Mostrando entradas con la etiqueta caudillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caudillo. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de noviembre de 2014

VARELITA


Laureado general africanista, participa en la sublevación militar defendiendo sus convicciones monárquicas y luchando contra la ideología falangista, lo que acabaría por relegarle de nuevo a Marruecos.

Herido una decena de veces y con más de 40 medallas en su guerrera, José Enrique Varela Iglesias es uno de los generales más importantes con los que pudo contar Franco para ganar la Guerra Civil y para ganar la paz en los primeros años del franquismo. De extracción humilde, sus compañeros de la academia le llamaban despectivamente patatero, pero pronto destaca como un excelente y valeroso militar.

Carlista moderado, llega a ser ministro del Ejército en el primer Gobierno tras acabar la Guerra, puesto desde el que frena los planes de los falangistas más recalcitrantes de implicar a España en la Segunda Guerra Mundial del lado de los alemanes. Llega a ser, tras el Caudillo, el general más poderoso y colabora, a mediados de los años 40, en varios intentos de sustituir el régimen de Franco por la monarquía. Pero su sentido del deber y la obediencia le llevan a acatar las órdenes de su superior sin rechistar, acabando su vida militar allí donde la comenzó, en Marruecos.

Nacido en San Fernando, Cádiz, un 17 de abril de 1891, hijo de un sargento de Infantería de Marina, al poco de cumplir 18 años, entra como corneta en el Primer Regimiento de Infantería de Marina, el mismo cuerpo donde sirvió su padre. Allí hace carrera y méritos suficientes para poder ingresar en la Academia de Infantería de Toledo dentro del cupo reservado a los suboficiales. Tiene entonces 21 años, tres más que la mayoría de sus compañeros. En el verano de 1915 se licencia como segundo teniente, antigua denominación del rango de alférez, y es destinado a Marruecos, tierra donde hará su carrera y sus hazañas. Destinado en el Grupo de Regulares de Larache destaca en distintas operaciones militares que le permiten ir ascendiendo en el escalafón militar, recibiendo medalla tras medalla a costa de varias heridas y la muerte de muchos de sus hombres y aún más enemigos.

En 1921, todavía como teniente, gana su primera Cruz Laureada de San Fernando, la distinción más alta del Ejército español en tiempos de guerra. Seis meses después y tras una nueva acción contra los rebeldes marroquíes, obtiene la Laureada por segunda vez.

Era la primera ocasión en la Historia militar española que un hecho así ocurría. El propio rey Alfonso XIII se la impone personalmente en Sevilla el 10 de octubre de 1922. Con las condecoraciones viene el cargo de capitán.

Años más tarde, en 1925, participaría en el desembarco de Alhucemas, bajo las órdenes del general Sanjurjo y en la victoria final sobre los rifeños. Sale de la guerra como teniente coronel y apro­vecha su nueva situación para realizar cursos de aeronáutica y formar parte de un grupo de bombardeo con base en Melilla. Ascendido a coronel en 1929, se ve obligado a dejar la jefatura de sus regulares al haber alcanzado el mando superior. Inicia entonces un viaje por varios países europeos visitando diversas academias militares para am­pliar sus conocimientos sobre la Infantería moderna.

Al regresar a España en 1930, toma el mando del Regimiento de Infantería n°67 en la base naval de Cádiz donde permanece al llegar la República, Con motivo del golpe del general Sanjurjo en agosto de 1932, pierde el puesto y es encarcelado. Varela había participado en los preparativos de la asonada pen­sando en la instauración monárquica carlista de la mano del pretendiente a la corona española Alfonso Carlos de Borbón, Varela es recluido en el castillo de Santa Catalina, en San Fernando, y en febrero de 1933 es trasladado a la prisión de Guadalajara, saliendo de ella poco después.

Aunque hasta 1935 no disfruta de una libertad total de movi­mientos, el coronel gaditano redacta la ordenanza del Requeté, la milicia carlis­ta, y recorre España con el seudónimo de Tío Pepe o Don Pepe para instruir militarmente a los carlistas. Varela tam­bién ingresa en la UME, la organización derechista de los militares. El Gobierno conservador de Alejandro Lerroux le rehabilita y le asciende a general de bri­gada en 1935. En las elecciones de febrero de 1936 sale elegido diputado por Granada por una candidatura de derechas pero pierde el escaño en una maniobra ilegal de las autoridades. Pero no por ello Varela deja de conspirar.

A comienzos de marzo, un militante de la CEDA, José Delgado, acoge en su casa de Madrid una reunión en la que participan varios generales como Fanjul, Goded y el propio Varela. En la misma, deciden levantarse en armas contra el nuevo Gobierno el 20 de abril, pero la intentona no cuenta con el apoyo de Franco, que les avisa de que aún no es el momento. El plan, conocido por la policía, no se concreta pero el general Varela es deportado a Cádiz y vuelto a recluir en el castillo de Santa Catalina. Sin embargo, permanece poco tiempo encerrado.

Iniciado el golpe en África el 17 de julio, el general Queipo de Llano manda desde Sevilla al general López Pinto, gobernador militar de Cádiz, liberar a José Enrique Varela, que se hace con el mando de la rebelión en una zona clave, asegurando el control del Estrecho y la llegada de las tropas africanas de Franco.

Durante las primeras semanas de la Guerra, el general gaditano dedica sus esfuerzos a controlar la zona occidental de Andalucía, haciendo incursiones en Málaga, Córdoba y Granada. En sep­tiembre releva al coronel Yagüe del mando de las columnas que avanzan hacia Madrid. Yagüe había criticado la estrategia militar de Franco, que desvió el avance sobre la capital para liberar el Alcázar de Toledo. El general Varela es quien oye del coronel Moscardó el conocido: "Sin novedad en el Alcázar".

José Enrique Varela es el autor del plan de ataque sobre Madrid en noviembre de 1936. Fraca­sada esta primera ofensiva, cae herido el 24 de diciembre durante el intento de control de la carretera de La Coruña, siendo sustituido por el general Orgaz. En febrero de 1937, Varela, ya recuperado, tiene el mando de tres bri­gadas que participan en la Batalla del Jarama. Al no conseguir los objetivos militares exigidos por Franco, es desti­tuido del mando el 12 de marzo. Sin embargo, es ascendido a general de división dos meses después. Tras la caída del Frente del Norte, Franco reor­ganiza sus fuerzas creando el Cuerpo de Ejército de Castilla que encomienda a Varela. En julio, el general se apunta un gran triunfo al frenar la ofensiva republicana en Brunete.

Meses después trasladaría sus hombres al escenario de Aragón, participando en las sucesi­vas batallas de Teruel, el Ebro y la ofensiva final sobre Cataluña. Al acabar la Guerra, y como bilaureado, es el responsable de imponer la misma medalla al general Francisco Franco durante el Desfile de la Victoria en la jor­nada del 19 de mayo de 1939 en Madrid. El Caudillo le nombra ministro del Ejército el 9 de agosto de 1939. En su nuevo cargo, se centra más en labo­res de reforma militar que en hacer política. Reinstaura las capitanías generales y decreta una serie de medidas de depu­ración que llevan a muchos combatien­tes republicanos a la cárcel. Varela apro­vecha el relativo remanso que le da el Ministerio tras años de guerrear para casarse el 31 de octu­bre de 1941 en Durango, Vizcaya, con la carlista Casilda de Ampuero y Gandarias, que fue dele­gada nacional de Frentes y Hos­pitales durante la Guerra Civil. Tres meses antes había sido ascendido a tenien­te general, lo máximo en el escalafón militar. Sobre él, sólo está el Generalísimo. José Enrique Varela cuenta en­tonces con 50 años.

Además de volcarse en la reestructu­ración del Ejército español, Varela sólo tiene otra preocupación: los falangis­tas, en especial Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro con muchos poderes, demasiados para Varela. El conde­corado militar recela de la influencia que Falange y Serrano tienen en el Go­bierno. Como carlista tradicionalista, abomina de la ideología del Nuevo Es­tado que defienden los falangistas. Como monárquico, apuesta por la vuel­ta más pronto que tarde de la monar­quía rechazada por los camisas azules. Y como aliadófilo, hace lo imposible por evitar la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial del lado de las potencias del Eje.

Uno de los ejemplos es la organización de la División Azul que se forma para enviar al Frente soviético para luchar contra los comunistas. Los falangistas quieren que sean voluntarios salidos de sus filas y, más importante, que sea mandada por uno de los suyos. Varela consigue que la expedición sea controlada por los milita­res. Pero el desprecio es mutuo. Muchas de las maniobras de Serrano Suñer van encaminadas a cortocicuitar el hilo direc­to que hay entre Franco y uno de sus más fieles generales.

La guerra interna tiene un desenlace inesperado en agosto de 1942. El 16 de ese mes tiene lugar una concentración carlista en la basílica de la Virgen de Begoña, en Vizcaya, presidida por el teniente general y ministro José Enrique Varela. A la salida del acto, y en medio de una gran confusión, un grupo de falangistas arroja varias bombas de mano causando algunos heridos. Varela considera el acto como un atentado contra su persona y contra el propio Ejército y pide al Caudillo que tome medidas contra los falangistas. Pero Franco, que no suspende sus vacaciones en Ferrol, actúa con su parsimonia habitual y, también como siempre, pone en marcha un delicado juego de compensaciones, El 3 de septiembre, Serrano Suñer es destituido como ministro, pero con él cae también el propio Varela, que es relevado por el general Carlos Asensio Cabanlllas. Aunque éste se niega a aceptar el cargo, como otros militares en solidaridad con Varela, finalmente lo asume cuando Franco le recuerda que no es un ofrecimiento sino una orden de su superior.

Cuando en 1943 las cosas empiezan a irle mal a los ejércitos de Hitler e Italia es invadida por los aliados, muchos piensan llegada la hora de reconducir el rumbo. Hay que limpiar el régimen de Franco de todo lo que le identifique con el fascismo e ir pensando en reinstaurar la monarquía, Varela es uno de los que así piensan.

El 8 de septiembre, la mayoría de los generales que combatieron con Franco en la Guerra Civil firman una carta que, entre otras cosas, dice: "Hace siete años y en el aeródromo de Salamanca os investimos de los poderes máximos en el Ejército y en el Estado (...). Quisiéramos que el acierto que entonces nos acompañó, no nos abandonara hoy al preguntar con lealtad, respeto y afecto a nuestro Generalísimo si no estima, como nosotros, llegado el momento de dotar a España de un régimen estatal, que él como nosotros añora (...). Parece llegada la ocasión de no demorar más el retorno a aquellos modos de gobierno genuinamente españoles que hicieron la grandeza de nuestra patria y de los que se desvió para imitar modos extranjeros".

El destinatario de una misiva tan explosiva es Francisco Franco y el propio Varela la persona encargada de entregársela. Sin embargo, Franco volverá a actuar sin prisas ante el envite más serio que ha tenido que lidiar hasta ahora. Cita uno a uno a los signatarios del documento, les llama a capítulo y desactiva la intentona. Varela, que en su momento llegó a tener a sus órdenes 25 divisiones y 450.000 hombres, opta por la prudencia y se aleja de la política sin alzar la voz.

El 5 de marzo de 1945, Franco le designa como nuevo Alto Comisario de España en Marruecos sustituyendo al general Orgaz. Varela, en una especie de retiro dorado, vuelve así a la tierra que le vio nacer como militar. Al año siguiente, aún quedan monárquicos que creen que su papel puede ser decisivo para el regreso de la monarquía. Al trasladarse el heredero a la corona Juan de Borbón a la cercana localidad portuguesa de Estoril, en el momento álgido del aislamiento del régimen, varios militares monárquicos animan a Varela a pronunciarse. Pero el siempre prudente José Varela escribe a un camarada: "El régimen actual vive más que de sus aciertos, de los errores y de la desunión de los monárquicos".

El 24 de marzo de 1951, a pocos días de cumplir los 60 años, la leucemia acaba con su vida en Tánger. Desde allí es trasladado a Cádiz, siendo enterrado tres días después en su localidad natal, San Fernando. Franco le ascenderá a título postumo a capitán general, nombrándole también marqués de Varela de San Fernando.

viernes, 7 de noviembre de 2014

LA VOZ DEL DICTADOR


(Francisco Franco Bahamonde) Jefe del Estado español durante la dictadura de 1939-75 (El Ferrol, 1892 - Madrid, 1975). Nacido en una familia de clase media de tradición marinera, Francisco Franco eligió la carrera militar, terminando en 1910 sus estudios en la Academia de Infantería de Toledo.

Ascendió rápidamente por méritos de guerra, aprovechando la situación bélica de Marruecos, en donde permaneció destinado entre 1912 y 1926, con breves interrupciones: en 1923 era ya jefe de la Legión, y en 1926 se convirtió en el general más joven de Europa.

La brillante carrera de Francisco Franco continuó bajo distintos regímenes políticos: con la dictadura de Primo de Rivera llegó a dirigir la Academia General Militar de Zaragoza (1928); con la Segunda República participó en la represión de la Revolución de Asturias (1934), fue comandante en jefe del ejército español en Marruecos (1935) y jefe del Estado Mayor Central (1936). El gobierno del Frente Popular le alejó a la Comandancia de Canarias, puesto que ocupaba al estallar la guerra civil.

De ideas conservadoras, Franco valoraba sobre todo el orden y la autoridad. Desconfiaba del régimen parlamentario, del liberalismo y de la democracia, a los que creía causantes de la «decadencia» de España en el siglo xx; su postura era representativa del grupo de militares «africanistas» que veían en el ejército la quintaesencia del patriotismo y la garantía de la unidad nacional.

Por tales razones Franco se sumó, aunque a última hora, a la conspiración preparada por varios militares para sublevarse contra la República en julio de 1936 (el día 17 en la Península y el 18 en África, donde estaba Franco, razón por la que el régimen identificó más tarde esta última fecha -el Alzamiento- como su momento fundacional).

Fracasado el golpe de Estado, se abrió una guerra civil que duraría tres años y que llevaría a Franco al poder. Tras pasar el estrecho de Gibraltar al frente del ejército de África, Franco avanzó por la Península hacia el norte. El 1 de octubre de 1936, sus compañeros de armas, reunidos en una Junta de Defensa Nacional en Burgos, le eligieron jefe político y militar del bando sublevado.

Franco dirigió la guerra con criterios conservadores, muy alejados de la guerra rápida que propugnaban las doctrinas estratégicas modernas. La unidad impuesta en su bando contrastaba con los enfrentamientos que desangraban al bando leal a la República; la disciplina y la profesionalidad de sus fuerzas, con la politización y el voluntarismo de sus enemigos; si a esto se une la ayuda militar que le prestaron la Alemania nazi y la Italia fascista, puede explicarse la victoria que Franco consiguió en 1939 (1 de abril).

Terminada la guerra civil, Franco impuso en toda España un régimen de nuevo cuño, inicialmente alineado con los fascismos de Hitler y Mussolini, que eran sus aliados e inspiradores. A pesar de ello, no comprometió del todo a España en la Segunda Guerra Mundial (1939-45), pues, dada la debilidad en que se encontraba el país, no consiguió de Hitler las desmesuradas compensaciones que pretendía por su apoyo (entrevista de Hendaya); tan sólo envió tropas voluntarias a combatir junto a los alemanes contra la Unión Soviética (la División Azul). Terminada la guerra con la derrota de las fuerzas del Eje, aliadas de Franco, su régimen sufrió un cierto aislamiento diplomático, pero consiguió mantenerse, rentabilizando su anticomunismo radical en el contexto de la «guerra fría».

En lo político, Franco instauró desde el principio una dictadura personal de carácter autoritario, sin una ideología definida más allá de su carácter confesional (católico integrista), unitario y centralista (contra toda autonomía regional o reconocimiento de peculiaridades culturales), reaccionario y conservador (los partidos y los sindicatos de clase fueron prohibidos). Copió de sus modelos fascistas la idea de una jefatura carismática unipersonal (con el apelativo de Caudillo), de un partido único (el Movimiento Nacional) y de un vago corporativismo (sindicato vertical). La represión de la oposición fue feroz (con unos 60.000 ejecutados sólo entre 1939 y 1945, continuando las ejecuciones políticas hasta 1975).

En lo económico, optó por una política de autarquía que hundió a España en el estancamiento y el atraso, en contraste con la recuperación que vivía el resto de Europa; sin embargo, la necesidad de homologarse con los países occidentales y de reforzar la alianza con Estados Unidos le llevó a una progresiva liberalización económica a partir del Plan de Estabilización de 1959.

Los años sesenta -con los «planes de desarrollo» y la influencia política del Opus Dei- fueron de rápido crecimiento económico, industrialización, apertura y urbanización: las mejoras materiales facilitaron el mantenimiento de Franco en el poder, a pesar del creciente anacronismo de su régimen; pero también produjeron cambios sociales que hicieron inviable su continuidad una vez muerto el general.

Desde 1969 Francisco Franco había institucionalizado como sucesor al príncipe Juan Carlos, nieto del último rey de España (Alfonso XIII); tal previsión sucesoria se cumplió tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, pero no fue acompañada de una continuidad política, ya que, sin romper con la legalidad vigente, el nuevo rey promovió una transición pacífica a la democracia.

El franquismo puede definirse como un régimen autoritario –pero ni remotamente totalitario-- pragmático y ecléctico, flexible, con un liberalismo difuso bien expuesto por Solzhenitsin cuando visitó España, o por el ex stalinista Kolakowski debatiendo con laboristas ingleses sectarios e ignorantes.

Ecléctico porque en él convivían “familias”, de hecho una especie de partidos con diversas ideas y tendencias, que solo el prestigio, la autoridad y el respeto que inspiraba Franco podía mantener unidas (quienes más le respetaban eran sus enemigos: a ninguno se le pasaba seriamente por la cabeza que pudiera derrocarlo o hacer algo decisivo antes de su muerte).

Al principio, el franquismo pensó en institucionalizarse como un régimen superador tanto del marxismo como del liberalismo. Para ello necesitaba dotarse de una teoría sólida capaz de derrocar a aquellas, y a ese fin creó el Instituto de Estudios Políticos. El cual, por valiosas que fueran sus contribuciones parciales, nunca alcanzaría sus fines, como señaló Serrano Súñer.

Si el régimen pudo durar tanto en un entorno mayormente hostil, se debió a dos principios esenciales, mejor o peor aplicados, que definieron igualmente su actuación en la guerra: unidad de España y permanencia de su cultura católica. Pero si estos principios tan generals pudieron funcionar sin que sus “familias” los interpretasen cada cual a su manera y se disgregasen, se debió, hay que repetirlo, a la autoridad de Franco. Por eso no es exagerado llamar “franquismo” a aquel régimen.

El franquismo se autodefinió como “democracia orgánica” y como “católico”. La democracia orgánica no es una idea de Franco o de sus sostenedores, sino que tiene en España raíces tan distintas como la Institución Libre de Enseñanza, Ramiro de Maeztu o Salvador de Madariaga.

Ese tipo de democracia debía evitar los males del sistema de partidos, pero en realidad nunca funcionó ni sus instituciones, pronto burocratizadas, atrajeron a la mayoría de la población. Teóricamente sus votaciones serían más auténticas que en las democracias liberales, pero toda votación implica distintas alternativas, es decir, distintos partidos, se les llame como se les llame. El sistema podría funcionar en torno al Movimiento Nacional, pero este siempre dispuso de presupuestos muy pequeños, y Franco ni lo mencionó en su testamento.

En cuanto a su carácter católico, tuvo algo de suicidio. Durante largos años la Iglesia constituyó un apoyo práctico y de pensamiento esencial para el régimen, tanto en política interior como exterior. Pero el catolicismo no es una doctrina política, y después del Vaticano II, la Iglesia se hizo más enemiga que amiga del régimen... que la había salvado del exterminio. Privado de ese sostén, el franquismo ya no podía durar demasiado, y lo sorprendente es más bien lo que duró todavía.

Como dijo Ricardo de la Cierva, “Quienes estaban más obligados a defender la memoria de Franco no lo han hecho; o, peor aún, han emprendido para ello caminos equivocados, en política y en acción cultural, que han perjudicado la figura de Franco tanto o más que las actuaciones y tergiversaciones enemigas”. Esto es una gran verdad.

El franquismo puede y debe defenderse desde el punto de vista de su magna obra, la más importante y positiva para España en al menos doscientos años. No puede defenderse, en cambio, desde el punto de vista del pensamiento porque no existió un pensamiento franquista consistente, salvo retazos.

Entre los que hoy se declaran franquistas los hay católicos y otros que insisten en la conspiración judeomasónica; carlistas próximos al integrismo y a un foralismo medieval; falangistas que consideran joseantoniano al viejo régimen (la Falange fue solo un elemento del franquismo, y no el más importante); los hay que, en fin, esperan que surja un nuevo Franco que "arregle las cosas" con mano dura; etc. Evidentemente, con esos mimbres no saldrá nunca un buen cesto: son ideas demasiado simples para unos problemas complejos como los actuales..

Hay un elemento común a la mayor parte de estos “franquistas”: su mencionada creencia en una vasta, diabólica e inteligentísima conspiración judeomasónica (recuérdese que Franco, pese a hablar de ella, salvó a muchos judíos y no dudó en pactar con el masónico gobierno useño: poniéndonos en plan purista y conspiranoico, cabría sospechar que el propio Caudillo fuera un “infiltrado” de la secta). Creen que descubrir masones es el alfa y omega del pensamiento político. Obviamente existen conspiraciones, no solo masónicas, también católicas, liberales, comunistas y de todo tipo. En cierto modo la política es un conjunto de conspiraciones, de las que unas tienen éxito y otras no, unas en un momento y otras en otro.

Pero aún suponiendo que detrás de los males y retrocesos católicos se encuentran los masones, Bilderberg, etc., la cuestión es muy otra. A los masómanos les basta con descubrir una mano masónica aquí o allá para sentirse intelectualmente satisfechos. Pero cualquier persona seria no juzga porque tal o cual político sea masón, sino por el examen de sus propuestas y sus consecuencias prácticas. Y aquí los conspiranoicos tienen las de perder. Según ellos, los gobiernos de Usa han sido siempre masónicos.

El observador imparcial concluirá que entonces la masonería no puede ser tan mala, ya que ha llevado a Usa al primer rango del mundo en términos no solo económicos y militares, sino también culturales. Y al revés, la católica España ha sido durante siglos un país con enorme analfabetismo, desigualdad social y una cultura que desde mediados del siglo XVII ha perdido su originalidad y chupado rueda de otros países europeos. Si se identifica al franquismo con semejante “pensamiento”, el fracaso será total.

Así que va siendo hora de plantear la cuestión en otros términos:

A) El franquismo fue una auténtica bendición para España, pero no elaboró un pensamiento propio.

B) El franquismo debe defenderse en nombre de la verdad histórica y porque un pueblo que acepta un falseamiento sistemático de su pasado, como hoy ocurre, es un pueblo que se envenena a sí mismo y compromete su propia subsistencia.

C) Sin duda hay elementos del franquismo que, sin formar un sistema de ideas y prácticas, perduran de modo muy positivo y obstaculizan, hasta de modo inconsciente, las tendencias disgregadoras internas y las disolventes de un europeísmo banal.

D) Hoy se plantean a España y al mundo problemas muy distintos de aquellos que dieron lugar a la guerra civil, y es preciso analizarlos y proponer ideas también distintas. Tarea difícil y complicada, que no se resuelve con tópicos más o menos simples.