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viernes, 9 de enero de 2015

PRIETO VERSUS NEGRIN


Cuando en julio de 1936 parte del ejército español se sublevó
contra las instituciones democráticas republicanas el PSOE era
el partido político más importante del Estado.
Por delante de las distintas minorías en las que se dividían las
fuerzas políticas españolas, el socialismo era el grupo más
numeroso.

Pero el partido fundado por Pablo Iglesias se debatía en
debates internos que si no llegaron a la escisión formal se debió
precisamente al golpe militar. El PSOE, dividido entre los
partidarios de Largo Caballero, el denominado Lenin español,
los de Indalecio Prieto, nada inclinado a posturas
revolucionarias, y los seguidores de Julián Besteiro, posicionado
también en ideas centristas, debía reunirse en congreso en
1936 para decidirse por la línea política a seguir.

El golpe militar lo impidió, pero no borró las disensiones
internas. El socialismo español se había presentado como parte
integrante del Frente Popular a las elecciones a diputados a
Cortes de febrero de 1936, pero cuando se produjo el golpe no
formaba parte del Gobierno, precisamente debido a las
divisiones internas, aunque sostenía al gabinete que presidía
Casares Quiroga.

Este Gobierno republicano no tardó en caer y la necesidad de
unión de todos las fuerzas que apoyaban a la República hizo que
el gabinete que le sucediera fuera de concentración y estuviera
presidido por un socialista, como decimos el partido más
importante del bando leal.

El presidente Manuel Azaña encargó la formación del ejecutivo
republicano a Largo Caballero y al equipo que presidió se le
denominó el Gobierno de la Victoria. Entraron nacionalistas
vascos y catalanes, republicanos de izquierda y moderados,
comunistas y anarquistas y, por supuesto, socialistas de las
diversas corrientes. Entre los ministros miembros del PSOE
nombrados por Largo Caballero se hallaban Indalecio Prieto,
para el cargo de ministro de Marina y Aire, y Juan Negrín, para
el de Hacienda.

A pesar de su nombre, el Gobierno de la Victoria cayó a los ocho
meses de su constitución arrollado por los reveses bélicos y los
enfrentamientos internos, por una parte, entre los comunistas,
apoyados por los que entendían que lo primero era ganar la
guerra y dejar para más adelante la revolución, y, por otra, los
anarquistas, apoyados por las fuerzas que sostenían que la
revolución y la guerra iban a la par. El enfrentamiento final
entre estas dos posturas tuvo lugar principalmente en las calles
de Barcelona en los llamados Hechos de Mayo.

A partir del 8 de mayo de 1937 nada fue igual en la guerra civil.
Los anarquistas perdieron gran parte del protagonismo y, a la
par, los comunistas demostraron ser el grupo político más
cohesionado del bando republicano. Largo Caballero se vio
forzado a dimitir y de la solución que se diera a la crisis de
Gobierno dependería en gran parte el desarrollo de la guerra.

Para el presidente Azaña la papeleta era complicada y
finalmente se decidió por Juan Negrín López para que formara
Gobierno. Negrín cumplía sobre el papel todos los requisitos: no
era caballerista pero había formado parte de su gabinete, lo que
hacía que el sector sindicalista del socialismo español no pudiera
oponerse, era partidario de Prieto y de esta manera se
contentaba a los seguidores de este, además, había desarrollado
una labor en el Ministerio de Hacienda que hizo posible que la
República lograra armas, aunque fuera a costa de las reservas
de oro del Banco de España.

Por su parte, sobre Prieto cabía entender el desenlace de la
crisis como un fracaso suyo pues en el momento en el que
vencía su línea no podía presidir el Gobierno debido a la
oposición de sus correligionarios y a su cada vez más
indisimulado pesimismo sobre el resultado de la guerra.

Pronto comenzaron Negrín y Prieto a no compartir posiciones
políticas comunes. Negrín buscó mantener buenas relaciones
con la Unión Soviética, única suministradora importante de
armas a la República, además de aproximarse a las democracias
occidentales, Francia y el Reino Unido. Prieto, por su parte,
cada día que pasaba veía más lejana la ayuda occidental y, por
el contrario, más perniciosa la colaboración soviética.

El diputado por Bilbao se volvía a medida que pasaba el tiempo
más y más contrario a las tesis comunistas, a la vez que veía al
presidente Negrín cada día más atado al PC. Prieto, desde mayo
de 1937 ministro de Defensa Nacional, se estaba convenciendo
de que la mejor solución para la guerra era entablar
negociaciones con el bando franquista para acabar cuanto antes
una contienda que consideraba perdida.

Negrín, por su parte, entendía la guerra civil como la primera
batalla de una guerra a nivel continental y sus esfuerzos se
dirigieron a alargar la contienda española hasta el inicio de la
guerra entre las potencias nazi-fascistas y demócratas.

Deterioro en las relaciones

La relación entre los dos políticos socialistas se fue deteriorando
hasta el punto de que Negrín decidió aceptar la dimisión de
Prieto el 30 de marzo de 1938. Antes de esta fecha se
produjeron incidentes como el enfrentamiento entre las dos
personalidades del Gobierno en Pedralbes el 31 de diciembre de
1937.

Eran las fechas de la victoriosa campaña de Teruel y el
presidente del Gobierno organizó una cena con invitados para
celebrar el hecho. El ministro de Defensa disculpó su asistencia
al ágape y prometió su concurrencia al final de la comida.

Cuando apareció en el salón donde se hallaban reunidos al
convite, Negrín se dispuso a abrazar a su ministro como
muestra de felicitación por el triunfo, pero Prieto parando en
seco al presidente, le dijo públicamente que la victoria era un
espejismo pues la guerra estaba irreversiblemente perdida.

Negrín perdió los nervios y ante los invitados le afeó su
conducta a Prieto.

Nada más dejar el Gobierno, Prieto pudo ser destinado a la
embajada en México pero Azaña le pidió que se quedara pues
deseaba tener un posible candidato a la Presidencia del
Gobierno en el caso de que Negrín cayera.

Pero esto no ocurrió y Prieto halló una ocasión para salir del
Estado cuando Negrín le ofreció la embajada a la toma de
posesión del cargo del presidente chileno Pedro Aguirre Cerdá.

Incluso en esta embajada se manifestaron las discrepancias
entre los dos políticos socialistas, pues Prieto marchó a América
con la condición de hacer campaña a favor de una mediación
latinoamericana en el conflicto hispano.
Poco después de la partida de Prieto comenzó el declive
definitivo de la República. La derrota de la batalla del Ebro y la
posterior ofensiva franquista en las Navidades de 1938 trajeron
como consecuencia que para los primeros días de febrero los
franquistas hubieran conquistado todo el territorio catalán.

A la República solo le quedaba la zona Centro-Sur,
incomunicada por tierra con el continente. Que la contienda
estuviera definitivamente perdida no cambió en nada la
determinación de Negrín de prolongar el conflicto hasta que la
guerra comenzara en Europa. Pero por muy fuerte que fuera la
voluntad de Negrín, lo cierto era que cada vez se estaba
quedando más solo.

Si bien, en general, en todos los partidos y sindicatos, con la
excepción tal vez de los anarquistas, hubo sectores partidarios
de Negrín, el apoyo más sólido e importante del presidente
fueron los comunistas, hasta el punto de confundirse la
militancia de Negrín con el PC.

Pero la determinación de Negrín y el apoyo del PC no pudieron
impedir que el coronel Casado, apoyado por Julián Besteiro,
diera un golpe de Estado y precipitara el final de la guerra, no
sin antes declararse otra guerra civil en el bando republicano
como se había producido en Barcelona.

Para cuando se produjo el golpe de Casado, Negrín había
dispuesto el envío de cuantiosos bienes al extranjero con el fin
de atender las necesidades de la emigración.
Negrín era consciente de las limitadas fuerzas a su disposición y
sabía que, antes o después, la suerte de la República pasaba por
la derrota, por eso tuvo el acierto de crear un órgano de
asistencia a los exiliados y de dotarlo generosamente. Este
organismo de ayuda nació con la idea de ser unitario y sustituir
a otros como el Comité Nacional de Ayuda a España.

Sin embargo, en la historia del exilio ambos dirigentes
socialistas volverían a encontrarse, y Prieto le haría pagar a su
antiguo protegido todos sus “errores” y, finalmente, le
desbancaría de su posición de dirigencia del socialismo español.
En esto Prieto, además de su gran capacidad política, contó con
mucha suerte.

Escondite del tesoro

En efecto, a la vez que en Francia el Gobierno republicano
creaba el Servicio de Emigración de Republicanos Españoles
(SERE) para evitar que el recién reconocido Gobierno
franquista pudiera requisar los bienes evacuados, el gabinete de
Negrín decidió esconder parte del tesoro expatriado en el único
país que ofrecía unas garantías mínimas de seguridad, México.

Mientras en Francia por parte del SERE se hacía lo
materialmente posible para atender a los cientos de miles de
exiliados, entre otras cosas, preparando la emigración a
repúblicas americanas, especialmente a México, Negrín llamó a
un grupo de marineros fieles para una curiosa misión que
finalizó de una manera no menos curiosa.

México se había ofrecido para acoger a un gran número de
exiliados, era uno de los pocos países que había simpatizado con
la República y era lógico pensar en que era el mejor refugio
para parte de los bienes evacuados.

Negrín, desde sus días de ministro de Hacienda, contó con la
colaboración de los tripulantes de unos bous bacaladeros que la
República utilizó para transportar el oro del Banco de España
desde Cartagena a Odesa y otros servicios de guerra.

A estos marineros, en su mayoría de Lekeitio, se les unieron
dos lekeitiarras más en el transporte de los bienes republicanos
a México, José Ordorika y Marino Gamboa. El primero como
patrón y el segundo en calidad de armador, labor a la que se
dedicó durante toda la guerra transportando bienes para los
gobiernos vasco y republicano. En este caso de Gamboa se daba
la circunstancia de que tenía pasaporte estadounidense debido
a su origen filipino.

El barco que fletó Marino Gamboa para transportar el tesoro
republicano a México fue un yate de lujo al que se denominó
Vita.

El Vita llegó con algún susto a Veracruz, pero sin mayores
problemas. Los sustos y problemas se producirían en tierras
mexicanas.
El delegado negrinista encargado de hacerse con el cargamento
no se presentó en el puerto y el “secreto” de la operación si ya
era frágil en Europa antes de la partida del yate, en México se
volvió vox populi. Los responsables del Vita se asustaron y
contactaron con la personalidad republicana más importante
residente en la república azteca, Indalecio Prieto.

Este, valiéndose de las buenas relaciones con el presidente
Cárdenas y de las divisiones entre los exiliados, se sirvió del
tesoro del Vita para hacerse fuerte en el destierro español.
Convocó a algunas personalidades exiliadas en México y las
redujo a su favor.
Acto seguido, convocó a la Diputación Permanente de las Cortes
e hizo que se desdijera de lo acordado semanas antes cuando
había apoyado a Negrín además de que le apoyara en la
pretensión de crear un nuevo organismo de atención a los
exiliados españoles que se dio en llamar Junta de Auxilio a los
Republicanos Españoles (JARE).

De nada sirvieron las llamadas de Negrín para buscar una
solución consensuada en esta nueva crisis republicana pues
Prieto en ningún momento se mostró flexible a un acuerdo. El
orgullo herido del diputado bilbaino no atendió a razones y
rechazó todas las propuestas que le llegaron de Negrín. Prieto,
además, contó con el factor anticomunista a su favor. No solo
era él quien acusaba de filocomunista a Negrín.

El SERE estaba catalogado como tal, basándose en el
favoritismo por parte del SERE al PC y a los sectores
partidarios del antiguo presidente del Gobierno a la hora de
distribuir ayudas entre los exiliados. Este filocomunismo se
volvió en contra de Negrín y los suyos cuando en agosto de
1939 la URSS firmó un acuerdo de colaboración y de no
agresión con Alemania y a continuación atacó Polonia.

La reacción occidental fue declarar la guerra a Alemania y
perseguir al comunismo. En este contexto, la policía francesa
intervino las sedes del SERE y, finalmente, en la primavera de
1940, cerró sus instalaciones. Para entonces el organismo
negrinista había gastado más de 90 millones de francos en
atender a los exiliados españoles, mientras la JARE casi no se
había estrenado en la labor. Primero, porque se había
demorado su creación, segundo, porque no tenía la
infraestructura con que contaba el SERE y, en último lugar,
porque sus bienes estaban en América.

Para cuando se produjo la ocupación alemana de Francia en
junio de 1940, el SERE había sido intervenido y tenía muchas
dificultades para operar.
Además la nueva situación de ocupación hizo que Negrín se
tuviera que refugiar en Inglaterra, donde el Gobierno le era
hostil y donde poca labor política podía hacer pues había pocos
exiliados españoles.

Por el contrario, en México, Prieto contaba con grandes
cantidades de dinero, muchos exiliados y un Gobierno
favorable. Para cuando terminó la II Guerra Mundial y se
vislumbraron algunos rayos de esperanza para retornar del
exilio y derrocar la dictadura española, Prieto era el dirigente
exiliado más importante y obedecido por casi todos, excepción
hecha de los nacionalistas y comunistas y logró que se
cumpliera su voluntad de orillar a Negrín y a los comunistas.

Pero de poco sirvió todo aquello, la nueva situación
internacional de guerra fría favoreció a Franco y mantuvo
definitivamente en el destierro tanto a Negrín como a Prieto,
además de a la democracia.



lunes, 17 de noviembre de 2014

MEMORIA DE UN LUCHADOR



"Mi vida es la vida de un combatiente, de un revolucionario, de un comunista que siempre ha cumplido con su deber, teniendo la suerte de haber participado en sucesos que tuvieron una trascendental importancia para los destinos de la humanidad entera". Así se presenta Enrique Líster en su libro Memorias de un luchador, de 1977, en el que recuerda episodios como el que tiene lugar este mes de julio de 1938, cuando al mando del 5º Cuerpo de Ejército cruza el río Ebro en una de las últimas hazañas del bando republicano.

Enrique Líster Forján nace el 21 de abril de 1907 en una aldea gallega, Ameneiro, en la provincia de La Coruña. Es el tercer hijo de siete, en el seno de una familia muy humilde, de madre campesina y padre obrero. Siendo todavía un niño emigran a Cuba, donde trabaja en varias tiendas de comestibles, en fábricas de envases, en matanzas, como cantero... y a los 14 años ingresa en la Escuela Nocturna del Centro Gallego en la Habana. En 1924, todavía en Cuba, es nombrado delegado del sindicato de canteros del centro asturiano. Según sus palabras, "ése fue mi bautismo de fuego en la lucha sindical".

En 1927 ingresa en el Partido Comunista de Cuba, y un año más tarde, en el de España; regresa a Galicia a trabajar como cantero y a organizar el Partido y Sindicato de Oficios Varios de Teo-Amés. Desde su llegada a España y hasta que se marcha a la URSS en 1932 pasa la mayor parte del tiempo en prisión, en las cárceles de Padrón, Santiago y La Coruña.

En Moscú, hasta el 35, trabaja como barrendero en las obras del ferrocarril metropolitano, estudia en la Escuela Leninista, participa en un congreso de la Internacional Comunista e ingresa en la academia militar Frunze. Cuando vuelve a España, trabaja como obrero de la construcción, participa en la mayoría de los conflictos sociales y se encarga de dirigir la propaganda comunista en cuarteles y centros militares a través de la publicación Soldado rojo.

Cuando estalla la Guerra Civil, Líster es instructor de las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas) y desde el primer día, se incorpora a las filas de las Milicias Populares, donde participa en los primeros combates contra los sublevados. El 19 de julio del 36 participa en asalto al cuartel de la Montaña en Madrid: «Las fuerzas fascistas eran muy superiores a las antifascistas, pues los mandos reaccionarios, al mismo tempo que habían dado permiso a los leales del régimen republicano, introdujeron en el cuartel al general Fanjul y a varias docenas de oficiales de reserva y de otras guarniciones a quienes la sublevación había cogido en Madrid, a unos 830 falangistas, requetés y otros reaccionarios, que fueron vestidos de soldados, y algunos guardias civiles: en total, unos 3500 hombres. Todo esto fue lo que se sublevó en el cuartel de la Montaña y lo que en 24 horas fue aplastado por las Milicias Populares, las fuerzas de orden público los y militares leales", relata Líster en Nuestra Guerra.

Cuatro días más tarde, el 23 de julio, Líster se traslada al cuartel en el que estaba el regimiento de Infantería de Wad-Ras n°1 para preparar un plan de acción. Pide que envíen a un dirigente conocido para que calme las tensiones -finalmente acudió Dolores Ibárruri- y mientras, consigue que algunos de los soldados se incorporen voluntariamente a la causa republicana. Su plan consiste formar una columna mixta para marchar a Guadarrama. Enrique Líster cuenta en Nuestra Guerra cómo se presentó en la sala donde estaban los partidarios de la sublevación, les explica la situación y les invita a que se definan. Una parte de ellos "aceptaron" unirse a la causa y los restantes fueron detenidos. En aquellos momentos llegaron al cuartel unos 100 hombres a los que armaron y se pusieron a idear el plan para formar la columna mixta de soldados y paisanos para marcharse a la sierra madrileña.

Líster fue designado responsable político de la columna y en la misma tarde del día 23 llegaban a Guadarrama: "Al llegar al atardecer del día 23, la camarada Dolores, el capitán Benito y yo nos presentamos al jefe del sector, coronel Morales Carrasco. Le informamos de las fuerzas que llevábamos y recabamos las órdenes pertinentes. Bastante despectivamente nos dijo que nos alojásemos a la fuerza en el pueblo hasta el día siguiente en el que se dispondría de nosotros. La camarada Dolores se indignó contra esa orden y el capitán Benito y yo le replicamos al coronel que militarmente esa orden era absurda, pues lo correcto era mover la fuerza de noche para sustraerla al fuego enemigo y poder atacar a éste al amanecer". Líster permanecerá en Guadarrama en el frente durante algún tiempo y llegará a ser ascendido a comandante por méritos de guerra.

Cuando se constituye el Quinto Regimiento, Líster se convierte en uno de sus principales organizadores, y es nombrado comandante jefe de la unidad a finales de septiembre de 1936. Todos sus recuerdos del Quinto Regimiento son halagos tanto a la organización como a los milicianos y al resto de personas que participaron en él. Desde ese momento, y hasta su desaparición en enero de 1937, el Quinto Regimiento enviará al frene a 70.000 hombres: comunistas, socialistas, republicanos, campesinos, obreros,empleados... "El Quinto Regimiento puso en marcha la organización de guerrilleros y todos los servicios de tipo militar en escala de ejército, (...) organizaba hospitales, buscaba medicinas, confeccionaba uniformes, calzado, fabricaba armas, municiones, establecía casas de reposo para los milicianos, abría guarderias y orfanatos...".

Líster desarrolla en el Quinto Regimiento una intensa labor militar e ideológica, inicia las Milicias de la Cultura, participa en muchos actos propagandísticos y culturales, y hace que en todos los servicios funcionen clases para analfabetos. "Las puertas del Quinto Regimiento estuvieron siempre abiertas de par en par para todos los antifascistas. A él pertenecieron escritores, artistas, poetas, periodistas. (...) Por aquellos días me di plenamente cuenta de la inmensa fuerza de la poesía para despertar en el hombre todo lo que hay de mejor en él". En Milicia Popular, el periódico de la brigada, escribió multitud de órdenes y consignas.

El 6 de noviembre comienza la defensa de Madrid, la leyenda del No pasarán. Líster es el encargado de defender la capital en primera línea con sus hombres desde Usera. Es el momento en el que el Gobierno se traslada para Valencia pensando que Madrid ya no tiene solución. Pero la ciudad resiste. Más tarde se le encarga contraatacar y su conquista del Cerro de Los Ángeles (en Getafe), por pequeña que fuera, es una de las primeras victorias de las tropas republicanas.

Líster es uno de los mayores partidarios de la militarización del Quinto Recimiento -junto a Modesto y Carlos Contreras- y que éste pase a integrar el nuevo Ejército Popular de la República. Su encendida intervención en un discurso el 27 de enero de 1937, en un acto que tuvo lugar en el cine Goya de Madrid, puso punto y final de modo oficial al Quinto Regimiento.

Enrique Líster es nombrado más tarde jefe de la 1ª Brigada Mixta y, posteriormente, de la 11ª División. Al frente de ésta se halla presente en todas las grandes batallas de la contienda, comenzando por el Jarama, Guadalajara o Brunete. Sus tropas siempre irán destinadas a primera línea de fuego, responsables de ejecutar las misiones más arriesgadas y complicadas, junto a las brigadas de el Campesino. Asimismo, por orden del Gobierno de Negrín, participa en el desmantelamiento de las colectivizaciones agrarias en Aragón, utilizando métodos, para muchos, demasiado expeditivos.

A finales del 37 se le encomienda la tarea, al frente de la 11ª División, de cercar Teruel. "El día 7 de diciembre, Rojo me llamó a su Estado Mayor y me comunicó que existía la decisión de llevar a cabo una ofensiva sobre Teruel; que dentro de tres o cuatro días ya me explicaría la cuestión con más detalles, pero que ya debía mover mis fuerzas hacia la región de Orrios-Alfambra-Escorihuela. Me dijo que con las divisiones 11ª y 25ª se formaría el 22° Cuerpo de Ejército, bajo el mando del teniente coronel Ibarrola".

Después de algunas desavenencias con Ibarrola sobre el plan de ataque a Teruel, en la medianoche del 14 al 15 de diciembre del 37 se pusieron en marcha, consiguieron rebasar San Blas y Concud, pero, según el propio Líster, en Teruel, "se cometieron errores como no destinar a la ofensiva más fuerzas o no hacer una distribución correcta de las fuerzas empleadas".

La Batalla del Ebro es, según Líster, uno de sus trabajos más intensos. Los meses anteriores al 25 de julio se dedicó exclusivamente a organizar un sistema de defensa del frente, a preparar a cada hombre, a recoger datos sobre sus enemigos y sus terrenos: "El profundo espíritu de solidaridad hacia los combatientes de Levante y el ardiente deseo de ir en su ayuda había sido creado en cientos de reuniones, conversaciones, mítines, periódicos...".

Sin embargo, la primera parte de la operación fracasó, según como explica Líster, porque "tal y como fue llevada a cabo esta operación no tenía ni pies ni cabeza. Del Barrio lanzó sus fuerzas de frente, contra unas posiciones magníficamente fortificadas y defendidas por un enemigo alerta, mientras hubiese podido operar al norte para coger de revés la defensa enemiga". A finales de julio, Líster quedó al mando del 5º Cuerpo de Ejército del Ebro, que sería el encargado de cruzar el río en el sector más importante, el central, con un ataque directo hacia Gandesa. Su objetivo ahora era un golpe en el frente catalán, obligar al enemigo a interrumpir su ofensiva en Valencia atrayéndole a Cataluña.

No relataremos aquí las acciones de la Batalla pero sí el modo de pensar de Líster sobre ésta años más tarde: "La operación ofensiva en el Ebro y la resistencia de más de tres meses y medio en la cabeza de puente nos permitieron tomar la iniciativa en nuestras manos y mantenerla desde que comenzaron las operaciones hasta que se dieron por terminadas. La ofensiva republicana en el Ebro mejoró grandemente la situación política y militar de la República y pudo haber sido sido un punto de partida para cambiar la marcha de la Guerra a nuestro favor, esto no sucedió así no es por culpa de la batalla ni de los que en el participamos". Antonio Machado le escribe un soneto a Líster, siendo jefe de los ejércitos del Ebro, en el que concluye diciendo: "Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contentó moriría".

En los últimos compases de la Guera Civil, Líster es enviado a Cataluña; de su tiempo de batallas en esta zona cabe destacar estas palabras: "El pueblo catalán fue no sólo uno de los que con mayor decisión se enfrentaron a la sublevación en julio del 36, sino que fue asimismo uno de los que más dieron para la Guerra y de los que con mayor entusiasmo trabajaron para ganarla".

Ascendido a coronel por sus méritos de Guerra, para muchos combatiente republicanos fue uno de los jefes procedentes de milicias con más personalidad y que gozó de más prestigio y popularidad; en cambio, para otros, sus métodos eran excesivamente feroces. Durante toda la Guerra Civil mantuvo una competencia directa con Juan Modesto, otro comunista junto al que alcanzó la cúpula del Ejército repúblicano. Ambos eran hombres de confianza del jefe de Estado Mayor, el general Vicente Rojo y pasaron de ser simples milicianos a ser los dos hombres que dirigieron a más de 100.000 combantientes en la Batalla del Ebro.

Al finalizar la campaña de Cataluña vuelve a Madrid y de allí regresa a la URSS. En Moscú prosigue sus estudios militares y participa en la Segunda Guerra Mundial luchando en los campos de batalla con el grado de general soviético. En 1945 se marcha a Francia y allí participa en guerrillas y otras labores de su partido hasta que en 1951, perseguido por el Gobierno francés, huye a Praga.

Antiguo miembro del Partido Comuinsta de España, en 1970 es expulsado por sus diferencias con el sector carrillista. "Hasta 1970 fui miembro de la dirección del PCE y estos últimos años, del Partido Comunista Obrero Español, creado en 1973 para defender y aplicar, al servicio del pueblo español, los principios comunistas traicionados por el carrillismo", asegura en sus Memorias de un luchador. Después de la muerte de Franco vuelve a España, a Madrid, asume la jefatura del Partido Comunista Obrero Español y, en 1986, tras la salida de Santiago Carrillo, se reintegra en el Partido Comunista de España. Para los comunistas del sector menos carrillista, Enrique Líster fue el prototipo del revolucionario a la antigua usanza: disciplinado, rebelde, enérgico, y a la vez, noble y fiel.

Líster escribió en sus memorias, refiriéndose a la Guerra Civil española: "El heroísmo popular no se crea porque sí, sin ninguna causa objetiva que lo justifique; por el contrario, nace del convencimiento que tiene el pueblo de que la causa que defiende es justa, de que la guerra que se ve obligado a hacer es una guerra justa, liberadora, revolucionaria". Enrique Líster murió el 8 de diciembre de 1995 en Madrid.


martes, 11 de noviembre de 2014

NEGRIN, HEROE O VILLANO


Dentro de la historiografía académica de tendencia “progre”, que sería chistosa si no hubiera tenido durante largos años los medios de acallar cualquier réplica, y de presentarse a sí misma como la única historiografía “profesional”, acaba de publicarse una biografía de Negrín, por el catedrático Ricardo Miralles. Prologa el libro P. Preston, para quien Negrín “fue el gran estadista de la lucha contra Franco y sus aliados fascistas”. Según él, las críticas a Negrín proceden sobre todo de Bolloten, condicionado a su vez por “los renegados ex comunistas que publicaron sus memorias bajo la dirección de Gorkín y financiados por (…) la CIA”. Preston, claro, prefiere a los comunistas no renegados y, con típica paranoia stalinista, sólo puede entender que alguien discrepe de ellos si le paga el “imperialismo”. Confesión implícita por parte del profesor inglés, y además falsedad, también de tufo staliniano, porque la apasionante obra de Bolloten se apoya ante todo en una labor documental e investigadora impresionante, con muy pocos paralelos en las historias de nuestra guerra.

A Preston le encanta el libro de Miralles, y no es de extrañar. Empieza éste planteando el asunto con una mezcla de infantilismo y mala fe. Según él, sobre Negrín sólo hay hasta ahora “juicios y sentencias, opiniones y fallos”. Vamos, defensores y detractores, sin más, como si el libro de Bolloten, entre otros, se limitase a una colección de asertos gratuitos. Entre los apologistas de Negrín, Miralles encuentra matices y aspectos aprovechables. No así en el otro campo: “Entre sus detractores ha existido una rara unanimidad que podríamos resumir en un Todos contra Negrín”. Para corregir tan deplorable panorama, Miralles plantea la cuestión así: “Las tres grandes acusaciones hechas a Negrín fueron que entregó la República a los comunistas, que fue el causante de la división interna del PSOE (durante la guerra y en el exilio posterior); y que su obstinación en una política de “resistencia a ultranza” condujo a un final catastrófico de la guerra”.

Ciertamente estas acusaciones le han sido hechas por bastantes, sobre todo dentro del propio PSOE, pero no resultan difíciles de refutar, o por lo menos poner en tela de juicio, desde la lógica de quienes siguen hablando de una II República durante la guerra (Bolloten no lo hace, desde luego), o creen en una posible paz negociada. La acusación de haber causado la división del PSOE, simplemente depende del punto de vista, claro está. Prieto tenía uno, y Negrín el contrario. Si uno acepta que la república del 14 de abril siguió existiendo tan campante después de que el gobierno de Azaña-Giral entregase las armas a los sindicatos y se impusiese una revolución de brutal violencia en la zona controlada por el Frente Popular; si acepta que los socialistas de Largo y Prieto, así como los comunistas y los anarquistas eran demócratas, o que Stalin protegió la libertad en España, entonces la posición de Negrín es difícilmente atacable, o por lo menos resulta mucho más coherente que la de Prieto, Largo Caballero y cuantos le hacen las acusaciones vistas.

Pero no es obligatorio, afortunadamente, comulgar con tamañas ruedas de molino. No obstante vale la pena seguir la polémica entre quienes creen tales cosas. Esa polémica está muy bien expresada en el intercambio epistolar entre Prieto y Negrín, cuando ambos, ya en el exilio, disputaban acerbamente por el control del cargamento del yate Vita.

Negrín acusaba a Prieto de haber contribuido a la derrota con su política vacilante y derrotista, y éste replicaba: “Después de haber presidido tan colosal desastre, después de haber originado, con el uso de un poder personal, ejercido en beneficio exclusivo de determinada agrupación (se refiere al Partido Comunista), disensiones hondísimas que condujeron a millares de hermanos a despedazarse entre sí, y teniendo todavía ante los ojos el espectáculo de medio millón de españoles debatiéndose en la miseria y sometidos a las más viles humillaciones (esto está escrito apenas terminada la contienda. Antes de que terminase aquel año 1939, casi tres cuartas partes de los exiliados habían vuelto a España, dato generalmente olvidado por “historiadores” de esta línea), de las que una elemental previsión reiteradamente aconsejada les hubiera librado, después de todo eso, ¿se atreve usted a decir que yo incubaba la catástrofe? Jamás conocí un sarcasmo tan terrible como el contraste entre sus inmensas responsabilidades y su jactanciosa actitud que le permite condenar caprichosamente a los demás, y encima exigir, a guisa de premio, el reconocimiento de su jefatura de Gobierno con carácter permanente por indefinido”. Negrín, por su parte, insistía en que “a nuestra causa no la han vencido los facciosos. No. La han vencido las asechanzas de unos cuantos malandrines”.

¿Quién tenía razón? En apariencia, Prieto. Una de las cosas más llamativas en los líderes republicanos y revolucionarios es su total ausencia, al menos en sus escritos, de sentimiento de responsabilidad o culpa por los desastres ocurridos bajo su mando. Azaña y Alcalá-Zamora, bajo cuyas presidencias del gobierno y del estado respectivamente rodó el país a la catástrofe, se las arreglan para cargar todas las responsabilidades sobre lo demás, y otro tanto hace Negrín al discutir con Prieto.

Y sin embargo, es Negrín quien, si damos por válidos los planteamientos que les eran comunes (defensa de la república y la democracia, etc.) tiene razón, o por lo menos tiene la mayor parte de razón. Pues para vencer al fascismo no había otra opción que apoyarse en Stalin y sus agentes, los comunistas españoles, ya que las democracias no acababan de reconocer como una de las suyas al régimen edificado sobre el derrumbe revolucionario de julio del 36.

Los comunistas rusos y españoles eran los únicos que tenían medios, y algo más importante que medios: una auténtica estrategia. Apoyarse, a no ser muy secundariamente, en el conglomerado de anarquistas, azañistas, socialistas de Prieto o de Largo Caballero y grupos parecidos, habría llevado a la derrota en muy pocos meses. La resistencia sólo podía plantearse en los términos en que Negrín lo hacía, y éste no dejaba de tener bastante razón cuando maldecía a los derrotistas y maniobreros que perturbaban sus esfuerzos.

Lo que Prieto y Negrín pasaban por alto era el coste gigantesco, en medios y en vidas, de aquella política, única posible desde su propio planteamiento. Ese coste era, para empezar, la pérdida de la independencia española y del control sobre sus reservas financieras (Preston tiene gracia cuando, en crítica al aserto de Bolloten de que Negrín hizo mucho por extender la influencia comunista, recuerda el auxilio fascista al otro bando… donde no tuvo ese inmenso coste). Otra tremenda exigencia de esa política consistía en la multiplicación de las víctimas y destrucciones en una resistencia sin sentido… a no ser que enlazase con la guerra mundial, lo cual habría multiplicado el número de víctimas y destrozos. No hubo coste en democracia, porque la misma había dejado de existir antes de la hegemonía comunista, pero sí lo hubo en supeditación de las demás fuerzas políticas a la estrategia soviética, en nombre de la disciplina contra el enemigo común.

Cada uno de estos sacrificios habría justificado una rebelión de los anarquistas, socialistas y republicanos contra Negrín y los comunistas, y así terminó ocurriendo, aunque ya in extremis. Los “malandrines” de que habla Negrín fueron, efectivamente, quienes terminaron con la resistencia “republicana”, pero debe reconocerse que habían sufrido tanto a manos de Stalin y sus secuaces españoles, que prefirieron la represión franquista.

Estos terribles costes no impresionan lo más mínimo a Preston o a Miralles, que, en función del objetivo de vencer al franquismo pasan por alto —como Negrín— cualquier sacrificio… ajeno, naturalmente. Mi aserto de que los nacionales eran los patriotas, es decir, los que defendían la nación española, podría quedar contradicho por la evidencia de que el Frente Popular desató en la guerra una masiva propaganda patriótica, llamando a luchar contra la "invasión" de alemanes, italianos y moros. Como ya expliqué, las ideas y tendencias izquierdistas-separatistas eran realmente antiespañolas, y el grito "¡Viva España!" llegó a ser subversivo. Pero todos, y más que nadie los comunistas, entendieron pronto que el patriotismo era una fuerza movilizadora muy potente y quisieron arrebatársela al bando de Franco. Los comunistas, por cierto, eran agentes directos y orgullosos de la Unión Soviética, a cuyos intereses posponían los españoles sin la menor vacilación.

En esa línea, me parece que Payne cae en un error extendido al describir así a Negrín: "A diferencia de gran parte de la izquierda, no solo era un patriota, sino incluso una especie de nacionalista español". Quizá él se sintiese así personalmente, pero lo que cuenta, a mi juicio, son los actos reales, y no encuentro mucho patriotismo en la entrega de Negrín a los comunistas, en la imposición al país de unos sacrificios inútiles cuando la guerra estaba perdida, ni en su empeño por lograr la intervención militar francesa y la extensión del conflicto, que acarrearía muchas más víctimas y daños. También puede describirse como patriota a Azaña en cuanto a sus sentimientos íntimos, siempre que se añada que él pensaba en una España renovada según ideas rudimentarias y simples, y sin raíces en una historia que él caricaturizaba y detestaba según las líneas de la Leyenda Negra. Y lo mismo ocurría con Negrín.

Sobre la polémica en torno a su relación con la URSS y el PCE, Stanley Payne señala que "los comunistas (...) no le consideraban ni un agente ni un criptocomunista, sino más bien un socialista prosoviético que conservaba su propia identidad". Esto es probablemente cierto, y por mi parte nunca creí que Negrín se entregase subjetivamente a los estalinistas. Pero en el plano práctico lo hizo, aun con pequeños desacuerdos ocasionales. No puede olvidarse que Negrín fue el principal fautor de la entrega del oro a Stalin, una decisión que no derivaba de "la imposibilidad de hacer otra cosa", como ha querido justificarse. Derivaba de la estrechísima afinidad, en aquel tiempo, entre la URSS y el partido del Lenin español, aspirante a la dictadura del proletariado, un dato que suelen obviar los apologistas de Negrín; y no incluyo entre estos a Payne, aunque me parece que está algo influido por ellos.

El envío del oro a Moscú tuvo una consecuencia política crucial muy rara vez mencionada: redujo al Frente Popular a una dependencia de Moscú, ya que la recuperación del oro era impensable y los suministros bélicos a España dependían de él. Esta cuestión es distinta, y mucho más relevante, de la de si Stalin robó más o menos de aquel oro, asunto a mi entender muy secundario pero que ha recibido atención desmesurada. Dudo que robara porque no le convenía. Lo decisivo fue que, en adelante, el Kremlin controlaba los suministros, es decir, el destino del Frente Popular. Lo cual, junto al hecho de disponer en España del partido más fuerte, organizado y disciplinado, como llegó a ser el PCE (partido agente de Stalin, repito), da idea del grado de supeditación a la URSS que Negrín impuso a la parte del país donde dominó. Que lo hiciese con una u otra intención o ilusión es lo de menos.

Tampoco puedo coincidir con Payne en que Negrín "había llegado a la conclusión de que la guerra debía prolongarse, principalmente para poder negociar una rendición en condiciones más aceptables" y "lograr cierta protección para los muchos izquierdistas que quedarían en el régimen de Franco". Las propias explicaciones de Negrín indican más bien que desde pronto pensó que solo podría ganar la guerra internacionalizándola. Esta fue su estrategia esencial y la base de sus maniobras dilatorias como los "puntos" de los que se burlaba Azaña. Quería, en definitiva, prolongar la guerra civil hasta enlazarla con una guerra general europea, y así lo dijo explícitamente. Y en ningún momento tomó medidas para salvar a los izquierdistas –miles de ellos complicados en crímenes atroces–. Lo que no significa que no fuese un hombre previsor: desde el mismo momento en que envió el oro a Moscú, ya en el primer año de la guerra, organizó concienzudamente el saqueo de bienes públicos y privados con vistas a asegurarse una vida cómoda y una influencia política en el eventual exilio.

La relación entre Prieto y Negrín se fue deteriorando hasta el punto de que Negrín decidió aceptar la dimisión de Prieto el 30 de marzo de 1938. Antes de esta fecha se produjeron incidentes como el enfrentamiento entre las dos personalidades del Gobierno en Pedralbes el 31 de diciembre de 1937. Eran las fechas de la victoriosa campaña de Teruel y el presidente del Gobierno organizó una cena con invitados para celebrar el hecho. El ministro de Defensa disculpó su asistencia al ágape y prometió su concurrencia al final de la comida. Cuando apareció en el salón donde se hallaban reunidos al convite, Negrín se dispuso a abrazar a su ministro como muestra de felicitación por el triunfo, pero Prieto parando en seco al presidente, le dijo públicamente que la victoria era un espejismo pues la guerra estaba irreversiblemente perdida. Negrín perdió los nervios y ante los invitados le afeó su conducta a Prieto.

Nada más dejar el Gobierno, Prieto pudo ser destinado a la embajada en México pero Azaña le pidió que se quedara pues deseaba tener un posible candidato a la Presidencia del Gobierno en el caso de que Negrín cayera. Pero esto no ocurrió y Prieto halló una ocasión para salir del Estado cuando Negrín le ofreció la embajada a la toma de posesión del cargo del presidente chileno Pedro Aguirre Cerdá. Incluso en esta embajada se manifestaron las discrepancias entre los dos políticos socialistas, pues Prieto marchó a América con la condición de hacer campaña a favor de una mediación latinoamericana en el conflicto hispano.

Poco después de la partida de Prieto comenzó el declive definitivo de la República. La derrota de la batalla del Ebro y la posterior ofensiva franquista en las Navidades de 1938 trajeron como consecuencia que para los primeros días de febrero los franquistas hubieran conquistado todo el territorio catalán. A la República solo le quedaba la zona Centro-Sur, incomunicada por tierra con el continente. Que la contienda estuviera definitivamente perdida no cambió en nada la determinación de Negrín de prolongar el conflicto hasta que la guerra comenzara en Europa. Pero por muy fuerte que fuera la voluntad de Negrín, lo cierto era que cada vez se estaba quedando más solo. Si bien, en general, en todos los partidos y sindicatos, con la excepción tal vez de los anarquistas, hubo sectores partidarios de Negrín, el apoyo más sólido e importante del presidente fueron los comunistas, hasta el punto de confundirse la militancia de Negrín con el PC. Pero la determinación de Negrín y el apoyo del PC no pudieron impedir que el coronel Casado, apoyado por Julián Besteiro, diera un golpe de Estado y precipitara el final de la guerra, no sin antes declararse otra guerra civil en el bando republicano como se había producido en Barcelona.

Para cuando se produjo el golpe de Casado, Negrín había dispuesto el envío de cuantiosos bienes al extranjero con el fin de atender las necesidades de la emigración. Negrín era consciente de las limitadas fuerzas a su disposición y sabía que, antes o después, la suerte de la República pasaba por la derrota, por eso tuvo el acierto de crear un órgano de asistencia a los exiliados y de dotarlo generosamente. Este organismo de ayuda nació con la idea de ser unitario y sustituir a otros como el Comité Nacional de Ayuda a España. Sin embargo, en la historia del exilio ambos dirigentes socialistas volverían a encontrarse, y Prieto le haría pagar a su antiguo protegido todos sus “errores” y, finalmente, le desbancaría de su posición de dirigencia del socialismo español. En esto Prieto, además de su gran capacidad política, contó con mucha suerte de cara.

En efecto, a la vez que en Francia el Gobierno republicano creaba el Servicio de Emigración de Republicanos Españoles (SERE) para evitar que el recién reconocido Gobierno franquista pudiera requisar los bienes evacuados, el gabinete de Negrín decidió esconder parte del tesoro expatriado en el único país que ofrecía unas garantías mínimas de seguridad, México. Mientras en Francia por parte del SERE se hacía lo materialmente posible para atender a los cientos de miles de exiliados, entre otras cosas, preparando la emigración a repúblicas americanas, especialmente a México, Negrín llamó a un grupo de marineros fieles para una curiosa misión que finalizó de una manera no menos curiosa. México se había ofrecido para acoger a un gran número de exiliados, era uno de los pocos países que había simpatizado con la República y era lógico pensar en que era el mejor refugio para parte de los bienes evacuados. Negrín, desde sus días de ministro de Hacienda, contó con la colaboración de los tripulantes de unos bous bacaladeros que la República utilizó para transportar el oro del Banco de España desde Cartagena a Odesa y otros servicios de guerra. A estos marineros, en su mayoría de Lekeitio, se les unieron dos lekeitiarras más en el transporte de los bienes republicanos a México, José Ordorika y Marino Gamboa. El primero como patrón y el segundo en calidad de armador, labor a la que se dedicó durante toda la guerra transportando bienes para los gobiernos vasco y republicano. En este caso de Gamboa se daba la circunstancia de que tenía pasaporte estadounidense debido a su origen filipino. El barco que fletó Marino Gamboa para transportar el tesoro republicano a México fue un yate de lujo al que se denominó Vita.

El Vita llegó con algún susto a Veracruz, pero sin mayores problemas. Los sustos y problemas se producirían en tierras mexicanas. El delegado negrinista encargado de hacerse con el cargamento no se presentó en el puerto y el “secreto” de la operación si ya era frágil en Europa antes de la partida del yate, en México se volvió vox populi. Los responsables del Vita se asustaron y contactaron con la personalidad republicana más importante residente en la república azteca, Indalecio Prieto. Este, valiéndose de las buenas relaciones con el presidente Cárdenas y de las divisiones entre los exiliados, se sirvió del tesoro del Vita para hacerse fuerte en el destierro español. Convocó a algunas personalidades exiliadas en México y las redujo a su favor. Acto seguido, convocó a la Diputación Permanente de las Cortes e hizo que se desdijera de lo acordado semanas antes cuando había apoyado a Negrín además de que le apoyara en la pretensión de crear un nuevo organismo de atención a los exiliados españoles que se dio en llamar Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE).

De nada sirvieron las llamadas de Negrín para buscar una solución consensuada en esta nueva crisis republicana pues Prieto en ningún momento se mostró flexible a un acuerdo. El orgullo herido del diputado bilbaino no atendió a razones y rechazó todas las propuestas que le llegaron de Negrín. Prieto, además, contó con el factor anticomunista a su favor. No solo era él quien acusaba de filocomunista a Negrín. El SERE estaba catalogado como tal, basándose en el favoritismo por parte del SERE al PC y a los sectores partidarios del antiguo presidente del Gobierno a la hora de distribuir ayudas entre los exiliados. Este filocomunismo se volvió en contra de Negrín y los suyos cuando en agosto de 1939 la URSS firmó un acuerdo de colaboración y de no agresión con Alemania y a continuación atacó Polonia. La reacción occidental fue declarar la guerra a Alemania y perseguir al comunismo. En este contexto, la policía francesa intervino las sedes del SERE y, finalmente, en la primavera de 1940, cerró sus instalaciones. Para entonces el organismo negrinista había gastado más de 90 millones de francos en atender a los exiliados españoles, mientras la JARE casi no se había estrenado en la labor. Primero, porque se había demorado su creación, segundo, porque no tenía la infraestructura con que contaba el SERE y, en último lugar, porque sus bienes estaban en América.

Para cuando se produjo la ocupación alemana de Francia en junio de 1940, el SERE había sido intervenido y tenía muchas dificultades para operar. Además la nueva situación de ocupación hizo que Negrín se tuviera que refugiar en Inglaterra, donde el Gobierno le era hostil y donde poca labor política podía hacer pues había pocos exiliados españoles. Por el contrario, en México, Prieto contaba con grandes cantidades de dinero, muchos exiliados y un Gobierno favorable. Para cuando terminó la II Guerra Mundial y se vislumbraron algunos rayos de esperanza para retornar del exilio y derrocar la dictadura española, Prieto era el dirigente exiliado más importante y obedecido por casi todos, excepción hecha de los nacionalistas y comunistas y logró que se cumpliera su voluntad de orillar a Negrín y a los comunistas. Pero de poco sirvió todo aquello, la nueva situación internacional de guerra fría favoreció a Franco y mantuvo definitivamente en el destierro tanto a Negrín como a Prieto, además de a la democracia.