viernes, 7 de noviembre de 2014

LA VOZ DEL DICTADOR


(Francisco Franco Bahamonde) Jefe del Estado español durante la dictadura de 1939-75 (El Ferrol, 1892 - Madrid, 1975). Nacido en una familia de clase media de tradición marinera, Francisco Franco eligió la carrera militar, terminando en 1910 sus estudios en la Academia de Infantería de Toledo.

Ascendió rápidamente por méritos de guerra, aprovechando la situación bélica de Marruecos, en donde permaneció destinado entre 1912 y 1926, con breves interrupciones: en 1923 era ya jefe de la Legión, y en 1926 se convirtió en el general más joven de Europa.

La brillante carrera de Francisco Franco continuó bajo distintos regímenes políticos: con la dictadura de Primo de Rivera llegó a dirigir la Academia General Militar de Zaragoza (1928); con la Segunda República participó en la represión de la Revolución de Asturias (1934), fue comandante en jefe del ejército español en Marruecos (1935) y jefe del Estado Mayor Central (1936). El gobierno del Frente Popular le alejó a la Comandancia de Canarias, puesto que ocupaba al estallar la guerra civil.

De ideas conservadoras, Franco valoraba sobre todo el orden y la autoridad. Desconfiaba del régimen parlamentario, del liberalismo y de la democracia, a los que creía causantes de la «decadencia» de España en el siglo xx; su postura era representativa del grupo de militares «africanistas» que veían en el ejército la quintaesencia del patriotismo y la garantía de la unidad nacional.

Por tales razones Franco se sumó, aunque a última hora, a la conspiración preparada por varios militares para sublevarse contra la República en julio de 1936 (el día 17 en la Península y el 18 en África, donde estaba Franco, razón por la que el régimen identificó más tarde esta última fecha -el Alzamiento- como su momento fundacional).

Fracasado el golpe de Estado, se abrió una guerra civil que duraría tres años y que llevaría a Franco al poder. Tras pasar el estrecho de Gibraltar al frente del ejército de África, Franco avanzó por la Península hacia el norte. El 1 de octubre de 1936, sus compañeros de armas, reunidos en una Junta de Defensa Nacional en Burgos, le eligieron jefe político y militar del bando sublevado.

Franco dirigió la guerra con criterios conservadores, muy alejados de la guerra rápida que propugnaban las doctrinas estratégicas modernas. La unidad impuesta en su bando contrastaba con los enfrentamientos que desangraban al bando leal a la República; la disciplina y la profesionalidad de sus fuerzas, con la politización y el voluntarismo de sus enemigos; si a esto se une la ayuda militar que le prestaron la Alemania nazi y la Italia fascista, puede explicarse la victoria que Franco consiguió en 1939 (1 de abril).

Terminada la guerra civil, Franco impuso en toda España un régimen de nuevo cuño, inicialmente alineado con los fascismos de Hitler y Mussolini, que eran sus aliados e inspiradores. A pesar de ello, no comprometió del todo a España en la Segunda Guerra Mundial (1939-45), pues, dada la debilidad en que se encontraba el país, no consiguió de Hitler las desmesuradas compensaciones que pretendía por su apoyo (entrevista de Hendaya); tan sólo envió tropas voluntarias a combatir junto a los alemanes contra la Unión Soviética (la División Azul). Terminada la guerra con la derrota de las fuerzas del Eje, aliadas de Franco, su régimen sufrió un cierto aislamiento diplomático, pero consiguió mantenerse, rentabilizando su anticomunismo radical en el contexto de la «guerra fría».

En lo político, Franco instauró desde el principio una dictadura personal de carácter autoritario, sin una ideología definida más allá de su carácter confesional (católico integrista), unitario y centralista (contra toda autonomía regional o reconocimiento de peculiaridades culturales), reaccionario y conservador (los partidos y los sindicatos de clase fueron prohibidos). Copió de sus modelos fascistas la idea de una jefatura carismática unipersonal (con el apelativo de Caudillo), de un partido único (el Movimiento Nacional) y de un vago corporativismo (sindicato vertical). La represión de la oposición fue feroz (con unos 60.000 ejecutados sólo entre 1939 y 1945, continuando las ejecuciones políticas hasta 1975).

En lo económico, optó por una política de autarquía que hundió a España en el estancamiento y el atraso, en contraste con la recuperación que vivía el resto de Europa; sin embargo, la necesidad de homologarse con los países occidentales y de reforzar la alianza con Estados Unidos le llevó a una progresiva liberalización económica a partir del Plan de Estabilización de 1959.

Los años sesenta -con los «planes de desarrollo» y la influencia política del Opus Dei- fueron de rápido crecimiento económico, industrialización, apertura y urbanización: las mejoras materiales facilitaron el mantenimiento de Franco en el poder, a pesar del creciente anacronismo de su régimen; pero también produjeron cambios sociales que hicieron inviable su continuidad una vez muerto el general.

Desde 1969 Francisco Franco había institucionalizado como sucesor al príncipe Juan Carlos, nieto del último rey de España (Alfonso XIII); tal previsión sucesoria se cumplió tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, pero no fue acompañada de una continuidad política, ya que, sin romper con la legalidad vigente, el nuevo rey promovió una transición pacífica a la democracia.

El franquismo puede definirse como un régimen autoritario –pero ni remotamente totalitario-- pragmático y ecléctico, flexible, con un liberalismo difuso bien expuesto por Solzhenitsin cuando visitó España, o por el ex stalinista Kolakowski debatiendo con laboristas ingleses sectarios e ignorantes.

Ecléctico porque en él convivían “familias”, de hecho una especie de partidos con diversas ideas y tendencias, que solo el prestigio, la autoridad y el respeto que inspiraba Franco podía mantener unidas (quienes más le respetaban eran sus enemigos: a ninguno se le pasaba seriamente por la cabeza que pudiera derrocarlo o hacer algo decisivo antes de su muerte).

Al principio, el franquismo pensó en institucionalizarse como un régimen superador tanto del marxismo como del liberalismo. Para ello necesitaba dotarse de una teoría sólida capaz de derrocar a aquellas, y a ese fin creó el Instituto de Estudios Políticos. El cual, por valiosas que fueran sus contribuciones parciales, nunca alcanzaría sus fines, como señaló Serrano Súñer.

Si el régimen pudo durar tanto en un entorno mayormente hostil, se debió a dos principios esenciales, mejor o peor aplicados, que definieron igualmente su actuación en la guerra: unidad de España y permanencia de su cultura católica. Pero si estos principios tan generals pudieron funcionar sin que sus “familias” los interpretasen cada cual a su manera y se disgregasen, se debió, hay que repetirlo, a la autoridad de Franco. Por eso no es exagerado llamar “franquismo” a aquel régimen.

El franquismo se autodefinió como “democracia orgánica” y como “católico”. La democracia orgánica no es una idea de Franco o de sus sostenedores, sino que tiene en España raíces tan distintas como la Institución Libre de Enseñanza, Ramiro de Maeztu o Salvador de Madariaga.

Ese tipo de democracia debía evitar los males del sistema de partidos, pero en realidad nunca funcionó ni sus instituciones, pronto burocratizadas, atrajeron a la mayoría de la población. Teóricamente sus votaciones serían más auténticas que en las democracias liberales, pero toda votación implica distintas alternativas, es decir, distintos partidos, se les llame como se les llame. El sistema podría funcionar en torno al Movimiento Nacional, pero este siempre dispuso de presupuestos muy pequeños, y Franco ni lo mencionó en su testamento.

En cuanto a su carácter católico, tuvo algo de suicidio. Durante largos años la Iglesia constituyó un apoyo práctico y de pensamiento esencial para el régimen, tanto en política interior como exterior. Pero el catolicismo no es una doctrina política, y después del Vaticano II, la Iglesia se hizo más enemiga que amiga del régimen... que la había salvado del exterminio. Privado de ese sostén, el franquismo ya no podía durar demasiado, y lo sorprendente es más bien lo que duró todavía.

Como dijo Ricardo de la Cierva, “Quienes estaban más obligados a defender la memoria de Franco no lo han hecho; o, peor aún, han emprendido para ello caminos equivocados, en política y en acción cultural, que han perjudicado la figura de Franco tanto o más que las actuaciones y tergiversaciones enemigas”. Esto es una gran verdad.

El franquismo puede y debe defenderse desde el punto de vista de su magna obra, la más importante y positiva para España en al menos doscientos años. No puede defenderse, en cambio, desde el punto de vista del pensamiento porque no existió un pensamiento franquista consistente, salvo retazos.

Entre los que hoy se declaran franquistas los hay católicos y otros que insisten en la conspiración judeomasónica; carlistas próximos al integrismo y a un foralismo medieval; falangistas que consideran joseantoniano al viejo régimen (la Falange fue solo un elemento del franquismo, y no el más importante); los hay que, en fin, esperan que surja un nuevo Franco que "arregle las cosas" con mano dura; etc. Evidentemente, con esos mimbres no saldrá nunca un buen cesto: son ideas demasiado simples para unos problemas complejos como los actuales..

Hay un elemento común a la mayor parte de estos “franquistas”: su mencionada creencia en una vasta, diabólica e inteligentísima conspiración judeomasónica (recuérdese que Franco, pese a hablar de ella, salvó a muchos judíos y no dudó en pactar con el masónico gobierno useño: poniéndonos en plan purista y conspiranoico, cabría sospechar que el propio Caudillo fuera un “infiltrado” de la secta). Creen que descubrir masones es el alfa y omega del pensamiento político. Obviamente existen conspiraciones, no solo masónicas, también católicas, liberales, comunistas y de todo tipo. En cierto modo la política es un conjunto de conspiraciones, de las que unas tienen éxito y otras no, unas en un momento y otras en otro.

Pero aún suponiendo que detrás de los males y retrocesos católicos se encuentran los masones, Bilderberg, etc., la cuestión es muy otra. A los masómanos les basta con descubrir una mano masónica aquí o allá para sentirse intelectualmente satisfechos. Pero cualquier persona seria no juzga porque tal o cual político sea masón, sino por el examen de sus propuestas y sus consecuencias prácticas. Y aquí los conspiranoicos tienen las de perder. Según ellos, los gobiernos de Usa han sido siempre masónicos.

El observador imparcial concluirá que entonces la masonería no puede ser tan mala, ya que ha llevado a Usa al primer rango del mundo en términos no solo económicos y militares, sino también culturales. Y al revés, la católica España ha sido durante siglos un país con enorme analfabetismo, desigualdad social y una cultura que desde mediados del siglo XVII ha perdido su originalidad y chupado rueda de otros países europeos. Si se identifica al franquismo con semejante “pensamiento”, el fracaso será total.

Así que va siendo hora de plantear la cuestión en otros términos:

A) El franquismo fue una auténtica bendición para España, pero no elaboró un pensamiento propio.

B) El franquismo debe defenderse en nombre de la verdad histórica y porque un pueblo que acepta un falseamiento sistemático de su pasado, como hoy ocurre, es un pueblo que se envenena a sí mismo y compromete su propia subsistencia.

C) Sin duda hay elementos del franquismo que, sin formar un sistema de ideas y prácticas, perduran de modo muy positivo y obstaculizan, hasta de modo inconsciente, las tendencias disgregadoras internas y las disolventes de un europeísmo banal.

D) Hoy se plantean a España y al mundo problemas muy distintos de aquellos que dieron lugar a la guerra civil, y es preciso analizarlos y proponer ideas también distintas. Tarea difícil y complicada, que no se resuelve con tópicos más o menos simples.

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