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martes, 11 de noviembre de 2014

EL GOLPE DE CASADO


EL GOLPE SEGÚN UN COMUNISTA

A comienzos de 1939 Cataluña cayó en manos de los nacionales y la desmoralización cundió en las filas republicanas. También eran muchos los que estaban cansados de resistir después de tres años de durísima guerra. Fue precisamente en esos momentos difíciles cuando se puso a prueba quién era la columna vertebral de la democracia, quién estaba dispuesto verter su sangre hasta la última gota en defensa del proletariado y, por el contrario, quién vacilaba, quién era propenso al compromiso y al pacto con los nacionales. Hacía ya tiempo que había pasado el momento de los desfiles felices del 18 de julio y llegaba el de las pruebas de fuego. Entonces se demostró que mientras el compromiso de los comunistas contra el fascismo era a vida o muerte, todos los demás querían rendirse y estaban incluso dispuestos a cualquier cosa con tal de acabar con una guerra que se les hacía ya larga y pesada.

Naturalmente que nada se puede oponer a la claudicación de los partidos republicanos burgueses que, por su naturaleza de clase, apreciaban más el bolsillo que los principios; tampoco se pueden oponer muchas objeciones a la socialdemocracia (PSOE y UGT) a quienes la III Internacional hacía diez años que acusaba de socialnacionales denunciando su propensión a servir en bandeja países enteros a la barbarie nacional. Pero quizá cabría esperar otra actitud de los anarquistas, que entonces, a diferencia de mayo de 1937 en Barcelona, ni siquiera tenían la justificación de intentar una revolución. Lo que demostraron año y medio después en Madrid fue su paso descarado a las filas de la contrarrevolución, expresada incluso en detalles tan nimios como la eliminación de la estrella roja de los emblemas del Ejército republicano.

Como cabía esperar, al final, en la guerra contra el fascismo sólo quedaron los comunistas al frente de las masas, del heroico Madrid republicano, y para tratar de encubrir su rendición, para salvar su responsabilidad histórica, los anarquistas han retorcido la historia de una forma inverosímil. En mayo de 1937 unos cuantos ya dieron un paso en falso, pero en marzo de 1939 su complicidad con los nacionales fue total y sin paliativos. Todas las frases que puedan imaginar jamás encubrirán unos hechos clamorosos por sí mismos.

El primer invento retórico para justificar su alineamiento con la contrarrevolución nacional es el intento por parte de Cipriano Mera (CNT) de llegar a un acuerdo con los nacionales que salvara a los cenetistas (pero sólo a los cenetistas) de la represión. Eso los anarquistas lo llamaban entonces -y lo siguen llamando hoy- una paz honrosa, un acuerdo que encubriera su rendición incondicional.

Ahora bien, independientemente de la opinión que se pueda sostener acerca de la necesidad de resistir a ultranza o de negociar una rendición, una cosa debe quedar clara: el único capacitado para negociar era el Presidente del Gobierno, Negrín, y cualquier otra cosa era una traición. Por lo demás Negrín ya había intentado negociar por varias vías y los nacionales le habían dejado siempre claro que no estaban dispuestos a ello en absoluto. ¿Lograrían otros lo que Negrín no había logrado? Evidentemente no. La negociación encubría una traición. A voz en grito Franco había repetido hasta la saciedad que no admitía condiciones, que jamás iba a pactar con nadie, y menos con ninguna organización antinacional vinculada, de cerca o de lejos, con el Frente Popular. No iba a pactar la paz y mucho menos iba a pactar una paz honrosa que permitiera a los anarquistas cubrir sus vergüenzas. Los nacionales ni siquiera iban a dar la oportunidad de largarse a los que desde hacía bastante tiempo -con el rabo entre las piernas- estaban desesperados por hacerlo. Su política era la de tierra quemada, la de arrasarlo todo. En noviembre de 1938 declaró que no podía tomarse en consideración la posibilidad de amnistía: Los amnistiados son hombres sin moral. Él creía en la redención mediante el castigo del trabajo; quienes no fueran ejecutados, tendrían que reeducarse en campos de trabajo. El 18 de febrero del siguiente año, volvió a descartar cualquier idea de paz condicional: Los nacionalistas han vencido -declaró- y, por lo tanto, los republicanos deben rendirse sin condiciones.

Los nacionales son así, siempre lo han sido y lo demás es vivir de ilusiones. Cualquier revolucionario lo sabe. Ahora bien, hay una cosa distinta: como buen nacional, Franco decía a los burgueses y a los oportunistas lo que éstos necesitaban para disimular su claudicación; se lo decía a los imperialistas anglo-franceses y, por su intermedio, se lo decía al coronel Segismundo Casado, que era quien estaba preparando la traición a la República en Madrid. Casado, Mera, Besteiro y demás capituladores no le hubieran podido servir Madrid en bandeja a Franco de no haber actuado con la excusa de una negociación.

Por si caben dudas, hay que recordar que Casado era un peón del imperialismo británico, y para que no nos acusen a los comunistas de ver fantasmas y conspiraciones por todas partes, tendremos que recodar algunos aspectos acerca de la persona que organizó el golpe que sirvió en bandeja Madrid a los nacionales y, por tanto, a las órdenes de quién se ponían aquellas organizaciones que, como PSOE, UGT y CNT, le secundaron. Esto es necesario hacerlo porque, en el colmo del engaño a sus afiliados, la CNT dijo entonces que las negociaciones con los nacionales se están verificando sin la menor influencia extranjera. También lo es para comprender las razones por las cuales los comunistas calificamos a la guerra civil como una guerra nacional revolucionaria.

Casado era masón y su política de conciliación con el fascismo en Madrid era la misma que los imperialistas anglo-franceses estaban poniendo en práctica en todo el mundo, cuya materialización más escandalosa fue el acuerdo de Munich, y si el objetivo en Europa era aislar a la URSS, el objetivo en España era aislar a los comunistas para eliminarlos con mayor facilidad. Ya en el mes de diciembre de 1938 Casado tuvo una entrevista con el cónsul inglés y luego una comida diplomática en Jaca para preparar la traición, aunque todo esto Joan Llarch lo presenta de una manera muy refinada: se trataba de pulsar la opinión internacional respecto a la guerra de España. Así presentan los hechos quienes se niegan a reconocerlos: quien dictaba la opinión internacional (a Casado, naturalmente) era el imperialismo británico, y por eso no se le ocurrió (a Casado, naturalmente) seguir sondeando la opinión de otros países, como la URSS sin ir más lejos. Ahora bien, en ciertas historias de nuestra guerra parece que era la URSS quien tenía invadida España con sus agentes, consejeros y militares...
Lo cierto es que Casado recibía órdenes de Denys Cowan, el oficial de enlace británico de la comisión Chetwode en Madrid y Cowan, estaba muy interesado en que prosperaran las negociaciones entabladas entre Casado y el gobierno de Burgos.

Por si no fuera suficiente, Casado también se carteaba con un viejo amigo suyo, el general nacional Barrón. A finales de enero de 1939, Julio Palacios, unos de los espías de la Quinta Columna en Madrid, agente del SIPM, recibió la orden de ponerse en contacto con Casado para ofrecerle garantías. El 1 de febrero Casado respondía literalmente a los nacionales: Enterado, conforme y cuanto antes mejor. Diez días más tarde, el coronel José Ungría, jefe del espionaje del gobierno de Burgos, recibe una nota de sus agentes en Madrid: Casado suplica que se respete la vida de los militares decentes. Naturalmente los comunistas no entraban en ninguna categoría de decencia y estaban destinados a ser degollados por unos o por otros, es decir, por los nacionales o por los capituladores. El 16 de febrero Casado envía otra nota al jefe del espionaje nacional en Burgos que deja pocas dudas: Espero la constitución de un gabinete Besteiro, en el cual [yo] ocuparía la cartera de Guerra. Si esto último no ocurriera, no importa, los barrería a todos. Naturalmente como en su traición Casado contaba con el apoyo de todos excepto de los comunistas, ese inciso final de la nota significaba que quienes iban a ser barridos no eran otros que los comunistas. A pesar de ello, la historia -contada al revés- nos presenta a nosotros, los comunistas, como los sanguinarios, y lo que en este caso es más grotesco: resulta que de seguir determinadas falsificaciones de los más evidentes hechos históricos, fueron los comunistas los que se rebelaron contra Casado. Así se expresa un anarquista como José Peirats en su libro La CNT en la revolución española, una expresión plenamente coincidente con la que luego utilizarían los nacionales para condenar a los republicanos por rebelión: defender la República el 18 de julio de 1936 es rebelión para los nacionales; seguir defendiéndola en marzo de 1939 también era rebelión, según los capituladores.

Los anarquistas no sólo traicionaron la causa antinacional en marzo de 1939 sino que décadas después, en el momento de escribir la historia, no fueron capaces de reconocerlo, y así Juan Gómez Casas afirma que Segismundo Casado era un hombre en quien la CNT-FAI tenían confianza; lejos de rectificar, treinta años después seguían con la misma postura, por lo que a la traición se le suma el engaño.

Por el contrario, desde tiempo atrás los comunistas desconfiaban de Casado, que se había opuesto a la ofensiva de Brunete en 1937. El diputado comunista Daniel Ortega, comisario del Quinto Regimiento en los primeros tiempos, que trabajaba en el cuartel general de Casado, había comunicado aquel mismo año al Partido Comunista las sospechas que tenía acerca de Casado. Sin embargo, Cipriano Mera dice en sus memorias -como luego han repetido todos los anarquistas- que él no sabía nada de todo eso y que si lo hubiera sabido hubiera actuado de otra forma... Tampoco sabía -ni supo nunca- que el coronel Muedra, que era su jefe de Estado Mayor, era un espía franquista. Mera no sabía nada de eso pero dio pábulo, como todos los demás anarquistas, a las mentiras lanzadas por otro cenetista colega suyo, el receloso e intrigante Manuel Amil, como lo llama Joan Llarch, acerca de que Negrín, con ayuda de los comunistas se aprestaba a dar un golpe de Estado en Madrid. Este era uno, entre otros, de los muchos bulos que para justificarse difundieron entonces y siguen difundiendo ahora los anarquistas, como aquel otro de que los comunistas habían acaparado 700 toneladas de dinamita para volar Madrid a la entrada de Franco para presentar su destrucción como una obra del fascismo.

Este tipo de sucesos son bastante frecuentes; el conocimiento es como todo: se sabe aquello que se quiere saber, mientras se hacen oídos sordos a lo que no gusta. Es la mejor manera de engañarse uno a sí mismo para engañar luego a los demás. El caso es que, una vez más, el bulo de que había que dar un golpe de Estado para adelantarse a los comunistas, que supuestamente querían hacer lo mismo, servía tanto a los nacionales como a los anarquistas y otras fuerzas republicanas. Por eso no puede sorprender que la figura de un anarquista como Cipriano Mera sea tan bien valorada entre los falangistas. Cabe añadir también que ese amor era recíproco, de manera que el anarquista Diego Abad de Santillán, después de alabar al jefe falangista Jose Antonio Primo de Rivera, se lamenta de no haber podido llegar a un acuerdo con él:
A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con Jose Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros [...] Españoles de esa talla, patriotas como él, no son tan peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera.
No es de extrañar que los nacionales agradezcan a los anarquistas su valiosa colaboración en acelerar la derrota de la República. Mera fue detenido por los vichystas en el norte de África y entregado a Franco, que ni le fusiló, ni tampoco le tuvo mucho tiempo en prisión, como a los comunistas. Salió en libertad en 1946.
De los cuatro cuerpos del ejército republicano central, tres estaban dirigidos por los comunistas: Barceló, Ortega y Bueno. Casado no contaba con fuerzas propias para dar un golpe de Estado; las de los burgueses republicanos o del PSOE eran irrisorias. Por tanto, sólo podía contar con los anarquistas del 4° Cuerpo de ejército que dirigía Mera, en su mayor parte luchadores abnegados y partidarios de proseguir con la resistencia. Fueron un puñado de traidores de CNT en Madrid, como García Pradas, Eduardo Val y Manuel Salgado, los que con mentiras y engaños impulsaron a los combatientes de Mera a enfrentarse a los comunistas y traicionar a la República que habían jurado defender. Además, los burócratas cenetistas ya se habían instalado en el exilio francés desde donde llegaron órdenes de Mariano Vázquez, su secretario general, para que sirvieran la victoria en bandeja a los nacionales, prepararan la evacuación de los dirigentes anarquistas y la carnicería contra los comunistas...

El 11 de marzo, en una reunión del Comité Nacional del Movimiento Libertario (que agrupaba a CNT, FIJL y FAI) Grunfeld habló de la definitiva eliminación de los comunistas, y Eduardo Val, representante libertario en el Consejo golpista de Casado, informó así a sus colegas de los acuerdos aprobados: Con relación a la aplicación de las penas de muerte dispuestas contra los elementos comunistas, se acordó que se ejecuten las que sean insoslayables, y que las demás pasen a estudio del Consejo nacional.

En Madrid tenía su destino otros de los generales republicanos que trabajaba para los nacionales y que tuvo un papel destacado en la traición final: Manuel Matallana, amigo íntimo del general Vicente Rojo. Él y el coronel Muedra, jefe de estado mayor de Mera y de Matallana, eran agentes franquistas emboscados. Del caso de Matallana no hay que dar muchas explicaciones porque así se calificó él mismo: En los Estados Mayores a los que he pertenecido siempre he hecho servicio de inteligencia (para el enemigo, naturalmente), lo que corroboró la sentencia del consejo de guerra a que fue sometido por los vencedores recién terminada la guerra:
Tanto la prueba testifical practicada como la documental aportada, aparece que el procesado es persona de antecedentes inmejorables de ideas derechistas, amante del orden afecto al parecer al MN (Movimiento Nacional). Según costa en lo actuado, a fines de 1937, el procesado estableció contacto con los representantes y agentes de la España Nacional en la Zona roja, procurándoles algunas informaciones, y siendo partidario de la rendición sin condiciones de la zona central, aún en poder de los marxistas, para lo cual trabajó intensamente y que a principios de 1939, procuró a un agente de la Zona Nacional un superponible de las fuerzas en línea y reserva de Ejército rojo, para que fuera pasado a la España Nacional y estas fuerzas pudieran atacar por donde mejor conviniera. También se ha puesto claro que el procesado reprimió la intentona comunista de 1939 y facilitó en gran manera la rendición total de la zona roja a la España Nacional.

Estas fueron las consecuencias de la complacencia de la República con los traidores que desde su mismo seno colaboraban con el enemigo, traidores que estaban en el ejército, en la administración, en los partidos, en los sindicatos y en el Frente Popular como una hidra venenosa a la que nadie fue capaz de poner freno. Todas las denuncias que al respecto lanzó el Partido Comunista quedaron como abominables intentos de purgas para quitarse de en medio a ciertos personajes y hacerse con el poder subrepticiamente. Aún estamos pagando muy cara aquella condescendencia, como lo pagaron los combatientes que cayeron en los campos de batalla, porque no se puede combatir al fascismo sin combatir a la vez a sus colaboradores encubiertos, a los pusilánimes y a los conciliadores que, como siempre, no se presentan a sí mismos como los traidores que son, sino con ropajes como los de la paz honrosa.
Tras lograr su propósito en Barcelona en mayo de 1937, el espionaje franquista siguió explotando la doblez de Casado, Matallana y otros oficiales, empleando para ello a intermediarios de confianza. A principios de febrero de 1939, Casado mantenía correspondencia regular con el coronel Ungría, jefe del servicio secreto de Franco en Burgos. El papel decisivo corrió a cargo del jefe de la red de espionaje en Madrid, Antonio de Luna. Julio Palacios, un agente de Luna, recibió la orden de ponerse en contacto en enero de 1939 con Casado a través de intermediarios. El coronel Bonel, en Toledo, también tuvo un papel importante en las negociaciones entre los conspiradores y Burgos.

Cuando Negrín regresó a Madrid el 12 de febrero, mantuvo una entrevista de cuatro horas con Casado, quien naturalmente le ocultó sus contactos con los nacionales y sus planes capituladores. Por su parte, Negrín le prometió a Casado que le ascendería a general y que la URSS había enviado 10.000 ametralladoras, 600 aviones y 500 piezas de artillería. Todo aquello estaba en Marsella y, a pesar de las dificultades, pronto llegaría a España.
Los comunistas de Madrid, como Tagüeña, Domingo Girón (el organizador local) y Pedro Checa, empezaron a hacer preparativos para enfrentarse a la conspiración militar. Una delegación del Partido Comunista visitó a Negrín quien reconoció que la única salida posible era proseguir la resistencia.
Dos líneas: resistencia o claudicación

A principios de 1939 se delinearon dos líneas muy claramente dentro de las fuerzas antinacionales: los partidarios de la resistencia y los partidarios de la claudicación. Los comunistas estaban entre los primeros, junto con otros, como fuerza más importante, mientras que puede decirse que todos los demás eran partidarios de llegar a algún tipo de componenda con los nacionales que les salvara de las represalias.
La caída de Catalunya justificó el que muchos dirigentes republicanos huyeran a Francia y ya no regresaran nunca más. Mientras, los veteranos oficiales comunistas del ejército del Ebro, regresaron de Toulouse a España para seguir la lucha.
Por lo demás, el intento capitulador no era otra cosa que el sálvese quien pueda, la desbandada: Casado trataba de proteger a los suyos, la CNT a los suyos y así sucesivamente. La conducta que todos ellos era pues insolidaria, individualista, burguesa y contrarrevolucionaria. Desde entonces llevan décadas tratando de justificar su vergüenza, afirmando que la resistencia no tenía ya ningún sentido y que la política del Presidente Negrín y los comunistas era una política suicida. Es lo que me dice mi abuela siempre que voy a una manifestación: que no sirve para nada porque no me van a hacer caso. Nada sirve para nada: reunirse es perder el tiempo, la lucha es estéril y el capitalismo es omnipotente. Lo mejor es quedarse en casa.
Pero los comunistas entendemos las cosas de otra manera y en nuestro combate no caben términos medios. Y esto no sólo durante unos pocos años, mientras todo va bien; no, nuestra lucha no acaba nunca y sean cuales sean las condiciones, por más imposible que parezca, nosotros tenemos que estar al pie del cañón, especialmente cuando todos se desmoralizan, cuando agachan la cabeza y se entregan.
Naturalmente los burgueses y los oportunistas no pueden entender esto y no vamos a tratar de explicárselo.
La guerra civil está repleta de biografías de personajes y personajillos, e incluso organizaciones enteras, la mayor parte de las cuales se acaban en 1939, incluso las de aquellos a las que se le llena la boca de frases ultrarrevolucionarias. Parece que para ellos la lucha contra el fascismo se acabó entonces; a partir de 1939 sólo queda el silencio en un exilio desde luego mucho más cómodo que el de los que se quedaron atrapados en el interior, que eran los obreros, las heroicas masas republicanas supervivientes de decenas de grandes batallas y bombardeos durante la guerra. Después de 1939, mientras los traidores se escondían, los comunistas seguimos en las trincheras, en Francia o en la URSS y de vuelta a España a la clandestinidad en la década de los años cuarenta, luego en los cincuenta... cuando verdaderamente el trabajo revolucionario se desenvolvía en condiciones difíciles y los revolucionarios de ocasión habían abandonado el barco (si es que alguna vez estuvieron en él) como las ratas.
Plantear la imposibilidad de resistir en febrero de 1939 es ocultar la verdadera situación militar: el general Miaja seguía controlando una tercera parte de España, incluida Valencia y contaba con cuatro ejércitos de 500.000 combatientes armados que no habían sido derrotados. No obstante, Miaja pensaba que tarde o temprano, las fuerzas republicanas serían derrotadas y, como Casado, también creía que lo mejor era que fuese lo más pronto posible. Para la burguesía golpista no tenía sentido prolongar lo que no consideraban más que una lenta agonía. Entonces, ¿por qué no haberse rendido mucho antes, por ejemplo el 19 de julio de 1939?
Esa estrategia formaba parte de la capitulación e interesaba a los propios nacionales más que a nadie. En primer lugar a los italianos, que una semana después de apoderarse de Madrid atacaban Albania. Como bien dijimos siempre los comunistas, España no era más que la primera línea de lucha contra el fascismo en todo el mundo. Entregar España era entregar el mundo entero, servir pueblos enteros en bandeja a los nacionales. En marzo de 1939 resistir tenía más significado que nunca porque había que preparar dos cosas fundamentales que, naturalmente, sólo podían estar en la cabeza de un revolucionario: había que prepararse para la clandestinidad, no sólo políticamente sino también militarmente porque sólo había acabado una batalla, mientras que la guerra debía continuar en forma de guerra de guerrillas. Esa estrategia de continuación de la lucha necesitaba tiempo, necesitaba resistencia, pero para quienes todo se había hundido ya, es lógico que estuvieran deseosos de abrir las puertas de Madrid a la barbarie.

El 16 de febrero Negrín se reunió con los dirigentes militares republicanos en Los Llanos, cerca de Albacete, y manifestó que no quedaba otra salida que la resistencia. El traidor Matallana declaró que era una locura continuar la lucha y los generales Menéndez, Escobar y Moriones, jefes de los ejéritos de Levante, Extremadura y Andalucía respectivamente, estuvieron de acuerdo con él. El almirante Buiza, comandante en jefe de la Armada, informó de que una comisión que representaba a las tripulaciones de la flota republicana había decidido que la guerra estaba perdida y que los ataques aéreos nacionales obligarían a la flota a abandonar en breve las aguas españolas, a menos que emprendieran negociaciones de paz. Negrín replicó a Buiza que los jefes de la comisión debían ser fusilados por amotinamiento. Buiza replicó que, aunque estaba de acuerdo con él, no lo había hecho porque compartía los puntos de vista de los amotinados. El coronel Camacho habló en nombre de las fuerzas aéreas y dijo que disponía de tres escuadrillas de bombarderos Natasha, dos escuadrillas de Katiuska y veinticinco aviones tipo Chato o Mosca y que aunque también era partidario de negociar la rendición, la aviación republicana tenía gasolina para continuar la guerra durante otro año más. Miaja pidió resistencia a ultranza, pero eran un mentiroso y formaba parte de los capituladores.
Todos aquellos oficiales que no confiaban en la victoria, en coherencia con su estado de ánimo, pudieron dimitir entonces y dejar la guerra en manos de otros. Pero no se trataba de eso: se trataba de favorecer los planes nacionales, se trataba de no hacer nada y no dejar que nadie hiciera nada.
Por supuesto, el coronel Ungría recibió en Burgos un informe completo sobre el contenido de la reunión convocada por Negrín en Los Llanos.
La desbandada

La conducta de Negrín era contradictoria: al tiempo que reafirmaba su decisión de resistir, no hacía nada para organizar la resistencia. La guerra podía continuar pero para ello eran necesarios preparativos que nadie puso en marcha. El único preparativo en marcha era la conspiración. Todo apestaba a desbandada, más cerca del mar y de la huida que del interior y las trincheras. La sede del gobierno republicano se trasladó a Elda, en la costa alicantina, muy lejos de Madrid. Pero para continuar la guerra había que estar en Madrid. La resistencia española pedía a gritos su Salvador Allende, alguien que no sólo hablara de resistir sino que empuñara el fusil en la primera línea de combate.
Entretanto, Casado proseguía sus negociaciones secretas con Burgos. Su plan -escribe Hugh Thomas- consistía en detener y entregar a Franco a muchos dirigentes comunistas, y llegó a pedir disculpas por no haber podido evitar la fuga de algunos de ellos.

El 20 de febrero Casado recibió la visita de un agente del servicio de información secreta de Franco, el coronel José Centaño de la Paz, que desde 1938 dirigía en Madrid una red de espionaje denominada Lucero Verde. Él y Manuel Guitián, que era agente del gobierno de Burgos, le visitaron, siendo recibidos con entusiasmo, dice Hugh Thomas. Casado les prometió entregarles todo el ejército del centro para el 25 de febrero. Entonces Centaño le entregó un documento en el que se garantizaba la vida de los oficiales de carrera del ejército republicano que depusieran las armas. Centaño había enviado a Burgos informes favorables sobre Casado, diciendo que era más anticomunista que nadie.
El 23 de febrero Casado prohibe la publicación del periódico comunista Mundo Obrero porque aparecía un manifiesto llamando a mantener la resistencia. Aunque el traidor intentó retirar todos los ejemplares, al día siguiente el manifiesto circuló de mano en mano.

A Franco le llegaban constantes informes procedentes del bando republicano revelando cuáles eran los puntos de menor resistencia en caso de que se lanzara un nuevo ataque. Los nacionales estaban al tanto de todos los planes republicanos, sobre todo los concernientes a la conspiración. No tenían que atacar, sólo esperar. En Burgos recibieron un nuevo mensaje de Madrid en el que les informaban de que al día siguiente se formaría una Junta golpista y que Besteiro y el coronel Ruiz-Fornells, jefe de estado mayor del ejército de Extremadura, se dirigirían a cualquier aeródromo que señalaran los nacionales para ultimar la rendición.

Casado reconoció ante Hidalgo de Cisneros que el representante británico en Madrid (posiblemente Denys Cowan) había efectuado todos los arreglos necesarios con Franco. También ingenuo, Hidalgo creía que Casado estaba contando fantasías, pero le dio cuenta a Negrín de los planes de Casado, que tampoco hizo nada esta vez. Como en el 18 de julio, se sabían los planes de antemano, pero hubo una falta absoluta de diligencia y de determinación.
Los golpistas se reparten los cargos

Desde la Alameda de Osuna, cerca de Madrid, Casado trasladó su cuartel general al Ministerio de Hacienda en la Puerta del Sol. Allí se reunió con Besteiro. La 70ª Brigada a las órdenes de Bernabé López, procedente del cuerpo de ejército de Mera, tomó posiciones en torno al edificio para proteger a los golpistas. Para entonces, dentro de su confusión total, los anarquistas pensaban más en combatir a los comunistas que a los nacionales. Aquellos que siempre aseguraron que el poder corrompe, se repartieron de antemano los cargos gubernamentales con los demás conspiradores, quedándose con dos ministerios, que ocuparon los militantes de CNT Gonzalo Marín y Eduardo Val. Además, Casado nombró alcalde de Madrid al anarquista Melchor Rodríguez, que antes había sido director general de prisiones. Finalmente, Casado permitió que le nombraran presidente de la Junta golpista aunque cedió inmediatamente el puesto a Miaja, ascendido a teniente general, una graduación que había sido suprimida por la República en 1931; Besteiro se nombró ministro de Asuntos Exteriores. Los otros miembros de la Junta golpista eran el socialista Wenceslao Carrillo, director general de Seguridad en tiempos de Largo Caballero, Antonio Pérez, de la UGT y los republicanos Miguel San Andrés y José del Río. Sánchez Requena, miembro del partido sindicalista de Pestaña, era el secretario. Al final, todas las organizaciones del Frente Popular, excepto los comunistas, dieron la espalda a la República y a seguir luchando por la democracia.

Fue el suicidio político de todos ellos, que difundieron por la radio un cínico manifiesto en la medianoche del 5 al 6 de marzo en el que, al estilo de mayo de 1937, también se autocalificaban de revolucionarios, proletarios y antinacionales, al tiempo que demagógicamente trataban de asumir las quejas de los madrileños: No puede permitirse que en tanto el pueblo lucha, combate y muere, unos cuantos privilegiados preparen su vida en el extranjero y, en el colmo de la desfachatez aseguraban que propugnaban la resistencia para no hundir nuestra causa en el ludibrio.

En esa misma alocución radiada Besteiro hizo una apología del golpismo al estilo nacional del 18 de julio, pidiendo el poder para el ejército (no concretó qué ejército), mientras Casado, al estilo de la reconciliación nacional, se dirigía tanto a los nacionales como a los antinacionales y decía algo verdaderamente canallesco en la boca de un agente del imperialismo británico: Queremos una Patria exenta de toda tutela extraña, libre de toda supeditación a las ambiciones imperialistas. También Cipriano Mera intervino por radio para respaldar la traición.
Como sucede siempre, ante la inactividad los golpistas se crecieron. Tras el golpe Matallana fue detenido en Elda, de manera que, cumpliendo cabalmente con su nuevo papel, Casado amenazó a Negrín que, si en el plazo de tres horas no ponía en libertad al espía franquista, fusilaría a todo el gobierno. En lugar de fusilar a su vez a Matallana, Negrín cedió al chantaje y liberó a Matallana.

Como en mayo de 1937 en Barcelona, la República continuó con su política de conciliación con los golpistas, el intento de convencerles, de esperar acontecimientos y de negociar para resolver las divergencias. Nadie fue capaz de detener y fusilar a Casado, ni siquiera los comunistas, que conocían los planes y no intervinieron con la suficiente antelación.
Ya lo criticó José Díaz desde la lejanía poco antes de morir. El Partido Comunista, escribió José Díaz, no dio a conocer a las masas la traición que se preparaba, para prepararse a su vez y hacerle frente enérgica y decididamente. El Comité Central del Partido Comunista celebró su última reunión en el interior, en la que Togliatti comenzó a expresarse de la manera vergonzosa que luego conocimos. Dijo a los pocos miembros que estaban presentes que la Junta golpista era el único gobierno de España, que oponerse a ella era lo mismo que emprender una nueva guerra civil y que el único recurso era tratar de salvar el pellejo, naturalmente de los dirigentes, ya que los militantes de base no tendrían opción. Se hizo público un manifiesto en este sentido redactado también por Togliatti. Pero lo preocupante no era sólo lo que se decía sino lo que ni se decía ni se hacía, que era preparar al Partido para la clandestinidad y, a la vez, preparar la guerra de guerrillas.

Como otras veces, los comunistas esperaron inútilmente instrucciones del gobierno y no actuaron por su propia iniciativa, como debieron. Esperaban al gobierno y el gobierno, a su vez, esperaba no se sabe muy bien qué. Castro Delgado y Delage salieron secretamente de Madrid para preguntar a la dirección del Partido Comunista si podían ordenar a las divisiones comunistas que marcharan sobre la capital. La única alternativa era emplear contra los golpistas a las divisiones comunistas situadas en torno a Madrid, apoyadas por unidades guerrilleras del 14° Cuerpo.
La semana comunista en Madrid

El proletariado combatiente madrileño, los cuadros comunistas y los militantes de base estuvieron muy por encima de muchos de sus dirigentes. Las divisiones comunistas que rodeaban Madrid conservaban la firme determinación de combatir hasta el final a pesar de (o más bien gracias a) que las comunicaciones con la dirección del Partido Comunista estaban interrumpidas. Mientras las ratas abandonaban el barco, en unas condiciones inimaginables, Madrid volvió a dar otra inolvidable lección de heroísmo, esta vez contra dos enemigos simultáneamente: los nacionales de Franco y los colaboracionistas de Casado. Era un inconveniente y una ventaja a la vez: ahora los comunistas luchaban sin el lastre de los oportunistas, contando únicamente con el entusiasta apoyo de las masas, dispuestas a resistir hasta el final.

Barceló movilizó a su 1er. Cuerpo de Ejército para cerrar todas las entradas de la capital. Ocupó lo que hoy es Nuevos Ministerios, entonces situados al final de la Castellana, así como el parque del Retiro y el antiguo cuartel general del ejército del centro en la Alameda de Osuna. Tres de los coroneles de Casado y un comisario socialista resultaron muertos. Los coroneles Bueno y Ortega enviaron tropas del 2º y 3° Cuerpos de ejército en apoyo de Barceló. De esta forma, la mayor parte del centro de Madrid quedó bajo el control de los comunistas. Sólo unos pocos edificios gubernamentales quedaron en manos de los traidores, totalmente rodeados.

Aunque tardía, la movilización de las fuerzas comunistas hubiera logrado parar el golpe de Estado de no ser por el apoyo de las tropas anarquistas de Cipriano Mera. Por la tarde, el 4º Cuerpo de Ejército de Mera se puso en marcha para liberar a los traidores, que se habían hecho fuertes en los suburbios de la zona sureste. Mera se convirtió en el hombre fuerte de los golpistas. Retiró fuerzas del frente para que acudieran a Madrid; para ellos era más importante luchar contra los comunistas que contra los nacionales. Su 12ª División ocupó Alcalá y Torrejón.

Durante todo el día 8 de marzo prosiguieron los combates en Madrid. Casado intentó detener al gobierno y a los dirigentes comunistas para ofrecérselos a Franco como trofeos. Allá donde triunfaron los golpistas, las oficinas del Partido fueron ocupadas y saqueadas; los comunistas fueron detenidos y entregados a los nacionales para que los fusilaran.
Pero lograron mantener el control de la capital durante toda una semana frente a todos los demás. El día 9 de marzo, Matallana dijo a uno de los agentes de Franco con los que estaba en contacto, que confiaba en que Franco lanzara una ofensiva general para impedir que Madrid cayera en manos de los comunistas. La extensión de la victoria comunista en Madrid era tan grande que, de haber actuado con decisión, hubieran podido resistir. Sin embargo, había mucha confusión y las únicos miembros del Comité Central que quedaban en España (Togliatti, Checa, junto con Jesús Hernández y el dirigente juvenil Fernando Claudín) perdieron durante muchas horas el contacto con los ejércitos de las afueras de Madrid, y durante algún tiempo estuvieron prisioneros del SIM en Monóvar.

Abandonados por sus dirigentes políticos y perdido el contacto con Togliatti en unos momentos trascendentales, perdieron la iniciativa. Sin dirección política, los cuadros militares comunistas casi parecían hallarse a la espera de ser derrotados, a causa de su indecisión. Surgieron dudas y esas dudas se transformaron en pasividad y tendencias a la conciliación en las propias unidades combatientes.
Además, sumándose a los golpistas, los nacionales reanudaron los ataques por la Casa de Campo en dirección al Manzanares. El 10 de marzo, los comunistas quedaron sitiados en la ciudad que ellos mismos habían tomado por asalto y sus dirigentes empezaron a hacer proyectos para la retirada. En esa situación, el coronel comunista Ortega se ofreció como mediador entre los dos bandos enfrentados en aquella nueva guerra civil. Casado vio la tabla de salvación que le tendían y aceptó la mediación. Esto quebrantó la voluntad de resistencia incluso en las propias filas comunistas.
El 11 de marzo, las unidades militares de la Junta golpista rodearon Madrid y los fuerzas comunistas fueron desalojados de sus posiciones. Al final, la mayor parte de sus comandantes fueron detenidos y algunos tuvieron que negociar con los traidores. El balance final de la semana fue de unos 250 muertos y unos 560 heridos.

Casado se comprometió a poner en libertad a todos los prisioneros comunistas que no fueran criminales. Los comunistas aceptaron el alto el fuego. Al parecer Togliatti, que había restablecido el contacto telefónico, exhortó a Barceló desde Alicante a que concertara un compromiso. El 12 de marzo, las fuerzas comunistas regresaron a sus posiciones del día 2. Pero nadie puede fiarse de los traidores: al día siguiente, un tribunal militar condenó a muerte a Barceló, a su comisario José Conesa y a otros comunistas. Las sentencias de Barceló y Conesa (militante de las Juventudes Socialistas y comisario del frente central desde octubre de 1936) fueron ejecutadas inmediatamente.

Los golpistas ordenaron que no se resistiera al avance nacional y permitirieron que todos cuantos lo desearan regresaran a sus casas. Se produjo una desmovilización caótica del ejército republicano.
Se preparaba una masacre. El avance del sanguinario Yagüe hizo 30.000 prisioneros. En su primer día en Madrid las hordas nacionales hicieron otros 50.000 prisioneros. Entre 10.000 y 20.000 antinacionales que estaban en el muelle de Gandía fueron abandonados a su suerte. Las escenas de pánico que suscitó la entrada de los nacionales fueron lastimosas. Hubo varios casos de suicidio.
Sólo en Madrid se habilitaron, además de las viejas, unas 30 cárceles, entre ellas campos de fútbol (Chamartín, Metropolitano y Racing de Vallecas), a las que habría que añadir las de los alrededores, como Alcalá de Henares o Torrijos.
Pero lo verdaderamente importante es que algunas cárceles no las había llenado Franco. Fueron los traidores los que convirtieron a Madrid en una ratonera al entregar las cárceles cerradas a Franco, llave en mano y repletas de antinacionales. Luego las sentencias de muerte fueron de unas mil cada día y los fusilamientos oscilaban entre 200 y 250 diarios.
Tratando de recuperar los galones

Pero para comprender la historia no basta detenerse en algunos de sus chispazos momentáneos, sino que hay que seguir el rastro hasta el final, que en el caso de Casado es muy ilustrativo: fueron sus patrones del Foreign Office británicos los que le sacaron de España por Gandía en el buque Galatea mientras los comunistas eran fusilados a millares en Madrid. Luego fue Gran Bretaña quien le acogió tras la guerra.
Pero Casado no necesitaba el exilio; no tenía nada que temer de los nacionales porque había sido uno de sus mejores colaboradores, así que regresó a España en 1961, siendo juzgado y posteriormente absuelto por un Consejo de Guerra. Él no era culpable de nada. Incluso intentó que se le reconociera su graduación militar y que se le permitiera el reingreso en el ejército nacional. Vivió hasta su muerte en Madrid, sin contratiempos.

NEGRIN, HEROE O VILLANO


Dentro de la historiografía académica de tendencia “progre”, que sería chistosa si no hubiera tenido durante largos años los medios de acallar cualquier réplica, y de presentarse a sí misma como la única historiografía “profesional”, acaba de publicarse una biografía de Negrín, por el catedrático Ricardo Miralles. Prologa el libro P. Preston, para quien Negrín “fue el gran estadista de la lucha contra Franco y sus aliados fascistas”. Según él, las críticas a Negrín proceden sobre todo de Bolloten, condicionado a su vez por “los renegados ex comunistas que publicaron sus memorias bajo la dirección de Gorkín y financiados por (…) la CIA”. Preston, claro, prefiere a los comunistas no renegados y, con típica paranoia stalinista, sólo puede entender que alguien discrepe de ellos si le paga el “imperialismo”. Confesión implícita por parte del profesor inglés, y además falsedad, también de tufo staliniano, porque la apasionante obra de Bolloten se apoya ante todo en una labor documental e investigadora impresionante, con muy pocos paralelos en las historias de nuestra guerra.

A Preston le encanta el libro de Miralles, y no es de extrañar. Empieza éste planteando el asunto con una mezcla de infantilismo y mala fe. Según él, sobre Negrín sólo hay hasta ahora “juicios y sentencias, opiniones y fallos”. Vamos, defensores y detractores, sin más, como si el libro de Bolloten, entre otros, se limitase a una colección de asertos gratuitos. Entre los apologistas de Negrín, Miralles encuentra matices y aspectos aprovechables. No así en el otro campo: “Entre sus detractores ha existido una rara unanimidad que podríamos resumir en un Todos contra Negrín”. Para corregir tan deplorable panorama, Miralles plantea la cuestión así: “Las tres grandes acusaciones hechas a Negrín fueron que entregó la República a los comunistas, que fue el causante de la división interna del PSOE (durante la guerra y en el exilio posterior); y que su obstinación en una política de “resistencia a ultranza” condujo a un final catastrófico de la guerra”.

Ciertamente estas acusaciones le han sido hechas por bastantes, sobre todo dentro del propio PSOE, pero no resultan difíciles de refutar, o por lo menos poner en tela de juicio, desde la lógica de quienes siguen hablando de una II República durante la guerra (Bolloten no lo hace, desde luego), o creen en una posible paz negociada. La acusación de haber causado la división del PSOE, simplemente depende del punto de vista, claro está. Prieto tenía uno, y Negrín el contrario. Si uno acepta que la república del 14 de abril siguió existiendo tan campante después de que el gobierno de Azaña-Giral entregase las armas a los sindicatos y se impusiese una revolución de brutal violencia en la zona controlada por el Frente Popular; si acepta que los socialistas de Largo y Prieto, así como los comunistas y los anarquistas eran demócratas, o que Stalin protegió la libertad en España, entonces la posición de Negrín es difícilmente atacable, o por lo menos resulta mucho más coherente que la de Prieto, Largo Caballero y cuantos le hacen las acusaciones vistas.

Pero no es obligatorio, afortunadamente, comulgar con tamañas ruedas de molino. No obstante vale la pena seguir la polémica entre quienes creen tales cosas. Esa polémica está muy bien expresada en el intercambio epistolar entre Prieto y Negrín, cuando ambos, ya en el exilio, disputaban acerbamente por el control del cargamento del yate Vita.

Negrín acusaba a Prieto de haber contribuido a la derrota con su política vacilante y derrotista, y éste replicaba: “Después de haber presidido tan colosal desastre, después de haber originado, con el uso de un poder personal, ejercido en beneficio exclusivo de determinada agrupación (se refiere al Partido Comunista), disensiones hondísimas que condujeron a millares de hermanos a despedazarse entre sí, y teniendo todavía ante los ojos el espectáculo de medio millón de españoles debatiéndose en la miseria y sometidos a las más viles humillaciones (esto está escrito apenas terminada la contienda. Antes de que terminase aquel año 1939, casi tres cuartas partes de los exiliados habían vuelto a España, dato generalmente olvidado por “historiadores” de esta línea), de las que una elemental previsión reiteradamente aconsejada les hubiera librado, después de todo eso, ¿se atreve usted a decir que yo incubaba la catástrofe? Jamás conocí un sarcasmo tan terrible como el contraste entre sus inmensas responsabilidades y su jactanciosa actitud que le permite condenar caprichosamente a los demás, y encima exigir, a guisa de premio, el reconocimiento de su jefatura de Gobierno con carácter permanente por indefinido”. Negrín, por su parte, insistía en que “a nuestra causa no la han vencido los facciosos. No. La han vencido las asechanzas de unos cuantos malandrines”.

¿Quién tenía razón? En apariencia, Prieto. Una de las cosas más llamativas en los líderes republicanos y revolucionarios es su total ausencia, al menos en sus escritos, de sentimiento de responsabilidad o culpa por los desastres ocurridos bajo su mando. Azaña y Alcalá-Zamora, bajo cuyas presidencias del gobierno y del estado respectivamente rodó el país a la catástrofe, se las arreglan para cargar todas las responsabilidades sobre lo demás, y otro tanto hace Negrín al discutir con Prieto.

Y sin embargo, es Negrín quien, si damos por válidos los planteamientos que les eran comunes (defensa de la república y la democracia, etc.) tiene razón, o por lo menos tiene la mayor parte de razón. Pues para vencer al fascismo no había otra opción que apoyarse en Stalin y sus agentes, los comunistas españoles, ya que las democracias no acababan de reconocer como una de las suyas al régimen edificado sobre el derrumbe revolucionario de julio del 36.

Los comunistas rusos y españoles eran los únicos que tenían medios, y algo más importante que medios: una auténtica estrategia. Apoyarse, a no ser muy secundariamente, en el conglomerado de anarquistas, azañistas, socialistas de Prieto o de Largo Caballero y grupos parecidos, habría llevado a la derrota en muy pocos meses. La resistencia sólo podía plantearse en los términos en que Negrín lo hacía, y éste no dejaba de tener bastante razón cuando maldecía a los derrotistas y maniobreros que perturbaban sus esfuerzos.

Lo que Prieto y Negrín pasaban por alto era el coste gigantesco, en medios y en vidas, de aquella política, única posible desde su propio planteamiento. Ese coste era, para empezar, la pérdida de la independencia española y del control sobre sus reservas financieras (Preston tiene gracia cuando, en crítica al aserto de Bolloten de que Negrín hizo mucho por extender la influencia comunista, recuerda el auxilio fascista al otro bando… donde no tuvo ese inmenso coste). Otra tremenda exigencia de esa política consistía en la multiplicación de las víctimas y destrucciones en una resistencia sin sentido… a no ser que enlazase con la guerra mundial, lo cual habría multiplicado el número de víctimas y destrozos. No hubo coste en democracia, porque la misma había dejado de existir antes de la hegemonía comunista, pero sí lo hubo en supeditación de las demás fuerzas políticas a la estrategia soviética, en nombre de la disciplina contra el enemigo común.

Cada uno de estos sacrificios habría justificado una rebelión de los anarquistas, socialistas y republicanos contra Negrín y los comunistas, y así terminó ocurriendo, aunque ya in extremis. Los “malandrines” de que habla Negrín fueron, efectivamente, quienes terminaron con la resistencia “republicana”, pero debe reconocerse que habían sufrido tanto a manos de Stalin y sus secuaces españoles, que prefirieron la represión franquista.

Estos terribles costes no impresionan lo más mínimo a Preston o a Miralles, que, en función del objetivo de vencer al franquismo pasan por alto —como Negrín— cualquier sacrificio… ajeno, naturalmente. Mi aserto de que los nacionales eran los patriotas, es decir, los que defendían la nación española, podría quedar contradicho por la evidencia de que el Frente Popular desató en la guerra una masiva propaganda patriótica, llamando a luchar contra la "invasión" de alemanes, italianos y moros. Como ya expliqué, las ideas y tendencias izquierdistas-separatistas eran realmente antiespañolas, y el grito "¡Viva España!" llegó a ser subversivo. Pero todos, y más que nadie los comunistas, entendieron pronto que el patriotismo era una fuerza movilizadora muy potente y quisieron arrebatársela al bando de Franco. Los comunistas, por cierto, eran agentes directos y orgullosos de la Unión Soviética, a cuyos intereses posponían los españoles sin la menor vacilación.

En esa línea, me parece que Payne cae en un error extendido al describir así a Negrín: "A diferencia de gran parte de la izquierda, no solo era un patriota, sino incluso una especie de nacionalista español". Quizá él se sintiese así personalmente, pero lo que cuenta, a mi juicio, son los actos reales, y no encuentro mucho patriotismo en la entrega de Negrín a los comunistas, en la imposición al país de unos sacrificios inútiles cuando la guerra estaba perdida, ni en su empeño por lograr la intervención militar francesa y la extensión del conflicto, que acarrearía muchas más víctimas y daños. También puede describirse como patriota a Azaña en cuanto a sus sentimientos íntimos, siempre que se añada que él pensaba en una España renovada según ideas rudimentarias y simples, y sin raíces en una historia que él caricaturizaba y detestaba según las líneas de la Leyenda Negra. Y lo mismo ocurría con Negrín.

Sobre la polémica en torno a su relación con la URSS y el PCE, Stanley Payne señala que "los comunistas (...) no le consideraban ni un agente ni un criptocomunista, sino más bien un socialista prosoviético que conservaba su propia identidad". Esto es probablemente cierto, y por mi parte nunca creí que Negrín se entregase subjetivamente a los estalinistas. Pero en el plano práctico lo hizo, aun con pequeños desacuerdos ocasionales. No puede olvidarse que Negrín fue el principal fautor de la entrega del oro a Stalin, una decisión que no derivaba de "la imposibilidad de hacer otra cosa", como ha querido justificarse. Derivaba de la estrechísima afinidad, en aquel tiempo, entre la URSS y el partido del Lenin español, aspirante a la dictadura del proletariado, un dato que suelen obviar los apologistas de Negrín; y no incluyo entre estos a Payne, aunque me parece que está algo influido por ellos.

El envío del oro a Moscú tuvo una consecuencia política crucial muy rara vez mencionada: redujo al Frente Popular a una dependencia de Moscú, ya que la recuperación del oro era impensable y los suministros bélicos a España dependían de él. Esta cuestión es distinta, y mucho más relevante, de la de si Stalin robó más o menos de aquel oro, asunto a mi entender muy secundario pero que ha recibido atención desmesurada. Dudo que robara porque no le convenía. Lo decisivo fue que, en adelante, el Kremlin controlaba los suministros, es decir, el destino del Frente Popular. Lo cual, junto al hecho de disponer en España del partido más fuerte, organizado y disciplinado, como llegó a ser el PCE (partido agente de Stalin, repito), da idea del grado de supeditación a la URSS que Negrín impuso a la parte del país donde dominó. Que lo hiciese con una u otra intención o ilusión es lo de menos.

Tampoco puedo coincidir con Payne en que Negrín "había llegado a la conclusión de que la guerra debía prolongarse, principalmente para poder negociar una rendición en condiciones más aceptables" y "lograr cierta protección para los muchos izquierdistas que quedarían en el régimen de Franco". Las propias explicaciones de Negrín indican más bien que desde pronto pensó que solo podría ganar la guerra internacionalizándola. Esta fue su estrategia esencial y la base de sus maniobras dilatorias como los "puntos" de los que se burlaba Azaña. Quería, en definitiva, prolongar la guerra civil hasta enlazarla con una guerra general europea, y así lo dijo explícitamente. Y en ningún momento tomó medidas para salvar a los izquierdistas –miles de ellos complicados en crímenes atroces–. Lo que no significa que no fuese un hombre previsor: desde el mismo momento en que envió el oro a Moscú, ya en el primer año de la guerra, organizó concienzudamente el saqueo de bienes públicos y privados con vistas a asegurarse una vida cómoda y una influencia política en el eventual exilio.

La relación entre Prieto y Negrín se fue deteriorando hasta el punto de que Negrín decidió aceptar la dimisión de Prieto el 30 de marzo de 1938. Antes de esta fecha se produjeron incidentes como el enfrentamiento entre las dos personalidades del Gobierno en Pedralbes el 31 de diciembre de 1937. Eran las fechas de la victoriosa campaña de Teruel y el presidente del Gobierno organizó una cena con invitados para celebrar el hecho. El ministro de Defensa disculpó su asistencia al ágape y prometió su concurrencia al final de la comida. Cuando apareció en el salón donde se hallaban reunidos al convite, Negrín se dispuso a abrazar a su ministro como muestra de felicitación por el triunfo, pero Prieto parando en seco al presidente, le dijo públicamente que la victoria era un espejismo pues la guerra estaba irreversiblemente perdida. Negrín perdió los nervios y ante los invitados le afeó su conducta a Prieto.

Nada más dejar el Gobierno, Prieto pudo ser destinado a la embajada en México pero Azaña le pidió que se quedara pues deseaba tener un posible candidato a la Presidencia del Gobierno en el caso de que Negrín cayera. Pero esto no ocurrió y Prieto halló una ocasión para salir del Estado cuando Negrín le ofreció la embajada a la toma de posesión del cargo del presidente chileno Pedro Aguirre Cerdá. Incluso en esta embajada se manifestaron las discrepancias entre los dos políticos socialistas, pues Prieto marchó a América con la condición de hacer campaña a favor de una mediación latinoamericana en el conflicto hispano.

Poco después de la partida de Prieto comenzó el declive definitivo de la República. La derrota de la batalla del Ebro y la posterior ofensiva franquista en las Navidades de 1938 trajeron como consecuencia que para los primeros días de febrero los franquistas hubieran conquistado todo el territorio catalán. A la República solo le quedaba la zona Centro-Sur, incomunicada por tierra con el continente. Que la contienda estuviera definitivamente perdida no cambió en nada la determinación de Negrín de prolongar el conflicto hasta que la guerra comenzara en Europa. Pero por muy fuerte que fuera la voluntad de Negrín, lo cierto era que cada vez se estaba quedando más solo. Si bien, en general, en todos los partidos y sindicatos, con la excepción tal vez de los anarquistas, hubo sectores partidarios de Negrín, el apoyo más sólido e importante del presidente fueron los comunistas, hasta el punto de confundirse la militancia de Negrín con el PC. Pero la determinación de Negrín y el apoyo del PC no pudieron impedir que el coronel Casado, apoyado por Julián Besteiro, diera un golpe de Estado y precipitara el final de la guerra, no sin antes declararse otra guerra civil en el bando republicano como se había producido en Barcelona.

Para cuando se produjo el golpe de Casado, Negrín había dispuesto el envío de cuantiosos bienes al extranjero con el fin de atender las necesidades de la emigración. Negrín era consciente de las limitadas fuerzas a su disposición y sabía que, antes o después, la suerte de la República pasaba por la derrota, por eso tuvo el acierto de crear un órgano de asistencia a los exiliados y de dotarlo generosamente. Este organismo de ayuda nació con la idea de ser unitario y sustituir a otros como el Comité Nacional de Ayuda a España. Sin embargo, en la historia del exilio ambos dirigentes socialistas volverían a encontrarse, y Prieto le haría pagar a su antiguo protegido todos sus “errores” y, finalmente, le desbancaría de su posición de dirigencia del socialismo español. En esto Prieto, además de su gran capacidad política, contó con mucha suerte de cara.

En efecto, a la vez que en Francia el Gobierno republicano creaba el Servicio de Emigración de Republicanos Españoles (SERE) para evitar que el recién reconocido Gobierno franquista pudiera requisar los bienes evacuados, el gabinete de Negrín decidió esconder parte del tesoro expatriado en el único país que ofrecía unas garantías mínimas de seguridad, México. Mientras en Francia por parte del SERE se hacía lo materialmente posible para atender a los cientos de miles de exiliados, entre otras cosas, preparando la emigración a repúblicas americanas, especialmente a México, Negrín llamó a un grupo de marineros fieles para una curiosa misión que finalizó de una manera no menos curiosa. México se había ofrecido para acoger a un gran número de exiliados, era uno de los pocos países que había simpatizado con la República y era lógico pensar en que era el mejor refugio para parte de los bienes evacuados. Negrín, desde sus días de ministro de Hacienda, contó con la colaboración de los tripulantes de unos bous bacaladeros que la República utilizó para transportar el oro del Banco de España desde Cartagena a Odesa y otros servicios de guerra. A estos marineros, en su mayoría de Lekeitio, se les unieron dos lekeitiarras más en el transporte de los bienes republicanos a México, José Ordorika y Marino Gamboa. El primero como patrón y el segundo en calidad de armador, labor a la que se dedicó durante toda la guerra transportando bienes para los gobiernos vasco y republicano. En este caso de Gamboa se daba la circunstancia de que tenía pasaporte estadounidense debido a su origen filipino. El barco que fletó Marino Gamboa para transportar el tesoro republicano a México fue un yate de lujo al que se denominó Vita.

El Vita llegó con algún susto a Veracruz, pero sin mayores problemas. Los sustos y problemas se producirían en tierras mexicanas. El delegado negrinista encargado de hacerse con el cargamento no se presentó en el puerto y el “secreto” de la operación si ya era frágil en Europa antes de la partida del yate, en México se volvió vox populi. Los responsables del Vita se asustaron y contactaron con la personalidad republicana más importante residente en la república azteca, Indalecio Prieto. Este, valiéndose de las buenas relaciones con el presidente Cárdenas y de las divisiones entre los exiliados, se sirvió del tesoro del Vita para hacerse fuerte en el destierro español. Convocó a algunas personalidades exiliadas en México y las redujo a su favor. Acto seguido, convocó a la Diputación Permanente de las Cortes e hizo que se desdijera de lo acordado semanas antes cuando había apoyado a Negrín además de que le apoyara en la pretensión de crear un nuevo organismo de atención a los exiliados españoles que se dio en llamar Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE).

De nada sirvieron las llamadas de Negrín para buscar una solución consensuada en esta nueva crisis republicana pues Prieto en ningún momento se mostró flexible a un acuerdo. El orgullo herido del diputado bilbaino no atendió a razones y rechazó todas las propuestas que le llegaron de Negrín. Prieto, además, contó con el factor anticomunista a su favor. No solo era él quien acusaba de filocomunista a Negrín. El SERE estaba catalogado como tal, basándose en el favoritismo por parte del SERE al PC y a los sectores partidarios del antiguo presidente del Gobierno a la hora de distribuir ayudas entre los exiliados. Este filocomunismo se volvió en contra de Negrín y los suyos cuando en agosto de 1939 la URSS firmó un acuerdo de colaboración y de no agresión con Alemania y a continuación atacó Polonia. La reacción occidental fue declarar la guerra a Alemania y perseguir al comunismo. En este contexto, la policía francesa intervino las sedes del SERE y, finalmente, en la primavera de 1940, cerró sus instalaciones. Para entonces el organismo negrinista había gastado más de 90 millones de francos en atender a los exiliados españoles, mientras la JARE casi no se había estrenado en la labor. Primero, porque se había demorado su creación, segundo, porque no tenía la infraestructura con que contaba el SERE y, en último lugar, porque sus bienes estaban en América.

Para cuando se produjo la ocupación alemana de Francia en junio de 1940, el SERE había sido intervenido y tenía muchas dificultades para operar. Además la nueva situación de ocupación hizo que Negrín se tuviera que refugiar en Inglaterra, donde el Gobierno le era hostil y donde poca labor política podía hacer pues había pocos exiliados españoles. Por el contrario, en México, Prieto contaba con grandes cantidades de dinero, muchos exiliados y un Gobierno favorable. Para cuando terminó la II Guerra Mundial y se vislumbraron algunos rayos de esperanza para retornar del exilio y derrocar la dictadura española, Prieto era el dirigente exiliado más importante y obedecido por casi todos, excepción hecha de los nacionalistas y comunistas y logró que se cumpliera su voluntad de orillar a Negrín y a los comunistas. Pero de poco sirvió todo aquello, la nueva situación internacional de guerra fría favoreció a Franco y mantuvo definitivamente en el destierro tanto a Negrín como a Prieto, además de a la democracia.


domingo, 9 de noviembre de 2014

LARGO CABALLERO, EL PRESIDENTE ESTUQUISTA


Sindicalista y político español. Secretario general de la Unión General de Trabajadores (UGT), miembro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Presidente del Gobierno (1936-1937). Nació en Madrid, en 1869. La separación de sus padres le obliga a trabajar desde muy pequeño. A los nueve años comienza el aprendizaje de estuquista, oficio que sería su definitiva profesión. En 1890 se afilia a la Unión General de Trabajadores (UGT) y, cuatro años más tarde, al Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Su participación en el movimiento socialista estuvo siempre vinculada a su actividad sindical. En 1904 es nombrado vocal obrero del Instituto de Reformas Sociales y, al año siguiente, es elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid. Elegido secretario general de la Unión General de Trabajadores en 1918, permanecerá en el cargo durante veinte años. Su acción marcará la historia del sindicato socialista. Durante los años en que se desarrolló la Primera Guerra Mundial, trabajó intensamente en la potenciación del movimiento sindical, lo que le llevó a mantener relaciones, a menudo polémicas, con la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

Formó parte del comité de huelga de 1917; fue detenido, procesado y condenado a pena de muerte, más tarde conmutada por cadena perpetua. Elegido diputado en las elecciones de febrero de 1918, fue amnistiado y excarcelado. Como secretario general de la UGT, asistió al Congreso de Berna de la II Internacional, en febrero de 1919, y al I Congreso de la Federación Sindical Internacional (FSI), celebrado en Amsterdam en los meses de julio y agosto de 1919. A su regreso se manifestó en contra del ingreso en la III Internacional.

Su intervención fue decisiva para que la UGT rechazara, en su congreso de noviembre de 1922, toda vinculación con los comunistas. Durante la dictadura de Primo de Rivera se impuso como dirigente de hecho del socialismo español. Aceptó participar en cargos públicos, por lo que, en 1924, ingresó en el Consejo de Estado, en calidad de representante obrero. Tres años más tarde, con su negativa a participar en la Asamblea Nacional, se distancia progresivamente de Primo de Rivera. En 1930 apoya la participación del PSOE y de la UGT en el movimiento republicano, iniciado ese mismo año, a título personal, por Indalecio Prieto.

Formó parte del comité revolucionario que preparó el advenimiento de la segunda República, y una vez proclamada, en abril de 1931, fue ministro de Trabajo. Elegido presidente del partido en 1932 y de la Unión General de Trabajadores, tras desplazar a Besteiro de la dirección de ésta en 1934, se convierte en el líder del socialismo, ahora radicalizado hacia posiciones más izquierdistas. Tras la derrota sufrida en los sucesos de octubre de 1934, que le valieron a Largo Caballero el calificativo de "Lenin español", se mostró partidario de reanudar la alianza con los republicanos, hecho que le produjo la pérdida de posiciones en el partido, del que dimite como presidente en diciembre de 1935.

A partir de este momento, se dedicará a la dirección del sindicato y a reiterar su propuesta a favor de la unidad con los comunistas. Desde el estallido de la Guerra Civil,asumió una activa defensa de la República, basada en la movilización sindical y en las milicias obreras. En septiembre de 1936 presidió la formación de gobierno del Frente Popular, completado, poco después, con la integración de la CNT. Además se hizo cargo de la cartera de la Guerra. A raíz de los sucesos ocurridos en Barcelona, en mayo de 1937, el Partido Comunista, con apoyo de la ejecutiva del PSOE, exige su abandono del ministerio de la Guerra. Largo Caballero dimite de la presidencia del gobierno y, tras la caída de Cataluña, en enero de 1939, se exilia a Francia.

En Vichy es detenido por la policía y, más tarde, es internado en el campo de concentración alemán de Orianenburg, del que es liberado en 1945 por las tropas soviéticas. A su regreso a Francia, el mismo año de su liberación, se incorpora al PSOE y a la UGT en el exilio, impulsados por Llopis, Trifón Gómez y De Francisco. Murió en París en 1946. A lo largo de su vida escribió varias obras, pero de todas ellas la más conocida es la titulada Presente y futuro de la Unión General de Trabajadores de España.

En estas citas de Francisco Largo Caballero, líder del PSOE durante la dictadura de Primo de Rivera, la II República y la Guerra Civil, se demuestra que la intención del PSOE era ir a la Guerra Civil e imponer una tiranía como en la URSS:

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“Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”.

19-01-1936 en un acto electoral en Alicante, y recogido en El Liberal, de Bilbao, 20-01-1936.

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“La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución”.

Mitin en Linares el 20-01-1936.

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“La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas… estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia”.

10-02-1936, en el Cinema Europa.

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“Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”.

Ya en aquella época, como ahora, para el PSOE todo grupo que no fuera el suyo era considerado inmediatamente “fascista” y “retrógrado”.

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“En las elecciones de abril (1931), los socialistas renunciaron a vengarse de sus enemigos y respetaron vidas y haciendas; que no esperen esa generosidad en nuestro próximo triunfo. La generosidad no es arma buena. La consolidación de un régimen exige hechos que repugnan, pero que luego justifica la Historia”. “Vamos a la Revolución social. ¿Como? (una voz del público: como en Rusia) No nos asusta eso…Habrá que expropiar a la burguesía por la violencia”. “Tenemos que recorrer un periodo de transición hasta el socialismo integral, y ese período es la dictadura del proletariado, hacia la cual vamos. Había que “preparar la ofensiva socialista”.

01-11-1933. Largo Caballero, Discursos a los trabajadores, Barcelona, Fontamara, 1979, p.151-2. M. de Coca, Anticaballero, Madrid, Centro, 1975, p.85 y ss. M. Tuñón de Lara, La crisis del estado: dictadura, República, guerra (1923-1939), Barcelona, Labor, 1986, p. 129,170.

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“Si no nos permiten conquistar el poder con arreglo a la Constitución… tendremos que conquistarlo de otra manera”.

Febrero de 1933, Largo Caballero, Escritos de la República, Pablo Iglesias, 1985, p.34-5.

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El 23-11-1931 Largo, entonces Ministro de Trabajo, ante la posibilidad de que las Cortes se disolviesen por no tener mayoría, amenaza:

“Ese intento sólo sería la señal para que el PSOE y la UGT lo considerasen como una provocación y se lanzasen incluso a un nuevo movimiento revolucionario. No puedo aceptar la posibilidad, que sería un reto al partido, y que nos obligaría a ir a una guerra civil”.

Acta de sesiones del Parlamento. El Debate, 24-11-1931, Madrid.

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“Antes de la República creí que no era posible realizar una obra socialista en la democracia burguesa. Después de veintitantos meses en el gobierno… si tenía alguna duda sobre ello, ha desaparecido. Es imposible”.

Agosto de 1933, en la Escuela de Torrelodones. FPI, XIII, p .452, El Socialista, 16-8-1933.

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“Se dirá: ¡Ah esa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura de burgueses? Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: ‘Como en Rusia’). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 vamos a las urnas… Más no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. ¿Excitación al motín? No, simplemente decirle a la clase obrera que debe prepararse… Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”.

El Socialista, 09-11-1933.

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“Cuando el Frente Popular se derrumbe -anunció-, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible. Entonces estableceremos la dictadura del proletariado, lo que… quiere decir la represión… de las clases capitalistas y burguesas”.

24-05-1936, en Cádiz, tras la victoria del Frente Popular, al que pertenecía el PSOE. El socialista, 26-05-1936. H. Thomas, La guerra civil española, Grijalbo, Barcelona, 1976, p. 203.

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“Hay que apoderarse del poder político; pero la revolución se hace violentamente: luchando, y no con discursos”.

Durante el Congreso de las Juventudes Socialistas. R. Calaf Masachs, Revolución del 34 en Asturias, Fundación José Barreiro, Oviedo, 1984, p. 57.

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“No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad”.

Verano de 1934 en Ginebra. M. Martínez Aguiar, ¿Adónde va el Estado español?, Madrid, p.135.

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“Nuestro partido, es ideológicamente, tácticamente, un partido revolucionario… cree que debe desaparecer este régimen”.

Durante un mitin en el Cinema Europa de Madrid (01-10-1934).

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“Un recuerdo para todas las víctimas ocasionadas por la represión brutal de octubre (se refiere al golpe de estado contra la República dado por el PSOE)… y que prometemos que hemos de vengarlas… No vengo aquí arrepentido de nada… Yo declaro… que, antes de la República, nuestra obligación es traer al socialismo… Hablo de socialismo marxista… socialismo revolucionario… somos socialistas pero socialistas marxistas revolucionarios… Sépanlo bien nuestro amigos y enemigos: la clase trabajadora no renuncia de ninguna manera a la conquista de Poder… de la manera que pueda…La República… no es una institución que nosotros tengamos que arraigar de tal manera que haga imposible el logro de nuestras aspiraciones… Nuestra aspiración es la conquista del poder… ¿Procedimiento? ¡El que podamos emplear!… Parece natural que se aprovechase ahora la ocasión para inutilizar a la clase reaccionaria, para que no pudiera ya levantar cabeza”.

El Socialista, 13-01-1936. En el cine Europa.

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“El Partido socialista no es un partido reformista (…) cuando ha habido necesidad de romper con la legalidad, sin ningún reparo y sin escrúpulo. El temperamento, la ideología, y la educación de nuestro partido no son para ir al reformismo”.

Durante su discurso en el XIII Congreso del PSOE, celebrado en 1932, siendo Ministro de Trabajo.

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“El jefe de Acción Popular decía en un discurso a los católicos que los socialistas admitimos la democracia cuando nos conviene, pero cuando no nos conviene tomamos por el camino más corto. Pues bien, yo tengo que decir con franqueza que es verdad. Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado la democracia burguesa e iremos a la conquista del Poder”.

13-11-1933.

LA VOZ DE AZAÑA


Nos encontramos ante un discurso pronunciado por el presidente de la República en pleno trance de la guerra Civil (1936-1939). Por lo tanto tiene una naturaleza pública y un carácter subjetivo. El mensaje fundamental consistió en llamar la atención sobre el futuro y la reflexión que habría de suscitar el drama bélico. Entiende el nuevo contexto postbélico como un crisol en el que habrán de imponerse las palabras “Paz, Piedad y Perdón”.

Su elitismo le hizo distanciarse de las grandes convulsiones y de las posiciones violentas. No de otra forma puede entenderse esa neutralidad y esa moderación verbal en medio de una guerra civil que estaba próximo a perder el bando republicano que él mismo representaba.

Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, 1940) estuvo encuadrado en la “izquierda burguesa”. De familia acomodada, estuvo becado en la Facultad de Derecho de París.

Por oposición ingresó en la Dirección General de Registros y Notariados. Alcanzó un mayor protagonismo en la formación de grupos republicanos bajo la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). La caída de la
dictadura precipitó su salto hacia la alta política. Al llegar la República, el 14 de abril de 1931, se convirtió en Ministro de Defensa y, poco más tarde, en Presidente del Gobierno. En ese primer bienio republicano – socialista (1931-1933), Azaña quiso emprender ambiciosas reformas. El cambio de régimen, sin embargo, pronto comenzó a descontentar a todos. Además de la reforma agraria o la concesión de autonomía a ciertas regiones (Cataluña), Azaña centró su reformismo en dos líneas de trabajo: la Iglesia y el Ejército.

El desgaste del gobierno republicano – socialista produjo la victoria de las derechas en noviembre de 1933. Tras el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, se convirtió en presidente de la República, en sustitución de Alcalá Zamora.

Fue en ese destacado puesto desde el que vivió el estallido de la Guerra Civil. A las alturas de 1938, Azaña se había trasladado con el gobierno, primero a Valencia y luego a Barcelona. Comenzó a pensar en la posibilidad de terminar con el cruel conflicto civil. De este empeño suyo es un buen exponente el texto que
estamos comentando, contrario a proseguir la guerra a cualquier coste, en contraste con lo que pensaba el entonces Presidente del Gobierno (el doctor Negrín). Solo, Azaña presentó su dimisión el 27 de febrero de 1939 desde la embajada de París. En noviembre de 1940 falleció en Francia acompañado por su esposa. Atrás dejaba no sólo una biografía política, sino también varias obras literarias.

Este discurso se denominó de las tres “P” (Paz, Piedad y Perdón). Su intención básica era pedir el retorno a la concordia nacional bajo un contexto en el que la guerra parecía razonablemente perdida ya para la república. Pero no era del mismo parecer Negrín, el máximo responsable gubernamental, quien buscó la
prolongación de la guerra hasta mezclarla con el conflicto global que se avecinaba (Segunda Guerra Mundial).

En esa divergencia de pareceres Azaña perdió la partida, siendo neutralizado políticamente. Azaña, en primer lugar, rechaza todo lo que signifique guerra y violencia (línea 2). Sin embargo, da la impresión de que no logra alcanzar las causas profundas del estallido bélico (líneas 14-15). Para él, si acaso algo puede sacarse de la guerra, es el fruto de la reflexión para lasgeneraciones futuras y, con ello, evitar un nuevo enfrentamiento.

El uso de cierto tipo de términos cultos, pronunciados en el Ayuntamiento de Barcelona, refleja a quiénes iban dirigidas sus palabras: al gobierno, a las autoridades, a Negrín... El elitismo intelectual de Manuel Azaña, en todo caso, siempre estuvo muy lejos de las grandes masas. De hecho, ni él ni su partido llegaron a alcanzar altas sumas de sufragios en las elecciones generales celebradas entre 1931 y 1936.

La Guerra Civil española puede subdividirse en varias etapas. La primera discurre a lo largo de la segunda mitad de 1936. Se produjo la ruptura del orden vigente y una dislocación social y política de la convivencia. Se configuraron ambas zonas:

Franco accedió a la Jefatura del Estado y a la dirección suprema de los nacionales (1 de Octubre), mientras el socialista Largo Caballero forja el primer gobierno republicano sólido desde el 18 de julio (4 de septiembre). El segundo periodo de la guerra abarca 1937-38. La guerra se ralentizó después de las rápidas conquistas nacionalistas de 1936. Fechas de intervención extranjera, de semiparalización de frentes y de consolidación de las estructuras de guerra, especialmente en la zona nacional. No sería hasta 1938 cuando Franco se decidió a avanzar sobre Aragón y Cataluña, ya comprobado el peligro de las contraofensivas republicanas (Teruel).

Para las alturas de 1938 era comprensible que Azaña pronunciara su célebre discurso. De hecho, el presidente de la Generalitat (Companys), en conexión con Azaña, venía intentando un armisticio con Franco. La estrategia del presidente de la república era clara: ya no se trataba de ganar una guerra, pues estaba perdida; era el momento de mirar hacia el porvenir solicitando de los vencedores “Paz, Piedad y Perdón”. La guerra, en efecto, terminaría pronto, el 1 de abril de 1939.

Negrín, por todos los medios, intentó prolongarla hasta introducirla en el conflicto bélico europeo; Franco, por su parte, también la dilató pero justo hasta el momento en que considerase su poder indiscutible para todos y, por supuesto, antes de que estallase la 2ª Guerra Mundial (septiembre de 1939). Los factores
políticos se superpusieron a los meramente humanitarios de acabar con la guerra: Azaña iba quedándose solo.

Los contenidos reconciliadores del pensamiento de Azaña tuvieron efecto y trascendencia posteriores, pero sólo fueron reconocidos después de muchos lustros. Acabada la guerra, la represión se cebó con los vencidos, sobre todo durante los años cuarenta (Tribunal par la Represión de la Masonería y el
Comunismo). Para los años sesenta constituía un mayor problema para el régimen la oposición interior que los exiliados en el extranjero. Seguía existiendo el exilio, pero la persecución y el encarcelamiento de los años cuarenta eran ya un recuerdo en los primeros años setenta.

Fallecido el dictador, la sucesión en la persona de Juan Carlos I marcó el comienzo de la definitiva reconciliación entre los españoles y, por fin, se convirtieron en realidad las consideraciones que Azaña hiciera en julio de 1938. La tolerancia, la libertad y el libre contraste de pareceres dentro de una atmósfera política pacífica recobraron carta de naturaleza en las futuras generaciones. Durante la transición pudieron comprenderse perfectamente los valores encerrados en las palabras de Azaña.

Ni paz, ni piedad, ni perdón. Manuel Azaña, presidente de la República, ni siquiera ha gozado de los beneficios de la transición. Franco le privó de la nacionalidad, como a otros ilustres españoles, y el actual presidente de las Cortes ha relegado su busto a un lugar casi infamante. Manuel Marín colocó el busto en lugar cercano al hemiciclo el busto de don Manuel (Josefina Carabias publicó un libro titulado "Los que le llamábamos don Manuel"), en zona noble del palacio de las Cortes. No se hizo de ello un acto con boato. No tuvo más sentido político que recuperar a un español que, además de gran escritor y político, se distinguió en el Palacio de las Cortes por su elocuencia y la grandeza de sus pensamientos.

Azaña fue vilipendiado durante muchos años. De él parece que no había otro recuerdo de sus discursos que el de "España ha dejado de ser católica". No me consta que en el Parador de Benicarló, lugar en que don Manuel celebró importantes reuniones durante la guerra civil, pues se desplazaba desde Barcelona, tenga una placa que haga constar uno de sus mejores obras: "La velada en Benicarló". El otro recinto valenciano que se recordó durante años fue el mitin que tanta repercusión tuvo en el campo de Mestalla.

Si uno desea visitar su tumba en Montauban no tiene problemas para encontrar el cementerio en el que está enterrado. A la primera pregunta, el ciudadano local se da perfecta cuenta de que uno es español y antes de aguardar explicación pregunta: "Mesié le president?". En la ciudad francesa, donde vivió sus últimos días amparado por la embajada de México, cuya bandera llevó en el féretro camino del cementerio, porque fue la única manera de protegerlo, hay constancia de que allí hay enterrado un gran español. Don Manuel es en Montauban "mesié le president".
El sepulturero del cementerio se presta rápidamente a acompañar al visitante al panteón del presidente republicano. Está acostumbrado a hacerlo porque siempre tiene visitas. El día en que estuve allí había flores frescas y además de las que representaban los tres colores republicanos había una senyera de republicanos catalanes. Don Manuel está presente en la ciudad que fue su último refugio.

Ocurre lo mismo en Colliure, aunque aquí no hace falta preguntar por la tumba de don Antonio Machado. El cementerio casi está al paso y a pocos metros de la entrada está su panteón. También con flores. Son dos ilustres españoles que han vivido el exilio permanente. Del ciprés plantado junto a su tumba es frecuente que los españoles corten una ramita y la lleven en el salpicadero de su automóvil.

Don Manuel Azaña tenía su busto en lugar distinguido cerca de los escaños desde los que pronunció sus mejores discursos. El actual presidente de las Cortes, Jesús Posada, alumno que fue del colegio de los Jesuitas de Valencia e hijo del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Jesús Posada Cacho, tomó la decisión de trasladar a don Manuel a un edificio administrativo y cerca de unos mingitorios. Ni siquiera la reconciliación de la transición parece que se le ha aplicado. Y tampoco los partidos de izquierda han protestado firmemente.

"Dentro de cien años habrá mucha gente que no sepa quiénes éramos Franco ni yo", le dijo a Julio Álvarez del Vayo. Estaba equivocado porque su memoria no se conserva de la misma manera que la de quien le derrotó en la Guerra Civil. En 1938, pronunció uno de sus discursos en que pintó el drama de la lucha y afirmó al referirse a las víctimas que "abrigados en la tierra materna ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos su hijos: paz, piedad y perdón". Ni eso.

FRASES

“No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla.”

“La libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres.”

“Quiero republicanos para la República”

“Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito”
[18 de julio de 1936, nada más conocer la sublevación militar.]

“No quiero ser presidente de una República de asesinos.”
[Recogido por Claudio Sánchez Albornoz (Entrevista con Sánchez Albornoz, 1976)]

“Si los españoles hablásemos sólo de lo que sabemos, se generaría un inmenso silencio, que podríamos aprovechar para el estudio.”

“En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro.”

“Vendría a ser, sin duda, el pueblo catalán un personaje peregrinando por las rutas de la historia en busca de un Canaán que él solo se ha prometido a sí mismo y que nunca ha de encontrar.”
[Discurso en las Cortes el 27 de mayo de 1932.]

“Con la realidad española, que es materia de legislación, ocurre algo semejante a lo que pasa con el lenguaje; el idioma es antes que la gramática y la filología y los españoles nunca nos hemos quedado mudos a lo largo de nuestra historia, esperando a que vengan a decirnos cuál sea el modo correcto de hablar o cuál es nuestro genio idiomático.”
[Discurso en la Cortes el 13 de octubre de 1931.]

“Calificando la política republicana de izquierdas: política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta; en sus diarios, una y otra vez, trata a los políticos que le rodean de obtusos, loquinarios, botarates, gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta, insufrible por su inepcia, injusticia, mezquindad o tontería.”

“Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar.”

“La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban.”
[Recogido por Claudio Sánchez Albornoz (Entrevista con Sánchez Albornoz, 1976)]