigió, sí amparó la brutal represión llevada a cabo por el Frente Popular.


Los más de 6.000 miembros del clero ajusticiados minaron gravemente su reputación y sus intentos de hacer ver en el extranjero que estaba luchando en una guerra por la democracia, sobre todo de entre los países católicos. En Inglaterra, incluso los laboristas fueron partidarios del ‘‘no apoyo'' por esas matanzas. 


El gobierno no lo entendió. Sin embargo, existe la polémica sobre si los autores de las mismas fueron grupos incontrolados o se trató de una violencia dirigida y planificada desde el gobierno. Para Ruiz, «los asesinos no fueron simples delincuentes, fue el pueblo –panaderos, empleados– siguiendo el discurso exterminador de antes de la guerra que gritaba al adversario "bestia fascista"».


El terror fue selectivo, unos grupos corrieron más peligros que otros –en especial sacerdotes y falangistas–, pero para el autor, al contrario de lo que piensa cierta corriente historiográfica actual, «no hubo "checas" en  Madrid en el 36, sería más tarde. No hay referencias. Se habla de "comités", pero no se aprecia influencia rusa de forma consciente ni en los discursos, ni en los métodos, aunque ambas se parezcan en sus arrestos arbitrarios, interrogatorios brutales, juicios y ejecuciones masivas. 


Más bien influyó Hollywood y sus películas de gánsteres. El macabro procedimiento de llevarse a alguien a "dar un paseo" tiene su origen en el gansterismo de Chicago en los años 20, no en los "chequistas" rusos. Incluso el mono, prenda simbólica de proletarios y milicianos, se hizo popular con las películas de Buster Keaton».


Los tribunales populares «fueron un intento del gobierno republicano de satisfacer las demandas del pueblo, de ofrecer una alternativa creíble –había juicio y sentencia–. Una justicia politizada, muy dura, pero que se podía comprar. Un simulacro de justicia que condenaba con tribunales revolucionarios y que, a pesar de la presión internacional, justificaba el gobierno. Muchos formaban parte de tribunales anarquistas por casualidad. El papel del gobierno fue complejo. Los grupos actuaron con autonomía, pero tenían la confianza de sus dirigentes.


Pensaban que hacer la revolución y asegurar la retaguardia era lo mismo. Eliminar al enemigo interno era una consigna del PCE desde el principio y una obsesión de los comités revolucionarios. La decisión de la actuación fue de los partidos políticos y de las organizaciones obreras, que creyeron ver enemigos en todos los lados, una "quinta columna" que había que aniquilar como espías o colaboracionistas con el bando rebelde, pero eso fue más fantasía que realidad, un mito que actuó como motor de las matanzas». Y, apostilla, «cualquiera podía ser enemigo, incluso había conflictos entre socialistas, anarquistas y comunistas».


Primero fue la creación de grupos de vigilancia e investigación antifascista en la retaguardia. El segundo tipo lo constituyó la brigada policial de la Dirección General de Seguridad -DGS-, lo que supuso la implicación de la policía en la red del terror. Para garantizar la cooperación de los grupos, Manuel Muñoz, director general de Seguridad (de Izquierda Republicana) creó el Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) como ayuda a la DGS y de gran protagonismo en la «purga» de fascistas.


Este fue el punto neurálgico en la red del terror recibiendo y ejecutando prisioneros. Ambos organismos participaron en las «sacas» de reclusos para matarlos fuera de la cárcel. Además, estaba el SIM, la temida Policía secreta militar, y la Junta de Defensa de Madrid -JDM-, cuya Consejería de Orden Público dirigió Santiago Carrillo. 


El gobierno de Largo Caballero estaba preocupado por la gran concentración de «fascistas», potenciales soldados de Franco que se acercaba a Madrid y podía liberarlos. ¿Qué hacer? Ante la pasividad del Gobierno, sería el CPIP quien resolvería el problema. El proceso acabó con las matanzas de Paracuellos.

Hasta Paul Preston ha dicho que Carrillo sabía lo que pasó en Paracuellos. El 28 de octubre hubo una saca organizada de la cárcel de Ventas hacia esa localidad. Antes de llegar Carrillo, ya habían fusilado a 190.

Para Julius Ruiz, «su importancia no fue que ordenara la matanza, sino que la apoyó políticamente, facilitó la logística e incorporó a los dirigentes en su nueva policía revolucionaria, es decir, fue cómplice, al igual que el gobierno republicano. Cesaron en diciembre por la orden de un simple subsecretario. Carrillo no opuso resistencia a esta orden de cesar las sacas, pero no por una razón humanitaria, sino por una orden del gobierno». En opinión del autor, «fueron 2.500 fusilados».



Bueno será recordar lo que eran aquellas prisiones en las que inmediatamente van a producirse las terribles “sacas” de detenidos, con destino a las zanjas preparadas en Aravaca, en Vicálvaro, en Ribas-Vaciamadrid, en Torrejón de Ardoz y en Paracuellos de Jarama. 
Cinco eran las del Madrid rojo: la Modelo, en la plaza de la Moncloa, en el mismo emplazamiento del actual Ministerio del Aire, en la que se hacinaban unos 8.000 presos. La de Ventas, hoy también desaparecida, en la calle del marqués de Mondéjar, construida para prisión de mujeres, pero desde el 24 de julio habilitada para varones, con unos 1.500 presos. Las de los Colegios escolapios de San Antón, en la calle de Hortaleza y de General Porlier, habilitados para prisiones, en cada una de las cuales se amontonaban en aulas, galerías y pasillos más de 2.500 detenidos. Y finalmente la del Convento de la calle del Duque de Sesto, más reducida, de la que no hacemos historia en razón a ser la única que gozó del privilegio de no sufrir las famosas “sacas”. En total unos quince mil presos en Madrid a fines de octubre, aumentados cada día por sucesivas detenciones. 
El hacinamiento de los detenidos en aquellas cárceles, en las que por entonces faltaba hasta el espacio necesario para reposar en el suelo, sin comunicación alguna con el exterior o con las familias; las privaciones, el hambre, el frío, la carencia absoluta de higiene, miseria, vejaciones y padecimientos, la permanente amenaza de muerte, constituían el ambiente en que malvivían millares de patriotas, destinados en gran parte a morir en breve en las fosas de Paracuellos. 
Tiene la cárcel Madrid resplandor de catacumba, escribió el luego Académico de la Historia y Almirante Julio Guillén Tato en su libro Los últimos días de la cárcel Modelo e igualmente otro superviviente de la prisión, al referirse a la matanza del 22 de agosto en la Modelo, se expresaba en los siguientes términos: “Después de confesarme, a bien con Dios y con los hombres, siento en mi alma una inmensa ternura... y como para morir en gracia de Dios es preciso perdonar, yo perdono a mis verdugos, como Cristo perdonó en la Cruz”. Y el Archivero-Historiador Arsenio de Izaga, en su importantísima obra Los presos de Madrid escribió: “La cárcel fue el yunque moral en que se forjaron las almas de aquellos héroes y de aquellos mártires”.
De estas prisiones y en el ambiente expresado, comenzaron a producirse las “sacas” masivas, bajo pretexto de traslados o de libertad. En la cárcel de Ventas el 27 de octubre, se mandó formar a los militares pidiéndoles un paso al frente a los que estuvieran dispuestos a servir a la República, bajo terribles amenazas, y nadie lo dio. Su gallardía fue comentada con entusiasmo por los compañeros de cautiverio, todos se dieron a la oración y a renovar absoluciones. Y en efecto a la noche, por orden de la Dirección General de Seguridad, 32 presos de esta cárcel fueron llamados para salir, entre ellos Ramiro de Maeztu y Ramiro Ledesma Ramos. 
La orden estaba firmada por el Director General, Manuel Muñoz: Siendo necesario el traslado al penal de Chinchilla de los presos que al dorso se relacionan... sírvase entregarlos a los portadores del presente oficio, miembros del Comité de Investigación, encargados de cumplimentar la expresada resolución, y estaba fechada a 31 de octubre, es decir, tres días después de su ejecución. 
Uno de ellos -se dijo que fue Ramiro Ledesma, pero información posterior acreditó que no lo era, parece que lo fue un linotipista de ABC- se resistió a salir de la cárcel y le dispararon un tiro de pistola al vientre, rematándolo allí mismo. Los demás, conducidos en un camión al Cementerio de Aravaca en la misma madrugada, fueron también muertos a tiros de pistola, luego de despojados enteramente de sus ropas y allí enterrados. 
De la prisión y muerte de Ramiro de Maeztu hay testimonios auténticos que nos permiten dedicarle unos breves párrafos. En la primera hora de la madrugada del 28 (no del 29 como erróneamente se dice a veces) un miliciano llamado “el Chato”, linterna en mano, entra en el departamento en cuyo suelo descansaba el ilustre cautivo, gritando: -¡Ramiro Maeztu!: el llamado reacciona con aire de defensa: -¿A mí a estas horas? Pronto cambia de actitud, se viste, pide discretamente la absolución al párroco de Getafe, D. José M.ª Fernández, próximo a su petate, recoge sus pobres cosas y abraza a los compañeros: Hasta la Eternidad, y sale erguido, a grandes zancadas, llevando en el bolsillo las cuartillas del libro que estaba escribiendo, “Defensa del espíritu”, de las que nunca más se supo. 
Indalecio Prieto escribió más tarde: “El fusilamiento de Ramiro de Maeztu fue uno de tantos crímenes injustificables y estúpidos” (Lo que hace suponer, que para el dirigente socialista había otros crímenes justificados y razonables.) 
En el día precedente -el de la entrada de nuevos milicianos y la amenaza a los militares- D. Ramiro paseó impaciente por el patio, hasta que ya anochecido y cansado, se sentó en el petate rodeado del Padre Romañá, del párroco y del coadjutor de Getafe, Huelin, el profesor Magariños y otros más. Alabó la actitud de los militares (Siempre son y serán caballeros los verdaderos militares españoles) y en tono bajo cantaron la salve y rezaron el rosario. 
Maeztu, filósofo, humanista, político, ex Embajador en la Argentina y a la sazón diputado por Guipúzcoa, había sido detenido el 28 de julio en el domicilio de su amigo Vázquez Dodero. Entraron unos milicianos por denuncia de que en el piso había un oratorio, golpearon la puerta con los fusiles y registraron. Se les presentó espontáneamente: -Aquí me tenéis, soy Maeztu; los milicianos nada sabían de Maeztu, le creían el cura del oratorio, telefonearon a la Dirección General de Seguridad y le detuvieron. El Comisario de Buenavista lo puso en libertad, pero eran las 11 de la noche, a la puerta estaba el coche con los milicianos y don Ramiro optó por quedar detenido.  
A primeros de octubre le trasladan al departamento llamado “de madres” con otros 40 presos, entre los cuales Bonifacio Sedeño de Oro, párroco de S. Ginés y cuñado del general Fanjul; Magariños, catedrático de Instituciones Americanas; el librero Alberto San Martín; el párroco de Getafe y su coadjutor; Vázquez Dodero y el padre Romañá.
En el mismo día de la saca de Ventas acabada de referir, se llevaron de la cárcel Modelo otros 29 presos, igualmente fusilados e inhumados en Aravaca y al siguiente día, otros 50 de la checa de Fomento fueron ejecutados en el camino de Boadilla, cuyos restos, una vez acabada la contienda, fueron exhumados y traslados al Camposanto de Paracuellos. 
Quienes no lo vivieron no sabrán nunca la zozobra y angustia de la lectura de las trágicas listas para las sacas. En altas horas de la noche o en la madrugada, la prisión en penumbra por temor a la aviación nacional, en el silencio de las galerías donde los presos procuraban descansar tumbados en el suelo, un miliciano acompañado de otros aparatosamente armados leía a gritos, linterna en mano, la larga lista que portaba. Entre los presos podía oírse hasta el latido de los corazones. Se manda a los llamados recoger sus cosas y formar en el rastrillo de salida. Se despiden aprisa de amigos y compañeros, les hacen algún encargo de última hora, se santiguan algunos y salen silenciosos, resignados, con el pobre hatillo. Ya en filas, se les ordena dejar en el suelo sus envoltorios, los cachean por si aún llevan algo consigo, los atan fuertemente las manos con bramante, o alambre o cable eléctrico, y amarrados de dos en dos por los codos los sacan al aire helado de la noche o del amanecer, los suben a camiones o autobuses y parten para su destino, siempre vigilados y amenazados hacia el último instante. 
El primer día de noviembre, con las tropas nacionales próximas a Madrid, el agente soviético Koltsov, “asesor” de las autoridades rojas y luego de la Junta de Defensa, presente en España desde agosto, se ocupa con los Comisarios políticos de la suerte de los presos. Ya tenían éstos suspendidas las comunicaciones con las familias, cuando por orden del Director General de Seguridad se sacan otros 79 presos de la cárcel de Ventas, para fusilar en Aravaca, en su mayoría estudiantes, obreros y labradores de los pueblos cercanos. Y el día 3, en Carabanchel Alto, se fusila a 56 presos allí detenidos. 
Un día después, en la cárcel Modelo, se llama a los militares con el consabido requerimiento de servir a la República y todos guardan silencio. La Dirección de Seguridad reitera la orden de sacar más presos, especialmente militares, y en la madrugada del 5 salen de la cárcel de S. Antón dos camiones cargados, y de la Modelo otra larga expedición en la que forman parte el gran periodista Manuel Delgado Barreto, Director de La Nación; el futbolista del Real Madrid Monchín Triana, y el Jefe Territorial de F. E. de Galicia, Juan Canalejo. Y de la de Porlier otro más en la que iban el Magistrado Pablo Callejo y un Auditor de Guerra. 
Mas para esta fecha -las tropas nacionales combatiendo en la Casa de Campo, la cárcel Modelo recibiendo proyectiles de artillería, y alojada en su 1.ª galería la 1.ª Brigada Internacional- el emplazamiento de Aravaca resultaba peligroso para los rojos, por lo que sus responsables eligieron otro para las ejecuciones masivas, a semejante distancia de Madrid pero al otro lado de la capital, el cementerio de Rivas-Vaciamadrid, sobre la carretera de Valencia. Previamente el Gobernador Civil de Madrid, el socialista Rubiera, había urgido al Alcalde de Ribas la apertura en su cementerio de tres zanjas de 5 x 2 x 2 metros y cuando pocos días después preguntó si ya estaban abiertas, respondió sencillamente el Alcalde: -Hechas y ocupadas. Exhumados los restos después de la guerra fueron llevados en su mayor parte a Paracuellos del Jarama. 
El mismo día 6 toman los nacionales Campamento, Carabanchel, Cerro de los Ángeles y Villaverde. Huye a Valencia el Gobierno recién recompuesto por Largo Caballero. El Ministro de la Gobernación, Ángel Galarza, a su paso por Tarancón, ordena por teléfono activar la evacuación de los presos de Madrid y parece que añadió: “pero evacuaciones definitivas”, lo que no debe sorprendernos en Galarza, que el 5 de agosto, en un mitin en Mahón había dicho con toda su “responsabilidad” de Ministro: -Tengo un gran sentimiento por la muerte del Sr.Calvo Sotelo. El sentimiento de no haber participado en ella. 
La idea de Koltsov era sencillamente la de fusilar, y Castro Delgado dijo ahora que más valía fusilar de más que de menos. En Madrid se encarga de ello enteramente desde esta noche el nuevo Delegado de Orden Público y sus acólitos, dependiente de la Junta de Defensa, que por encargo del Gobierno asume el poder en Madrid. 
En la tarde de este mismo día 6 -poco antes o poco después de la toma de posesión del nuevo Delegado de Orden Público- hay nuevas y grandes sacas de las cárceles Modelo y de Porlier. Los organizadores ya habían abandonado también el campo de ejecuciones de Rivas-Vaciamadrid, sustituyéndolo por el de Paracuellos de Jarama, más adecuado para sus sangrientos propósitos, el cual acrecienta así, definitivamente, su ya por entonces trágico destino. Entre los sacados ahora de la Modelo se cuentan el General de Brigada Juan de Micheo y Asúa y el conocido Abogado Antonio Comyn. 
El lugar elegido era entonces un paraje solitario al pie del Cerro de San Miguel en cuya cima se asienta el pueblo de Paracuellos, cercano al río Jarama, cerrado en el horizonte por una serie de cerros pelados, a 16-18 Kms. de distancia de Madrid, con caminos poco transitados y suelo arenoso y suelto, fácil de excavar. Existía allí el grupo de pinos que contemplamos dentro de su actual recinto: bajo esos pinos se detenían los camiones que transportaban a los presos, los hacían descender y allí aguardaban su turno, presenciando el fusilamiento de sus compañeros, rezando, llorando, confortándose recíprocamente, recibiendo bendiciones y absoluciones de los sacerdotes y religiosos que con ellos iban a morir. 
El 6 de noviembre se acercó a la cárcel Modelo el Fiscal del Tribunal Supremo Romualdo Montojo, hermano del Capitán de Fragata don Ubaldo, allí detenido, y la halló acordonada de milicianos y a filas de presos, embarcando en camiones para Levante según le dijeron. Al siguiente día consiguió llegar hasta la dirección de la cárcel, donde le informaron simplemente que los presos se sacaban para matarlos y le exhibieron un oficio de la Dirección General de Seguridad que decía: Sírvase V.S. entregar a las milicias... (ferroviarias o las que fueran) a los detenidos comprendidos en la adjunta relación para su traslado al Penal de San Miguel de los Reyes. Madrid, 6 de noviembre de 1936, el subdirector, Vicente Girauta Linares"... pero al oficio no se acompañaba relación alguna, la estaban haciendo los milicianos, ficheros en mano, en el centro del abanico de la prisión. 
En la madrugada del 7 hallamos, por el enorme número de inmolados, las mayores sacas del tremendo genocidio. Los presos fueron alistados y amarrados durante la noche, y fueron tan graves los hechos que sus ecos alcanzaron al Cuerpo Diplomático de Madrid, que además de reclamar al Gobierno -que contestó con una nota negando todo- hicieron venir de Ginebra un representante del Comité Internacional de la Cruz Roja, el doctor Henny, quien logró obtener de la Junta de Defensa la lista de los 1.600 sacados en esta ocasión de la cárcel Modelo, de los que solamente unos 300 llegaron a la de Alcalá de Henares; los 1.300 restantes fueron sacrificados en masa en Paracuellos.  
El balance de este terrible episodio, producido en breves horas de la mañana del día 7, referido exclusivamente a una “saca” de la cárcel Modelo, es el siguiente: España perdía de golpe mil trescientos hombres activos y útiles. Las Fuerzas Armadas de los tres Ejércitos, más Generales, Jefes y Oficiales que en ninguna de las sangrientas batallas de la guerra. La Iglesia, más de cuarenta religiosos y sacerdotes. Numerosas familias, a todos sus miembros varones. Quedaban viudas unas ochocientas mujeres, y huérfanos de padre, unos dos mil hijos de distintas edades. 

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