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miércoles, 12 de noviembre de 2014

LA INTERNACIONAL


El 25 de octubre de 1917, las masas de obreros, soldados y campesinos, dirigidos por el Partido bolchevique, toman el poder en Rusia, instaurando la República Socialista Soviética.

No es causal que la Revolución triunfara en primer lugar en este país, ya que, desde principios de siglo, los antagonismos sociales, políticos y nacionales habían alcanzado en él la máxima profundidad. La guerra imperialista acentuó aún más todas estas contradicciones y, en febrero de 1917, los obreros y soldados derrocaron a la monarquía zarista. Siguiendo la tradición revolucionaria de 1905, se constituyeron los soviets de diputados obreros, campesinos y soldados.

El Gobierno Provisional burgués salido de esta revolución frustró todas las esperanzas que las masas tenían puestas en esta victoria. El Partido bolchevique denunció al Gobierno Provisional y lanzó la consigna ¡Todo el poder a los Soviets! El movimiento revolucionario sacudió todo el país. El Partido Comunista, dirigido por Lenin, organiza y llama a la insurrección, que estalla en octubre.

En cuatro días, el poder soviético decretó la paz, confiscó las tierras de los grandes terratenientes y las distribuyó entre los campesinos, y reconoció el derecho de las naciones a la autodeterminación...

La Revolución Socialista de Octubre confirmó la teoría marxista de la lucha de clases, de la inevitabilidad de la derrota del capitalismo por medio de la insurrección de las masas obreras y campesinas dirigidas por el partido proletario, y de la instauración de la dictadura del proletariado. El nuevo Estado soviético se convertía así en un modelo a seguir por el proletariado internacional.

La Revolución rusa es la primera de una serie de revoluciones que estremecieron Europa. Al finalizar la I Guerra Mundial, el movimiento revolucionario se hace más extenso y mejor organizado, especialmente en los países que habían participado en la contienda. A lo largo de 1918, tienen lugar insurrecciones de obreros y soldados en Alemania, que culminaron en 1919 con la implantación de la República Soviética de Baviera. Otro tanto ocurre en Finlandia, Hungría y Países Bálticos.

Pero el imperialismo no permanecía inactivo y muy pronto va a cerrar filas, disponiéndose a hacer frente al torrente revolucionario. Los imperialistas centran sus esfuerzos en acabar con la Rusia Soviética, cercándola, ayudando a los ejércitos contrarrevolucionarios e interviniendo militarmente.

Por otra parte, los socialchovinistas de la II Internacional redoblan sus ataques contra la Revolución de Octubre, contraponiéndole las excelencias de la democracia burguesa. Atemorizados por la amplitud que el movimiento revolucionario tomaba en Occidente, se apresuran a recomponer en 1919 la fracasada II Internacional, con lo que intentaban impedir la creación de la Internacional Comunista.

En lo que respecta a los jóvenes Partidos Comunistas de Occidente, fundados por los líderes de izquierda salidos de los partidos y sindicatos socialdemócratas, eran sumamente débiles en el aspecto ideológico y organizativo. Sus dirigentes cometían a menudo graves errores, principalmente de carácter sectario, que los enemigos de la revolución aprovechaban en su contra. No se podía lograr la victoria de las revoluciones socialistas sin partidos auténticamente revolucionarios, con una base teórica marxista-leninista.

En estas condiciones, la creación de una nueva organización comunista internacional se había convertido en una apremiante necesidad. Sobre la base de los grupos y organizaciones internacionalistas de izquierda (que se habían reunido en Zimmerwald y Kienthal) encabezadas por Lenin y el Partido bolchevique, en marzo de 1919 se celebra en Moscú el I Congreso de la III Internacional o Internacional Comunista.

En este Congreso, ante los intentos de la burguesía y sus agentes en el movimiento obrero por argumentar sus ataques contra la República de los Soviets, Lenin expuso en su informe las tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado: La historia enseña que ninguna clase oprimida llegó ni puede llegar a dominar sin un período de dictadura, es decir, sin conquistar el poder político y aplastar por la fuerza la resistencia más desesperada y más rabiosa que, sin detenerse ante ningún crimen, siempre han opuesto los explotadores. La burguesía conquistó el poder aplastando por la violencia a los reyes, los señores feudales, y sus tentativas de restauración.

Así pues, la dictadura del proletariado no sólo es plenamente legítima [...] sino que es absolutamente necesaria. La forma de la dictadura del proletariado lograda ya en la práctica es el poder soviético en Rusia. Había, pues, que defender y propagar el sistema de los Soviets. Esta sería la tarea principal de los partidos comunistas en todos los países donde aún no existía el poder soviético.

Tras este primer Congreso, la afluencia a la Internacional de grupos y partidos fue enorme. La bandera del comunismo atraía a cuantos estaban desengañados por la traición de la II Internacional, aunque no todos estos grupos eran revolucionarios. Entre ellos, los llamados centristas, con Kautsky a la cabeza, mantenían posiciones oportunistas y trataban de conciliar las nuevas concepciones del movimiento comunista con las podridas ideas de los socialtraidores. Una de las concepciones propugnadas por estos centristas era la de combinar el parlamento burgués con el Poder Soviético, o lo que es lo mismo, unir la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado. Semejante teoría suponía abandonar íntegramente la doctrina de la lucha de clases y pasarse directamente al campo de la burguesía. A decir de Lenin, éste fue el golpe de gracia asestado a la II Internacional.

Era, pues, necesario dejar sentados de una forma clara los principios comunistas, tanto para cortar el camino hacia la Internacional a estos grupos vacilantes, como para evitar que su falsa e inconsecuente aceptación trajera consecuencias desastrosas, como había ocurrido con la República Soviética de Hungría. En este país, socialdemócratas y comunistas se habían unido en un Partido, que tras tomar el poder del Estado, proclamó la dictadura del proletariado. Pero al no ser depurado este Partido de los elementos reformistas, se cometieron una serie de errores que facilitaron a la contrarrevolución la derrota de la República.

El eje central del II Congreso de la Internacional Comunista (1920) será la aprobación de los Estatutos y los 21 puntos a cumplir por los Partidos y Organizaciones que solicitasen su ingreso en ella: acatar los acuerdos de la Internacional, romper con el oportunismo, depurar a los elementos reformistas o centristas, crear un aparato clandestino del Partido y subordinar a él (al Comité Central) la actividad legal -la prensa, la actuación en el parlamento, etc.-, realizar propaganda en el ejército y el campo, luchar por la liberación de las colonias y contra el militarismo imperialista, etc.

En el plano internacional, el régimen burgués estaba pasando en todo el mundo por una grave crisis revolucionaria. El movimiento obrero había alcanzado cotas hasta entonces desconocidas y, además, sus mejores representantes habían comprendido los principios fundamentales de la Internacional Comunista: la dictadura del proletariado y el Poder Soviético, y estaban de su lado.

Pero el movimiento comunista internacional, que crecía con inusitada rapidez, puso de manifiesto algunos errores o debilidades, entre los que destacaban la tendencia izquierdista que se estaba dando en muchos Partidos Comunistas como reacción a la política colaboracionista de los partidos socialdemócratas, y la transigencia con muchos viejos líderes reformistas, que habían mostrado su adhesión a los principios de la Internacional Comunista, pero que en realidad seguían desempeñando su papel de traidores.

Todo esto hacía que, a pesar de que las condiciones objetivas para la revolución estuvieran dadas y la situación económica y política seguía saturada de material inflamable, el proletariado no estuviera preparado aún para el ejercicio de la dictadura del proletariado. Por ello, la tarea principal de los Partidos Comunistas consistía en cohesionar las fuerzas dispersas, y formar en cada país un Partido Comunista único, a fin de acelerar la preparación de la conquista del poder del Estado.

Por otra parte, el Tratado de Versalles había legalizado el reparto del mundo entre las potencias vencedoras en la guerra imperialista, cercaba a la Rusia Soviética y alentaba el militarismo alemán y a las Repúblicas Balcánicas contra ella. Esto había traído consigo un fuerte movimiento de liberación en las colonias. La piedra angular de la Internacional Comunista en este sentido consistía en acercar a los proletarios de los países capitalistas desarrollados y a las masas trabajadoras de las naciones oprimidas para la lucha revolucionaria conjunta; además, en la Internacional se aprobó prestar todo tipo de ayuda a los movimientos revolucionarios de liberación nacional y se proclamó el derecho de autodeterminación de las naciones y de independencia de las colonias.

Tras el II Congreso se forman Partidos Comunistas en la mayoría de los países de Europa, Asia y América Latina. En estos momentos se produce un cambio en la situación internacional; por un lado, habían sido sofocados los intentos revolucionarios de tomar el poder (Alemania, Hungría, Finlandia, etc.), quedando en pie sólo la Rusia Soviética; por otro lado, los partidos comunistas recién creados eran aún muy débiles y no habían avanzado suficientemente en la consolidación de la alianza obrero-campesina.

Este cambio en la situación se constató en el III Congreso de la I. C. (1921), donde se vio que era necesario seguir una nueva táctica; se imponía realizar un repliegue para abordar tareas inaplazables y preparar después la ofensiva; Había que retroceder para saltar mejor (Lenin). Se aprobó la iniciativa, llevada a cabo en enero por los comunistas alemanes, de dirigirse a los demás partidos obreros y sindicatos con un llamamiento a acciones conjuntas por las reivindicaciones económicas y políticas inmediatas. Ello facilitaba el desenmascaramiento de las direcciones traidoras socialdemócratas y atraía hacia las filas revolucionarias a los obreros aún engañados por ellas. Se lanzó la consigna ¡A las masas!, con el objetivo de conseguir la influencia preponderante sobre la mayoría de la clase obrera y dedicar su parte más activa a la lucha revolucionaria.

En 1922 el fascismo sube al poder en Italia. En noviembre se reúne el IV Congreso de la I.C., que hizo un acertado análisis del régimen fascista y llamó a organizar contra él una fuerte lucha de masas, lo cual suponía avanzar en la unidad obrera. Se llamó a crear puntos de apoyo organizativos del frente único: comités de empresa, comités de acción, etc. Sin renunciar a negociar en algunos momentos con los dirigentes socialdemócratas, se remarcó que sólo se podía llegar a una verdadera realización del frente único partiendo desde abajo.

El V Congreso se celebró en 1924. El año anterior, la oleada revolucionaria comenzó a remitir tras la derrota de la insurrección alemana. El Congreso criticó a la dirección del partido alemán, que con sus vacilaciones y oportunismos de derecha había sido el principal responsable de la derrota. Se combatió la interpretación oportunista del frente único como una coalición con la socialdemocracia. Aunque el capitalismo iniciaba una etapa de relativa «estabilización», la Internacional hizo una llamada a la bolchevización de los partidos comunistas para prepararse ante las batallas de clase que se prevenían no muy lejanas.

En el VI Congreso ya se advirtió sobre una nueva ofensiva del capitalismo, señalando que durante el período de estabilización se habían agravado todas las contradicciones del régimen burgués. Se avecinaba una nueva crisis económica. A Bulgaria e Italia fascistas se unen Yugoslavia y Albania, y el mismo peligro se cierne sobre otros países.

En 1929 estalla una crisis económica sin precedentes, que alcanzó a todos los países capitalistas, especialmente a los EE.UU. Creció el paro y la miseria, mientras se destruían ingentes cantidades de artículos y se cerraban las fábricas. Los antagonismos de clase volvían a adquirir gran virulencia; los socialdemócratas se vieron desbordados por el auge del movimiento de masas.

En 1933, el fascismo sube al poder en Alemania. Hitler desencadena una sangrienta represión contra los trabajadores y los partidos obreros, al tiempo que prepara a Alemania para una nueva guerra por el reparto del mundo. Los demás países capitalistas apoyarán estos planes agresivos, orientándolos contra la URSS. En 1934, son derrotadas las insurrecciones en Austria y España (Asturias), pero en Francia e Italia los comunistas obtienen importantes avances en la aplicación de la táctica de frente único, al tiempo que encabezan poderosas movilizaciones antifascistas.

El VII y último Congreso de la Internacional Comunista se reúne en 1935. En el Informe, presentado por el dirigente comunista búlgaro Jorge Dimitrov, se alertaba sobre la ofensiva general del fascismo, que había subido al poder en gran cantidad de países y amenazaba a otros.

En las tesis fundamentales de su Informe, el dirigente búlgaro destaca que la gran burguesía necesita al fascismo para poder descargar la crisis económica sobre los trabajadores, buscar un nuevo reparto del mundo por medio de la guerra y atacar a la URSS. En el fondo, el fascismo revela la extrema debilidad de la burguesía, pero al mismo tiempo, pone de manifiesto la desorganización e impotencia del proletariado en los países en los que logra imponerse. Dimitrov definió al fascismo como la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero.

La socialdemocracia se oponía a la constitución de frentes populares porque eso supondría una provocación al fascismo. El Secretario General de la Internacional les acusó de ocultar la verdadera naturaleza del fascismo y de escindir y desarmar al proletariado ante la ofensiva ultrarreaccionaria del gran capital. También señaló que el fascismo, allí donde consigue imponerse, no resuelve ningún problema, sino que agudiza al máximo todas las contradicciones. Al fascismo se le puede frenar combatiéndole resueltamente por medio de un amplio frente antifascista formado por los obreros, los campesinos y la pequeña burguesía, sobre la base de un frente único del proletariado y un Partido Comunista fuerte. Por último, Dimitrov destacó como aliado del proletariado al amplio movimiento antiimperialista que, desde la Revolución de Octubre, se venía desarrollando en la India, China, Afganistán Irán...

Los acontecimientos vinieron a confirmar la justeza de las resoluciones del VII Congreso. En Francia y España, los Frentes Populares alcanzaron resonantes victorias; en China se formó un Frente Antijaponés entre el PCCh y el Kuomintang, en Chile y otros países de Sudamérica se constituyeron Frentes Populares.

Sin embargo, la política de apaciguamiento de los países capitalistas y las vacilaciones de los socialdemócratas favorecieron los planes agresivos del fascismo. Italia ataca Abisinia en 1935; en 1936, estalla la sublevación militar fascista en España con la descarada intervención de Alemania e Italia; en 1937, Japón invade China. Se dio forma al Eje Berlín-Roma-Tokio. En 1938, los alemanes ocupan Austria y Checoslovaquia y el mismo año se firma el vergonzoso Pacto de Munich, que venía a ser una capitulación en toda regla de los países capitalistas ante los agresores nazis.

A pesar de los esfuerzos de la Internacional Comunista y de la URSS, la guerra se desencadenó. En 1939, Alemania invade Polonia y en un año ocupa toda Europa Occidental excepto la Península Ibérica. En 1941, se produce la agresión hitleriana contra la URSS. La guerra hizo mucho más compleja la labor de los partidos comunistas. Estos se habían desarrollado y fortalecido ideológicamente y ya eran capaces de llevar adelante con independencia sus propias tareas. Por último, las previsiones de la Internacional Comunista se habían cumplido de sobra: no sólo se habían formado Frentes Populares en numerosos países, sino que todo un Frente Antifascista Mundial, con la URSS a la cabeza, estaba combatiendo con las armas en la mano al fascismo.

En 1943 se celebraron las Conferencias de Moscú y Teherán, con la participación de la URSS, los EE.UU. e Inglaterra, en las que se selló la alianza para la derrota de los agresores nazifascistas y se acordó la creación, tras la guerra, de una Organización Mundial para preservar la paz (más tarde sería la ONU). Teniendo en cuenta las nuevas circunstancias y el hecho de que la presencia de la Internacional Comunista despertaba los recelos de los países capitalistas aliados, en mayo de 1943 el Presídium de la Internacional decidió disolverla.

La III Internacional había cumplido su misión histórica: restauró y fortaleció los vínculos entre los trabajadores de los distintos países, elaboró las cuestiones teóricas del movimiento obrero en las nuevas condiciones creadas por el imperialismo y la I Guerra Mundial, incorporando las tesis leninistas y defendiendo la doctrina marxista frente a las deformaciones del oportunismo. De este modo transformó los partidos obreros en Partidos Comunistas de masas, capaces de llevar adelante la lucha contra el fascismo y por la revolución socialista en cada país.

CANCION LA INTERNACIONAL

Arriba, parias de la Tierra.
En pie, famélica legión.
Atruena la razón en marcha,
es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos,
legión esclava en pie a vencer,
el mundo va a cambiar de base,
los nada de hoy todo han de ser.
Agrupémonos todos,
en la lucha final.

El género humano
es la internacional.
Ni en dioses, reyes ni tribunos,
está el supremo salvador.
Nosotros mismos realicemos
el esfuerzo redentor.

Para hacer que el tirano caiga
y el mundo siervo liberar,
soplemos la potente fragua
que el hombre libre ha de forjar.

Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la internacional.

La ley nos burla y el Estado
oprime y sangra al productor.
Nos da derechos irrisorios,
no hay deberes del señor.

Basta ya de tutela odiosa,
que la igualdad ley ha de ser,
no más deberes sin derechos,
ningún derecho sin deber.

Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la internacional.

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA VOZ DE AZAÑA


Nos encontramos ante un discurso pronunciado por el presidente de la República en pleno trance de la guerra Civil (1936-1939). Por lo tanto tiene una naturaleza pública y un carácter subjetivo. El mensaje fundamental consistió en llamar la atención sobre el futuro y la reflexión que habría de suscitar el drama bélico. Entiende el nuevo contexto postbélico como un crisol en el que habrán de imponerse las palabras “Paz, Piedad y Perdón”.

Su elitismo le hizo distanciarse de las grandes convulsiones y de las posiciones violentas. No de otra forma puede entenderse esa neutralidad y esa moderación verbal en medio de una guerra civil que estaba próximo a perder el bando republicano que él mismo representaba.

Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, 1940) estuvo encuadrado en la “izquierda burguesa”. De familia acomodada, estuvo becado en la Facultad de Derecho de París.

Por oposición ingresó en la Dirección General de Registros y Notariados. Alcanzó un mayor protagonismo en la formación de grupos republicanos bajo la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). La caída de la
dictadura precipitó su salto hacia la alta política. Al llegar la República, el 14 de abril de 1931, se convirtió en Ministro de Defensa y, poco más tarde, en Presidente del Gobierno. En ese primer bienio republicano – socialista (1931-1933), Azaña quiso emprender ambiciosas reformas. El cambio de régimen, sin embargo, pronto comenzó a descontentar a todos. Además de la reforma agraria o la concesión de autonomía a ciertas regiones (Cataluña), Azaña centró su reformismo en dos líneas de trabajo: la Iglesia y el Ejército.

El desgaste del gobierno republicano – socialista produjo la victoria de las derechas en noviembre de 1933. Tras el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, se convirtió en presidente de la República, en sustitución de Alcalá Zamora.

Fue en ese destacado puesto desde el que vivió el estallido de la Guerra Civil. A las alturas de 1938, Azaña se había trasladado con el gobierno, primero a Valencia y luego a Barcelona. Comenzó a pensar en la posibilidad de terminar con el cruel conflicto civil. De este empeño suyo es un buen exponente el texto que
estamos comentando, contrario a proseguir la guerra a cualquier coste, en contraste con lo que pensaba el entonces Presidente del Gobierno (el doctor Negrín). Solo, Azaña presentó su dimisión el 27 de febrero de 1939 desde la embajada de París. En noviembre de 1940 falleció en Francia acompañado por su esposa. Atrás dejaba no sólo una biografía política, sino también varias obras literarias.

Este discurso se denominó de las tres “P” (Paz, Piedad y Perdón). Su intención básica era pedir el retorno a la concordia nacional bajo un contexto en el que la guerra parecía razonablemente perdida ya para la república. Pero no era del mismo parecer Negrín, el máximo responsable gubernamental, quien buscó la
prolongación de la guerra hasta mezclarla con el conflicto global que se avecinaba (Segunda Guerra Mundial).

En esa divergencia de pareceres Azaña perdió la partida, siendo neutralizado políticamente. Azaña, en primer lugar, rechaza todo lo que signifique guerra y violencia (línea 2). Sin embargo, da la impresión de que no logra alcanzar las causas profundas del estallido bélico (líneas 14-15). Para él, si acaso algo puede sacarse de la guerra, es el fruto de la reflexión para lasgeneraciones futuras y, con ello, evitar un nuevo enfrentamiento.

El uso de cierto tipo de términos cultos, pronunciados en el Ayuntamiento de Barcelona, refleja a quiénes iban dirigidas sus palabras: al gobierno, a las autoridades, a Negrín... El elitismo intelectual de Manuel Azaña, en todo caso, siempre estuvo muy lejos de las grandes masas. De hecho, ni él ni su partido llegaron a alcanzar altas sumas de sufragios en las elecciones generales celebradas entre 1931 y 1936.

La Guerra Civil española puede subdividirse en varias etapas. La primera discurre a lo largo de la segunda mitad de 1936. Se produjo la ruptura del orden vigente y una dislocación social y política de la convivencia. Se configuraron ambas zonas:

Franco accedió a la Jefatura del Estado y a la dirección suprema de los nacionales (1 de Octubre), mientras el socialista Largo Caballero forja el primer gobierno republicano sólido desde el 18 de julio (4 de septiembre). El segundo periodo de la guerra abarca 1937-38. La guerra se ralentizó después de las rápidas conquistas nacionalistas de 1936. Fechas de intervención extranjera, de semiparalización de frentes y de consolidación de las estructuras de guerra, especialmente en la zona nacional. No sería hasta 1938 cuando Franco se decidió a avanzar sobre Aragón y Cataluña, ya comprobado el peligro de las contraofensivas republicanas (Teruel).

Para las alturas de 1938 era comprensible que Azaña pronunciara su célebre discurso. De hecho, el presidente de la Generalitat (Companys), en conexión con Azaña, venía intentando un armisticio con Franco. La estrategia del presidente de la república era clara: ya no se trataba de ganar una guerra, pues estaba perdida; era el momento de mirar hacia el porvenir solicitando de los vencedores “Paz, Piedad y Perdón”. La guerra, en efecto, terminaría pronto, el 1 de abril de 1939.

Negrín, por todos los medios, intentó prolongarla hasta introducirla en el conflicto bélico europeo; Franco, por su parte, también la dilató pero justo hasta el momento en que considerase su poder indiscutible para todos y, por supuesto, antes de que estallase la 2ª Guerra Mundial (septiembre de 1939). Los factores
políticos se superpusieron a los meramente humanitarios de acabar con la guerra: Azaña iba quedándose solo.

Los contenidos reconciliadores del pensamiento de Azaña tuvieron efecto y trascendencia posteriores, pero sólo fueron reconocidos después de muchos lustros. Acabada la guerra, la represión se cebó con los vencidos, sobre todo durante los años cuarenta (Tribunal par la Represión de la Masonería y el
Comunismo). Para los años sesenta constituía un mayor problema para el régimen la oposición interior que los exiliados en el extranjero. Seguía existiendo el exilio, pero la persecución y el encarcelamiento de los años cuarenta eran ya un recuerdo en los primeros años setenta.

Fallecido el dictador, la sucesión en la persona de Juan Carlos I marcó el comienzo de la definitiva reconciliación entre los españoles y, por fin, se convirtieron en realidad las consideraciones que Azaña hiciera en julio de 1938. La tolerancia, la libertad y el libre contraste de pareceres dentro de una atmósfera política pacífica recobraron carta de naturaleza en las futuras generaciones. Durante la transición pudieron comprenderse perfectamente los valores encerrados en las palabras de Azaña.

Ni paz, ni piedad, ni perdón. Manuel Azaña, presidente de la República, ni siquiera ha gozado de los beneficios de la transición. Franco le privó de la nacionalidad, como a otros ilustres españoles, y el actual presidente de las Cortes ha relegado su busto a un lugar casi infamante. Manuel Marín colocó el busto en lugar cercano al hemiciclo el busto de don Manuel (Josefina Carabias publicó un libro titulado "Los que le llamábamos don Manuel"), en zona noble del palacio de las Cortes. No se hizo de ello un acto con boato. No tuvo más sentido político que recuperar a un español que, además de gran escritor y político, se distinguió en el Palacio de las Cortes por su elocuencia y la grandeza de sus pensamientos.

Azaña fue vilipendiado durante muchos años. De él parece que no había otro recuerdo de sus discursos que el de "España ha dejado de ser católica". No me consta que en el Parador de Benicarló, lugar en que don Manuel celebró importantes reuniones durante la guerra civil, pues se desplazaba desde Barcelona, tenga una placa que haga constar uno de sus mejores obras: "La velada en Benicarló". El otro recinto valenciano que se recordó durante años fue el mitin que tanta repercusión tuvo en el campo de Mestalla.

Si uno desea visitar su tumba en Montauban no tiene problemas para encontrar el cementerio en el que está enterrado. A la primera pregunta, el ciudadano local se da perfecta cuenta de que uno es español y antes de aguardar explicación pregunta: "Mesié le president?". En la ciudad francesa, donde vivió sus últimos días amparado por la embajada de México, cuya bandera llevó en el féretro camino del cementerio, porque fue la única manera de protegerlo, hay constancia de que allí hay enterrado un gran español. Don Manuel es en Montauban "mesié le president".
El sepulturero del cementerio se presta rápidamente a acompañar al visitante al panteón del presidente republicano. Está acostumbrado a hacerlo porque siempre tiene visitas. El día en que estuve allí había flores frescas y además de las que representaban los tres colores republicanos había una senyera de republicanos catalanes. Don Manuel está presente en la ciudad que fue su último refugio.

Ocurre lo mismo en Colliure, aunque aquí no hace falta preguntar por la tumba de don Antonio Machado. El cementerio casi está al paso y a pocos metros de la entrada está su panteón. También con flores. Son dos ilustres españoles que han vivido el exilio permanente. Del ciprés plantado junto a su tumba es frecuente que los españoles corten una ramita y la lleven en el salpicadero de su automóvil.

Don Manuel Azaña tenía su busto en lugar distinguido cerca de los escaños desde los que pronunció sus mejores discursos. El actual presidente de las Cortes, Jesús Posada, alumno que fue del colegio de los Jesuitas de Valencia e hijo del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Jesús Posada Cacho, tomó la decisión de trasladar a don Manuel a un edificio administrativo y cerca de unos mingitorios. Ni siquiera la reconciliación de la transición parece que se le ha aplicado. Y tampoco los partidos de izquierda han protestado firmemente.

"Dentro de cien años habrá mucha gente que no sepa quiénes éramos Franco ni yo", le dijo a Julio Álvarez del Vayo. Estaba equivocado porque su memoria no se conserva de la misma manera que la de quien le derrotó en la Guerra Civil. En 1938, pronunció uno de sus discursos en que pintó el drama de la lucha y afirmó al referirse a las víctimas que "abrigados en la tierra materna ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos su hijos: paz, piedad y perdón". Ni eso.

FRASES

“No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla.”

“La libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres.”

“Quiero republicanos para la República”

“Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito”
[18 de julio de 1936, nada más conocer la sublevación militar.]

“No quiero ser presidente de una República de asesinos.”
[Recogido por Claudio Sánchez Albornoz (Entrevista con Sánchez Albornoz, 1976)]

“Si los españoles hablásemos sólo de lo que sabemos, se generaría un inmenso silencio, que podríamos aprovechar para el estudio.”

“En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro.”

“Vendría a ser, sin duda, el pueblo catalán un personaje peregrinando por las rutas de la historia en busca de un Canaán que él solo se ha prometido a sí mismo y que nunca ha de encontrar.”
[Discurso en las Cortes el 27 de mayo de 1932.]

“Con la realidad española, que es materia de legislación, ocurre algo semejante a lo que pasa con el lenguaje; el idioma es antes que la gramática y la filología y los españoles nunca nos hemos quedado mudos a lo largo de nuestra historia, esperando a que vengan a decirnos cuál sea el modo correcto de hablar o cuál es nuestro genio idiomático.”
[Discurso en la Cortes el 13 de octubre de 1931.]

“Calificando la política republicana de izquierdas: política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta; en sus diarios, una y otra vez, trata a los políticos que le rodean de obtusos, loquinarios, botarates, gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta, insufrible por su inepcia, injusticia, mezquindad o tontería.”

“Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar.”

“La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban.”
[Recogido por Claudio Sánchez Albornoz (Entrevista con Sánchez Albornoz, 1976)]