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lunes, 29 de abril de 2024

YO TAMBIEN FUI FELIZ EN LOS SESENTA


En la década de 1960, el crecimiento económico y los notables avances científico-tecnológicos permitieron un mejoramiento de las condiciones de vida de importantes sectores de la población mundial. La educación secundaria y universitaria se amplió a nuevos sectores y las mujeres hicieron su entrada masiva al mundo del trabajo. El extraordinario desarrollo de los medios de comunicación permitió conocer muy rápidamente los acontecimientos que ocurrían en distintos lugares del planeta. El combinado de discos de larga duración fue un adelanto técnico de esta época.

    Era un mundo optimista acerca de las posibilidades humanas para dominar la naturaleza. No obstante ello, era también un mundo conflictivo. Existían dos formas contrapuestas de organización de las sociedades: una capitalista, que alcanzaba su máxima expresión en los Estados Unidos y en los países de Europa Occidental; y otra socialista, representada fundamentalmente por la Unión Soviética, los países de Europa Oriental y China. Cada bloque luchaba por extender su influencia y casi ninguna región del mundo quedó al margen de estas luchas.

    Había además muchos otros temas en discusión que alentaban la organización y la lucha: los regímenes autoritarios, el colonialismo, las relaciones patriarcales en la familia, la discriminación contra las minorías raciales, las desigualdades entre géneros, la eventualidad de una guerra nuclear… Las luchas exitosas de muchos pueblos por independizarse de la dominación colonial y la emergencia de un régimen socialista en Cuba parecieron a muchos contemporáneos demostraciones tangibles de la capacidad de los pueblos para vencer los obstáculos más enormes y transformar la realidad.

    Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los soldados que volvieron a casa fundaron familias produciendo un aumento de la tasa de natalidad: el baby boom. Estos niños llegaron a ser jóvenes en los ´60. Tanto en EE.UU como en Europa surgieron movimientos contrarios al endurecimiento de las posiciones por parte de las potencias durante la guerra fría. Se manifestaban contra la guerra de Vietnam con la consiga de «haz el amor y no la guerra». La ola de desasosiego estudiantil salió de EE.UU para llegar a Europa y Japón, los mismos crearon la moda Hippie en signo de oposición.

    Flower power es un slogan usado durante fines de los ´60 y principios de los ´70 como un símbolo de pasividad y no violencia usado por el movimiento de contracultura americano. Es arraigado en el movimiento de oposición en la Guerra de Vietnam. La expresión fue acuñada por el poeta de Americano Beat Allen Ginsberg en 1965 como “el medio de transformar protestas de guerra en gafas pacíficas afirmativas”. Los Hippies abrazaron el simbolismo vistiéndose con flores bordadas y colores vibrantes, flores en su pelo. El término más tarde se hizo generalizado como una referencia moderna al movimiento de “Hippy” y una cultura de medicina, la música y el arte psicodélico.

Tantos los hombres como las mujeres andaban descalzos, llevaban el pelo largo, bisutería, vaporosos vestidos, vaqueros y camisas con estampados floreados multicolores. Sin darse cuenta generaron una tendencia cultural que se expandió y fue adoptada por las juventudes de importantes zonas del planeta. Esto ocurrió con la ropa hippie ya que se convirtió rápidamente en moda incluso para las personas que no tenían nada que ver con el trasfondo ideológico de dicho movimiento. Se usaban mucho las grandes faldas hasta el suelo, chales, etc. En el tercer mundo, donde la pobreza era el mayor problema, el movimiento hippie y el pacifismo no encontraron adhesión masiva entre los jóvenes. Éstos se volcaron más hacia el antiimperialismo o las ideologías revolucionarias, integrando organizaciones estudiantiles, partidos políticos de izquierda, organizaciones guerrilleras y otros movimientos sociales.

    “El verano del amor” marcó el apogeo del movimiento hippie y en 1967 se celebró en EE. UU. el primer gran festival de música pop al aire libre. Su poderosa combinación de cultura juvenil y pop marcó uno de los puntos culminantes de lo que significaron los 60

viernes, 9 de enero de 2015

PRIETO VERSUS NEGRIN


Cuando en julio de 1936 parte del ejército español se sublevó
contra las instituciones democráticas republicanas el PSOE era
el partido político más importante del Estado.
Por delante de las distintas minorías en las que se dividían las
fuerzas políticas españolas, el socialismo era el grupo más
numeroso.

Pero el partido fundado por Pablo Iglesias se debatía en
debates internos que si no llegaron a la escisión formal se debió
precisamente al golpe militar. El PSOE, dividido entre los
partidarios de Largo Caballero, el denominado Lenin español,
los de Indalecio Prieto, nada inclinado a posturas
revolucionarias, y los seguidores de Julián Besteiro, posicionado
también en ideas centristas, debía reunirse en congreso en
1936 para decidirse por la línea política a seguir.

El golpe militar lo impidió, pero no borró las disensiones
internas. El socialismo español se había presentado como parte
integrante del Frente Popular a las elecciones a diputados a
Cortes de febrero de 1936, pero cuando se produjo el golpe no
formaba parte del Gobierno, precisamente debido a las
divisiones internas, aunque sostenía al gabinete que presidía
Casares Quiroga.

Este Gobierno republicano no tardó en caer y la necesidad de
unión de todos las fuerzas que apoyaban a la República hizo que
el gabinete que le sucediera fuera de concentración y estuviera
presidido por un socialista, como decimos el partido más
importante del bando leal.

El presidente Manuel Azaña encargó la formación del ejecutivo
republicano a Largo Caballero y al equipo que presidió se le
denominó el Gobierno de la Victoria. Entraron nacionalistas
vascos y catalanes, republicanos de izquierda y moderados,
comunistas y anarquistas y, por supuesto, socialistas de las
diversas corrientes. Entre los ministros miembros del PSOE
nombrados por Largo Caballero se hallaban Indalecio Prieto,
para el cargo de ministro de Marina y Aire, y Juan Negrín, para
el de Hacienda.

A pesar de su nombre, el Gobierno de la Victoria cayó a los ocho
meses de su constitución arrollado por los reveses bélicos y los
enfrentamientos internos, por una parte, entre los comunistas,
apoyados por los que entendían que lo primero era ganar la
guerra y dejar para más adelante la revolución, y, por otra, los
anarquistas, apoyados por las fuerzas que sostenían que la
revolución y la guerra iban a la par. El enfrentamiento final
entre estas dos posturas tuvo lugar principalmente en las calles
de Barcelona en los llamados Hechos de Mayo.

A partir del 8 de mayo de 1937 nada fue igual en la guerra civil.
Los anarquistas perdieron gran parte del protagonismo y, a la
par, los comunistas demostraron ser el grupo político más
cohesionado del bando republicano. Largo Caballero se vio
forzado a dimitir y de la solución que se diera a la crisis de
Gobierno dependería en gran parte el desarrollo de la guerra.

Para el presidente Azaña la papeleta era complicada y
finalmente se decidió por Juan Negrín López para que formara
Gobierno. Negrín cumplía sobre el papel todos los requisitos: no
era caballerista pero había formado parte de su gabinete, lo que
hacía que el sector sindicalista del socialismo español no pudiera
oponerse, era partidario de Prieto y de esta manera se
contentaba a los seguidores de este, además, había desarrollado
una labor en el Ministerio de Hacienda que hizo posible que la
República lograra armas, aunque fuera a costa de las reservas
de oro del Banco de España.

Por su parte, sobre Prieto cabía entender el desenlace de la
crisis como un fracaso suyo pues en el momento en el que
vencía su línea no podía presidir el Gobierno debido a la
oposición de sus correligionarios y a su cada vez más
indisimulado pesimismo sobre el resultado de la guerra.

Pronto comenzaron Negrín y Prieto a no compartir posiciones
políticas comunes. Negrín buscó mantener buenas relaciones
con la Unión Soviética, única suministradora importante de
armas a la República, además de aproximarse a las democracias
occidentales, Francia y el Reino Unido. Prieto, por su parte,
cada día que pasaba veía más lejana la ayuda occidental y, por
el contrario, más perniciosa la colaboración soviética.

El diputado por Bilbao se volvía a medida que pasaba el tiempo
más y más contrario a las tesis comunistas, a la vez que veía al
presidente Negrín cada día más atado al PC. Prieto, desde mayo
de 1937 ministro de Defensa Nacional, se estaba convenciendo
de que la mejor solución para la guerra era entablar
negociaciones con el bando franquista para acabar cuanto antes
una contienda que consideraba perdida.

Negrín, por su parte, entendía la guerra civil como la primera
batalla de una guerra a nivel continental y sus esfuerzos se
dirigieron a alargar la contienda española hasta el inicio de la
guerra entre las potencias nazi-fascistas y demócratas.

Deterioro en las relaciones

La relación entre los dos políticos socialistas se fue deteriorando
hasta el punto de que Negrín decidió aceptar la dimisión de
Prieto el 30 de marzo de 1938. Antes de esta fecha se
produjeron incidentes como el enfrentamiento entre las dos
personalidades del Gobierno en Pedralbes el 31 de diciembre de
1937.

Eran las fechas de la victoriosa campaña de Teruel y el
presidente del Gobierno organizó una cena con invitados para
celebrar el hecho. El ministro de Defensa disculpó su asistencia
al ágape y prometió su concurrencia al final de la comida.

Cuando apareció en el salón donde se hallaban reunidos al
convite, Negrín se dispuso a abrazar a su ministro como
muestra de felicitación por el triunfo, pero Prieto parando en
seco al presidente, le dijo públicamente que la victoria era un
espejismo pues la guerra estaba irreversiblemente perdida.

Negrín perdió los nervios y ante los invitados le afeó su
conducta a Prieto.

Nada más dejar el Gobierno, Prieto pudo ser destinado a la
embajada en México pero Azaña le pidió que se quedara pues
deseaba tener un posible candidato a la Presidencia del
Gobierno en el caso de que Negrín cayera.

Pero esto no ocurrió y Prieto halló una ocasión para salir del
Estado cuando Negrín le ofreció la embajada a la toma de
posesión del cargo del presidente chileno Pedro Aguirre Cerdá.

Incluso en esta embajada se manifestaron las discrepancias
entre los dos políticos socialistas, pues Prieto marchó a América
con la condición de hacer campaña a favor de una mediación
latinoamericana en el conflicto hispano.
Poco después de la partida de Prieto comenzó el declive
definitivo de la República. La derrota de la batalla del Ebro y la
posterior ofensiva franquista en las Navidades de 1938 trajeron
como consecuencia que para los primeros días de febrero los
franquistas hubieran conquistado todo el territorio catalán.

A la República solo le quedaba la zona Centro-Sur,
incomunicada por tierra con el continente. Que la contienda
estuviera definitivamente perdida no cambió en nada la
determinación de Negrín de prolongar el conflicto hasta que la
guerra comenzara en Europa. Pero por muy fuerte que fuera la
voluntad de Negrín, lo cierto era que cada vez se estaba
quedando más solo.

Si bien, en general, en todos los partidos y sindicatos, con la
excepción tal vez de los anarquistas, hubo sectores partidarios
de Negrín, el apoyo más sólido e importante del presidente
fueron los comunistas, hasta el punto de confundirse la
militancia de Negrín con el PC.

Pero la determinación de Negrín y el apoyo del PC no pudieron
impedir que el coronel Casado, apoyado por Julián Besteiro,
diera un golpe de Estado y precipitara el final de la guerra, no
sin antes declararse otra guerra civil en el bando republicano
como se había producido en Barcelona.

Para cuando se produjo el golpe de Casado, Negrín había
dispuesto el envío de cuantiosos bienes al extranjero con el fin
de atender las necesidades de la emigración.
Negrín era consciente de las limitadas fuerzas a su disposición y
sabía que, antes o después, la suerte de la República pasaba por
la derrota, por eso tuvo el acierto de crear un órgano de
asistencia a los exiliados y de dotarlo generosamente. Este
organismo de ayuda nació con la idea de ser unitario y sustituir
a otros como el Comité Nacional de Ayuda a España.

Sin embargo, en la historia del exilio ambos dirigentes
socialistas volverían a encontrarse, y Prieto le haría pagar a su
antiguo protegido todos sus “errores” y, finalmente, le
desbancaría de su posición de dirigencia del socialismo español.
En esto Prieto, además de su gran capacidad política, contó con
mucha suerte.

Escondite del tesoro

En efecto, a la vez que en Francia el Gobierno republicano
creaba el Servicio de Emigración de Republicanos Españoles
(SERE) para evitar que el recién reconocido Gobierno
franquista pudiera requisar los bienes evacuados, el gabinete de
Negrín decidió esconder parte del tesoro expatriado en el único
país que ofrecía unas garantías mínimas de seguridad, México.

Mientras en Francia por parte del SERE se hacía lo
materialmente posible para atender a los cientos de miles de
exiliados, entre otras cosas, preparando la emigración a
repúblicas americanas, especialmente a México, Negrín llamó a
un grupo de marineros fieles para una curiosa misión que
finalizó de una manera no menos curiosa.

México se había ofrecido para acoger a un gran número de
exiliados, era uno de los pocos países que había simpatizado con
la República y era lógico pensar en que era el mejor refugio
para parte de los bienes evacuados.

Negrín, desde sus días de ministro de Hacienda, contó con la
colaboración de los tripulantes de unos bous bacaladeros que la
República utilizó para transportar el oro del Banco de España
desde Cartagena a Odesa y otros servicios de guerra.

A estos marineros, en su mayoría de Lekeitio, se les unieron
dos lekeitiarras más en el transporte de los bienes republicanos
a México, José Ordorika y Marino Gamboa. El primero como
patrón y el segundo en calidad de armador, labor a la que se
dedicó durante toda la guerra transportando bienes para los
gobiernos vasco y republicano. En este caso de Gamboa se daba
la circunstancia de que tenía pasaporte estadounidense debido
a su origen filipino.

El barco que fletó Marino Gamboa para transportar el tesoro
republicano a México fue un yate de lujo al que se denominó
Vita.

El Vita llegó con algún susto a Veracruz, pero sin mayores
problemas. Los sustos y problemas se producirían en tierras
mexicanas.
El delegado negrinista encargado de hacerse con el cargamento
no se presentó en el puerto y el “secreto” de la operación si ya
era frágil en Europa antes de la partida del yate, en México se
volvió vox populi. Los responsables del Vita se asustaron y
contactaron con la personalidad republicana más importante
residente en la república azteca, Indalecio Prieto.

Este, valiéndose de las buenas relaciones con el presidente
Cárdenas y de las divisiones entre los exiliados, se sirvió del
tesoro del Vita para hacerse fuerte en el destierro español.
Convocó a algunas personalidades exiliadas en México y las
redujo a su favor.
Acto seguido, convocó a la Diputación Permanente de las Cortes
e hizo que se desdijera de lo acordado semanas antes cuando
había apoyado a Negrín además de que le apoyara en la
pretensión de crear un nuevo organismo de atención a los
exiliados españoles que se dio en llamar Junta de Auxilio a los
Republicanos Españoles (JARE).

De nada sirvieron las llamadas de Negrín para buscar una
solución consensuada en esta nueva crisis republicana pues
Prieto en ningún momento se mostró flexible a un acuerdo. El
orgullo herido del diputado bilbaino no atendió a razones y
rechazó todas las propuestas que le llegaron de Negrín. Prieto,
además, contó con el factor anticomunista a su favor. No solo
era él quien acusaba de filocomunista a Negrín.

El SERE estaba catalogado como tal, basándose en el
favoritismo por parte del SERE al PC y a los sectores
partidarios del antiguo presidente del Gobierno a la hora de
distribuir ayudas entre los exiliados. Este filocomunismo se
volvió en contra de Negrín y los suyos cuando en agosto de
1939 la URSS firmó un acuerdo de colaboración y de no
agresión con Alemania y a continuación atacó Polonia.

La reacción occidental fue declarar la guerra a Alemania y
perseguir al comunismo. En este contexto, la policía francesa
intervino las sedes del SERE y, finalmente, en la primavera de
1940, cerró sus instalaciones. Para entonces el organismo
negrinista había gastado más de 90 millones de francos en
atender a los exiliados españoles, mientras la JARE casi no se
había estrenado en la labor. Primero, porque se había
demorado su creación, segundo, porque no tenía la
infraestructura con que contaba el SERE y, en último lugar,
porque sus bienes estaban en América.

Para cuando se produjo la ocupación alemana de Francia en
junio de 1940, el SERE había sido intervenido y tenía muchas
dificultades para operar.
Además la nueva situación de ocupación hizo que Negrín se
tuviera que refugiar en Inglaterra, donde el Gobierno le era
hostil y donde poca labor política podía hacer pues había pocos
exiliados españoles.

Por el contrario, en México, Prieto contaba con grandes
cantidades de dinero, muchos exiliados y un Gobierno
favorable. Para cuando terminó la II Guerra Mundial y se
vislumbraron algunos rayos de esperanza para retornar del
exilio y derrocar la dictadura española, Prieto era el dirigente
exiliado más importante y obedecido por casi todos, excepción
hecha de los nacionalistas y comunistas y logró que se
cumpliera su voluntad de orillar a Negrín y a los comunistas.

Pero de poco sirvió todo aquello, la nueva situación
internacional de guerra fría favoreció a Franco y mantuvo
definitivamente en el destierro tanto a Negrín como a Prieto,
además de a la democracia.



martes, 11 de noviembre de 2014

EL GOLPE DE CASADO


EL GOLPE SEGÚN UN COMUNISTA

A comienzos de 1939 Cataluña cayó en manos de los nacionales y la desmoralización cundió en las filas republicanas. También eran muchos los que estaban cansados de resistir después de tres años de durísima guerra. Fue precisamente en esos momentos difíciles cuando se puso a prueba quién era la columna vertebral de la democracia, quién estaba dispuesto verter su sangre hasta la última gota en defensa del proletariado y, por el contrario, quién vacilaba, quién era propenso al compromiso y al pacto con los nacionales. Hacía ya tiempo que había pasado el momento de los desfiles felices del 18 de julio y llegaba el de las pruebas de fuego. Entonces se demostró que mientras el compromiso de los comunistas contra el fascismo era a vida o muerte, todos los demás querían rendirse y estaban incluso dispuestos a cualquier cosa con tal de acabar con una guerra que se les hacía ya larga y pesada.

Naturalmente que nada se puede oponer a la claudicación de los partidos republicanos burgueses que, por su naturaleza de clase, apreciaban más el bolsillo que los principios; tampoco se pueden oponer muchas objeciones a la socialdemocracia (PSOE y UGT) a quienes la III Internacional hacía diez años que acusaba de socialnacionales denunciando su propensión a servir en bandeja países enteros a la barbarie nacional. Pero quizá cabría esperar otra actitud de los anarquistas, que entonces, a diferencia de mayo de 1937 en Barcelona, ni siquiera tenían la justificación de intentar una revolución. Lo que demostraron año y medio después en Madrid fue su paso descarado a las filas de la contrarrevolución, expresada incluso en detalles tan nimios como la eliminación de la estrella roja de los emblemas del Ejército republicano.

Como cabía esperar, al final, en la guerra contra el fascismo sólo quedaron los comunistas al frente de las masas, del heroico Madrid republicano, y para tratar de encubrir su rendición, para salvar su responsabilidad histórica, los anarquistas han retorcido la historia de una forma inverosímil. En mayo de 1937 unos cuantos ya dieron un paso en falso, pero en marzo de 1939 su complicidad con los nacionales fue total y sin paliativos. Todas las frases que puedan imaginar jamás encubrirán unos hechos clamorosos por sí mismos.

El primer invento retórico para justificar su alineamiento con la contrarrevolución nacional es el intento por parte de Cipriano Mera (CNT) de llegar a un acuerdo con los nacionales que salvara a los cenetistas (pero sólo a los cenetistas) de la represión. Eso los anarquistas lo llamaban entonces -y lo siguen llamando hoy- una paz honrosa, un acuerdo que encubriera su rendición incondicional.

Ahora bien, independientemente de la opinión que se pueda sostener acerca de la necesidad de resistir a ultranza o de negociar una rendición, una cosa debe quedar clara: el único capacitado para negociar era el Presidente del Gobierno, Negrín, y cualquier otra cosa era una traición. Por lo demás Negrín ya había intentado negociar por varias vías y los nacionales le habían dejado siempre claro que no estaban dispuestos a ello en absoluto. ¿Lograrían otros lo que Negrín no había logrado? Evidentemente no. La negociación encubría una traición. A voz en grito Franco había repetido hasta la saciedad que no admitía condiciones, que jamás iba a pactar con nadie, y menos con ninguna organización antinacional vinculada, de cerca o de lejos, con el Frente Popular. No iba a pactar la paz y mucho menos iba a pactar una paz honrosa que permitiera a los anarquistas cubrir sus vergüenzas. Los nacionales ni siquiera iban a dar la oportunidad de largarse a los que desde hacía bastante tiempo -con el rabo entre las piernas- estaban desesperados por hacerlo. Su política era la de tierra quemada, la de arrasarlo todo. En noviembre de 1938 declaró que no podía tomarse en consideración la posibilidad de amnistía: Los amnistiados son hombres sin moral. Él creía en la redención mediante el castigo del trabajo; quienes no fueran ejecutados, tendrían que reeducarse en campos de trabajo. El 18 de febrero del siguiente año, volvió a descartar cualquier idea de paz condicional: Los nacionalistas han vencido -declaró- y, por lo tanto, los republicanos deben rendirse sin condiciones.

Los nacionales son así, siempre lo han sido y lo demás es vivir de ilusiones. Cualquier revolucionario lo sabe. Ahora bien, hay una cosa distinta: como buen nacional, Franco decía a los burgueses y a los oportunistas lo que éstos necesitaban para disimular su claudicación; se lo decía a los imperialistas anglo-franceses y, por su intermedio, se lo decía al coronel Segismundo Casado, que era quien estaba preparando la traición a la República en Madrid. Casado, Mera, Besteiro y demás capituladores no le hubieran podido servir Madrid en bandeja a Franco de no haber actuado con la excusa de una negociación.

Por si caben dudas, hay que recordar que Casado era un peón del imperialismo británico, y para que no nos acusen a los comunistas de ver fantasmas y conspiraciones por todas partes, tendremos que recodar algunos aspectos acerca de la persona que organizó el golpe que sirvió en bandeja Madrid a los nacionales y, por tanto, a las órdenes de quién se ponían aquellas organizaciones que, como PSOE, UGT y CNT, le secundaron. Esto es necesario hacerlo porque, en el colmo del engaño a sus afiliados, la CNT dijo entonces que las negociaciones con los nacionales se están verificando sin la menor influencia extranjera. También lo es para comprender las razones por las cuales los comunistas calificamos a la guerra civil como una guerra nacional revolucionaria.

Casado era masón y su política de conciliación con el fascismo en Madrid era la misma que los imperialistas anglo-franceses estaban poniendo en práctica en todo el mundo, cuya materialización más escandalosa fue el acuerdo de Munich, y si el objetivo en Europa era aislar a la URSS, el objetivo en España era aislar a los comunistas para eliminarlos con mayor facilidad. Ya en el mes de diciembre de 1938 Casado tuvo una entrevista con el cónsul inglés y luego una comida diplomática en Jaca para preparar la traición, aunque todo esto Joan Llarch lo presenta de una manera muy refinada: se trataba de pulsar la opinión internacional respecto a la guerra de España. Así presentan los hechos quienes se niegan a reconocerlos: quien dictaba la opinión internacional (a Casado, naturalmente) era el imperialismo británico, y por eso no se le ocurrió (a Casado, naturalmente) seguir sondeando la opinión de otros países, como la URSS sin ir más lejos. Ahora bien, en ciertas historias de nuestra guerra parece que era la URSS quien tenía invadida España con sus agentes, consejeros y militares...
Lo cierto es que Casado recibía órdenes de Denys Cowan, el oficial de enlace británico de la comisión Chetwode en Madrid y Cowan, estaba muy interesado en que prosperaran las negociaciones entabladas entre Casado y el gobierno de Burgos.

Por si no fuera suficiente, Casado también se carteaba con un viejo amigo suyo, el general nacional Barrón. A finales de enero de 1939, Julio Palacios, unos de los espías de la Quinta Columna en Madrid, agente del SIPM, recibió la orden de ponerse en contacto con Casado para ofrecerle garantías. El 1 de febrero Casado respondía literalmente a los nacionales: Enterado, conforme y cuanto antes mejor. Diez días más tarde, el coronel José Ungría, jefe del espionaje del gobierno de Burgos, recibe una nota de sus agentes en Madrid: Casado suplica que se respete la vida de los militares decentes. Naturalmente los comunistas no entraban en ninguna categoría de decencia y estaban destinados a ser degollados por unos o por otros, es decir, por los nacionales o por los capituladores. El 16 de febrero Casado envía otra nota al jefe del espionaje nacional en Burgos que deja pocas dudas: Espero la constitución de un gabinete Besteiro, en el cual [yo] ocuparía la cartera de Guerra. Si esto último no ocurriera, no importa, los barrería a todos. Naturalmente como en su traición Casado contaba con el apoyo de todos excepto de los comunistas, ese inciso final de la nota significaba que quienes iban a ser barridos no eran otros que los comunistas. A pesar de ello, la historia -contada al revés- nos presenta a nosotros, los comunistas, como los sanguinarios, y lo que en este caso es más grotesco: resulta que de seguir determinadas falsificaciones de los más evidentes hechos históricos, fueron los comunistas los que se rebelaron contra Casado. Así se expresa un anarquista como José Peirats en su libro La CNT en la revolución española, una expresión plenamente coincidente con la que luego utilizarían los nacionales para condenar a los republicanos por rebelión: defender la República el 18 de julio de 1936 es rebelión para los nacionales; seguir defendiéndola en marzo de 1939 también era rebelión, según los capituladores.

Los anarquistas no sólo traicionaron la causa antinacional en marzo de 1939 sino que décadas después, en el momento de escribir la historia, no fueron capaces de reconocerlo, y así Juan Gómez Casas afirma que Segismundo Casado era un hombre en quien la CNT-FAI tenían confianza; lejos de rectificar, treinta años después seguían con la misma postura, por lo que a la traición se le suma el engaño.

Por el contrario, desde tiempo atrás los comunistas desconfiaban de Casado, que se había opuesto a la ofensiva de Brunete en 1937. El diputado comunista Daniel Ortega, comisario del Quinto Regimiento en los primeros tiempos, que trabajaba en el cuartel general de Casado, había comunicado aquel mismo año al Partido Comunista las sospechas que tenía acerca de Casado. Sin embargo, Cipriano Mera dice en sus memorias -como luego han repetido todos los anarquistas- que él no sabía nada de todo eso y que si lo hubiera sabido hubiera actuado de otra forma... Tampoco sabía -ni supo nunca- que el coronel Muedra, que era su jefe de Estado Mayor, era un espía franquista. Mera no sabía nada de eso pero dio pábulo, como todos los demás anarquistas, a las mentiras lanzadas por otro cenetista colega suyo, el receloso e intrigante Manuel Amil, como lo llama Joan Llarch, acerca de que Negrín, con ayuda de los comunistas se aprestaba a dar un golpe de Estado en Madrid. Este era uno, entre otros, de los muchos bulos que para justificarse difundieron entonces y siguen difundiendo ahora los anarquistas, como aquel otro de que los comunistas habían acaparado 700 toneladas de dinamita para volar Madrid a la entrada de Franco para presentar su destrucción como una obra del fascismo.

Este tipo de sucesos son bastante frecuentes; el conocimiento es como todo: se sabe aquello que se quiere saber, mientras se hacen oídos sordos a lo que no gusta. Es la mejor manera de engañarse uno a sí mismo para engañar luego a los demás. El caso es que, una vez más, el bulo de que había que dar un golpe de Estado para adelantarse a los comunistas, que supuestamente querían hacer lo mismo, servía tanto a los nacionales como a los anarquistas y otras fuerzas republicanas. Por eso no puede sorprender que la figura de un anarquista como Cipriano Mera sea tan bien valorada entre los falangistas. Cabe añadir también que ese amor era recíproco, de manera que el anarquista Diego Abad de Santillán, después de alabar al jefe falangista Jose Antonio Primo de Rivera, se lamenta de no haber podido llegar a un acuerdo con él:
A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con Jose Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros [...] Españoles de esa talla, patriotas como él, no son tan peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera.
No es de extrañar que los nacionales agradezcan a los anarquistas su valiosa colaboración en acelerar la derrota de la República. Mera fue detenido por los vichystas en el norte de África y entregado a Franco, que ni le fusiló, ni tampoco le tuvo mucho tiempo en prisión, como a los comunistas. Salió en libertad en 1946.
De los cuatro cuerpos del ejército republicano central, tres estaban dirigidos por los comunistas: Barceló, Ortega y Bueno. Casado no contaba con fuerzas propias para dar un golpe de Estado; las de los burgueses republicanos o del PSOE eran irrisorias. Por tanto, sólo podía contar con los anarquistas del 4° Cuerpo de ejército que dirigía Mera, en su mayor parte luchadores abnegados y partidarios de proseguir con la resistencia. Fueron un puñado de traidores de CNT en Madrid, como García Pradas, Eduardo Val y Manuel Salgado, los que con mentiras y engaños impulsaron a los combatientes de Mera a enfrentarse a los comunistas y traicionar a la República que habían jurado defender. Además, los burócratas cenetistas ya se habían instalado en el exilio francés desde donde llegaron órdenes de Mariano Vázquez, su secretario general, para que sirvieran la victoria en bandeja a los nacionales, prepararan la evacuación de los dirigentes anarquistas y la carnicería contra los comunistas...

El 11 de marzo, en una reunión del Comité Nacional del Movimiento Libertario (que agrupaba a CNT, FIJL y FAI) Grunfeld habló de la definitiva eliminación de los comunistas, y Eduardo Val, representante libertario en el Consejo golpista de Casado, informó así a sus colegas de los acuerdos aprobados: Con relación a la aplicación de las penas de muerte dispuestas contra los elementos comunistas, se acordó que se ejecuten las que sean insoslayables, y que las demás pasen a estudio del Consejo nacional.

En Madrid tenía su destino otros de los generales republicanos que trabajaba para los nacionales y que tuvo un papel destacado en la traición final: Manuel Matallana, amigo íntimo del general Vicente Rojo. Él y el coronel Muedra, jefe de estado mayor de Mera y de Matallana, eran agentes franquistas emboscados. Del caso de Matallana no hay que dar muchas explicaciones porque así se calificó él mismo: En los Estados Mayores a los que he pertenecido siempre he hecho servicio de inteligencia (para el enemigo, naturalmente), lo que corroboró la sentencia del consejo de guerra a que fue sometido por los vencedores recién terminada la guerra:
Tanto la prueba testifical practicada como la documental aportada, aparece que el procesado es persona de antecedentes inmejorables de ideas derechistas, amante del orden afecto al parecer al MN (Movimiento Nacional). Según costa en lo actuado, a fines de 1937, el procesado estableció contacto con los representantes y agentes de la España Nacional en la Zona roja, procurándoles algunas informaciones, y siendo partidario de la rendición sin condiciones de la zona central, aún en poder de los marxistas, para lo cual trabajó intensamente y que a principios de 1939, procuró a un agente de la Zona Nacional un superponible de las fuerzas en línea y reserva de Ejército rojo, para que fuera pasado a la España Nacional y estas fuerzas pudieran atacar por donde mejor conviniera. También se ha puesto claro que el procesado reprimió la intentona comunista de 1939 y facilitó en gran manera la rendición total de la zona roja a la España Nacional.

Estas fueron las consecuencias de la complacencia de la República con los traidores que desde su mismo seno colaboraban con el enemigo, traidores que estaban en el ejército, en la administración, en los partidos, en los sindicatos y en el Frente Popular como una hidra venenosa a la que nadie fue capaz de poner freno. Todas las denuncias que al respecto lanzó el Partido Comunista quedaron como abominables intentos de purgas para quitarse de en medio a ciertos personajes y hacerse con el poder subrepticiamente. Aún estamos pagando muy cara aquella condescendencia, como lo pagaron los combatientes que cayeron en los campos de batalla, porque no se puede combatir al fascismo sin combatir a la vez a sus colaboradores encubiertos, a los pusilánimes y a los conciliadores que, como siempre, no se presentan a sí mismos como los traidores que son, sino con ropajes como los de la paz honrosa.
Tras lograr su propósito en Barcelona en mayo de 1937, el espionaje franquista siguió explotando la doblez de Casado, Matallana y otros oficiales, empleando para ello a intermediarios de confianza. A principios de febrero de 1939, Casado mantenía correspondencia regular con el coronel Ungría, jefe del servicio secreto de Franco en Burgos. El papel decisivo corrió a cargo del jefe de la red de espionaje en Madrid, Antonio de Luna. Julio Palacios, un agente de Luna, recibió la orden de ponerse en contacto en enero de 1939 con Casado a través de intermediarios. El coronel Bonel, en Toledo, también tuvo un papel importante en las negociaciones entre los conspiradores y Burgos.

Cuando Negrín regresó a Madrid el 12 de febrero, mantuvo una entrevista de cuatro horas con Casado, quien naturalmente le ocultó sus contactos con los nacionales y sus planes capituladores. Por su parte, Negrín le prometió a Casado que le ascendería a general y que la URSS había enviado 10.000 ametralladoras, 600 aviones y 500 piezas de artillería. Todo aquello estaba en Marsella y, a pesar de las dificultades, pronto llegaría a España.
Los comunistas de Madrid, como Tagüeña, Domingo Girón (el organizador local) y Pedro Checa, empezaron a hacer preparativos para enfrentarse a la conspiración militar. Una delegación del Partido Comunista visitó a Negrín quien reconoció que la única salida posible era proseguir la resistencia.
Dos líneas: resistencia o claudicación

A principios de 1939 se delinearon dos líneas muy claramente dentro de las fuerzas antinacionales: los partidarios de la resistencia y los partidarios de la claudicación. Los comunistas estaban entre los primeros, junto con otros, como fuerza más importante, mientras que puede decirse que todos los demás eran partidarios de llegar a algún tipo de componenda con los nacionales que les salvara de las represalias.
La caída de Catalunya justificó el que muchos dirigentes republicanos huyeran a Francia y ya no regresaran nunca más. Mientras, los veteranos oficiales comunistas del ejército del Ebro, regresaron de Toulouse a España para seguir la lucha.
Por lo demás, el intento capitulador no era otra cosa que el sálvese quien pueda, la desbandada: Casado trataba de proteger a los suyos, la CNT a los suyos y así sucesivamente. La conducta que todos ellos era pues insolidaria, individualista, burguesa y contrarrevolucionaria. Desde entonces llevan décadas tratando de justificar su vergüenza, afirmando que la resistencia no tenía ya ningún sentido y que la política del Presidente Negrín y los comunistas era una política suicida. Es lo que me dice mi abuela siempre que voy a una manifestación: que no sirve para nada porque no me van a hacer caso. Nada sirve para nada: reunirse es perder el tiempo, la lucha es estéril y el capitalismo es omnipotente. Lo mejor es quedarse en casa.
Pero los comunistas entendemos las cosas de otra manera y en nuestro combate no caben términos medios. Y esto no sólo durante unos pocos años, mientras todo va bien; no, nuestra lucha no acaba nunca y sean cuales sean las condiciones, por más imposible que parezca, nosotros tenemos que estar al pie del cañón, especialmente cuando todos se desmoralizan, cuando agachan la cabeza y se entregan.
Naturalmente los burgueses y los oportunistas no pueden entender esto y no vamos a tratar de explicárselo.
La guerra civil está repleta de biografías de personajes y personajillos, e incluso organizaciones enteras, la mayor parte de las cuales se acaban en 1939, incluso las de aquellos a las que se le llena la boca de frases ultrarrevolucionarias. Parece que para ellos la lucha contra el fascismo se acabó entonces; a partir de 1939 sólo queda el silencio en un exilio desde luego mucho más cómodo que el de los que se quedaron atrapados en el interior, que eran los obreros, las heroicas masas republicanas supervivientes de decenas de grandes batallas y bombardeos durante la guerra. Después de 1939, mientras los traidores se escondían, los comunistas seguimos en las trincheras, en Francia o en la URSS y de vuelta a España a la clandestinidad en la década de los años cuarenta, luego en los cincuenta... cuando verdaderamente el trabajo revolucionario se desenvolvía en condiciones difíciles y los revolucionarios de ocasión habían abandonado el barco (si es que alguna vez estuvieron en él) como las ratas.
Plantear la imposibilidad de resistir en febrero de 1939 es ocultar la verdadera situación militar: el general Miaja seguía controlando una tercera parte de España, incluida Valencia y contaba con cuatro ejércitos de 500.000 combatientes armados que no habían sido derrotados. No obstante, Miaja pensaba que tarde o temprano, las fuerzas republicanas serían derrotadas y, como Casado, también creía que lo mejor era que fuese lo más pronto posible. Para la burguesía golpista no tenía sentido prolongar lo que no consideraban más que una lenta agonía. Entonces, ¿por qué no haberse rendido mucho antes, por ejemplo el 19 de julio de 1939?
Esa estrategia formaba parte de la capitulación e interesaba a los propios nacionales más que a nadie. En primer lugar a los italianos, que una semana después de apoderarse de Madrid atacaban Albania. Como bien dijimos siempre los comunistas, España no era más que la primera línea de lucha contra el fascismo en todo el mundo. Entregar España era entregar el mundo entero, servir pueblos enteros en bandeja a los nacionales. En marzo de 1939 resistir tenía más significado que nunca porque había que preparar dos cosas fundamentales que, naturalmente, sólo podían estar en la cabeza de un revolucionario: había que prepararse para la clandestinidad, no sólo políticamente sino también militarmente porque sólo había acabado una batalla, mientras que la guerra debía continuar en forma de guerra de guerrillas. Esa estrategia de continuación de la lucha necesitaba tiempo, necesitaba resistencia, pero para quienes todo se había hundido ya, es lógico que estuvieran deseosos de abrir las puertas de Madrid a la barbarie.

El 16 de febrero Negrín se reunió con los dirigentes militares republicanos en Los Llanos, cerca de Albacete, y manifestó que no quedaba otra salida que la resistencia. El traidor Matallana declaró que era una locura continuar la lucha y los generales Menéndez, Escobar y Moriones, jefes de los ejéritos de Levante, Extremadura y Andalucía respectivamente, estuvieron de acuerdo con él. El almirante Buiza, comandante en jefe de la Armada, informó de que una comisión que representaba a las tripulaciones de la flota republicana había decidido que la guerra estaba perdida y que los ataques aéreos nacionales obligarían a la flota a abandonar en breve las aguas españolas, a menos que emprendieran negociaciones de paz. Negrín replicó a Buiza que los jefes de la comisión debían ser fusilados por amotinamiento. Buiza replicó que, aunque estaba de acuerdo con él, no lo había hecho porque compartía los puntos de vista de los amotinados. El coronel Camacho habló en nombre de las fuerzas aéreas y dijo que disponía de tres escuadrillas de bombarderos Natasha, dos escuadrillas de Katiuska y veinticinco aviones tipo Chato o Mosca y que aunque también era partidario de negociar la rendición, la aviación republicana tenía gasolina para continuar la guerra durante otro año más. Miaja pidió resistencia a ultranza, pero eran un mentiroso y formaba parte de los capituladores.
Todos aquellos oficiales que no confiaban en la victoria, en coherencia con su estado de ánimo, pudieron dimitir entonces y dejar la guerra en manos de otros. Pero no se trataba de eso: se trataba de favorecer los planes nacionales, se trataba de no hacer nada y no dejar que nadie hiciera nada.
Por supuesto, el coronel Ungría recibió en Burgos un informe completo sobre el contenido de la reunión convocada por Negrín en Los Llanos.
La desbandada

La conducta de Negrín era contradictoria: al tiempo que reafirmaba su decisión de resistir, no hacía nada para organizar la resistencia. La guerra podía continuar pero para ello eran necesarios preparativos que nadie puso en marcha. El único preparativo en marcha era la conspiración. Todo apestaba a desbandada, más cerca del mar y de la huida que del interior y las trincheras. La sede del gobierno republicano se trasladó a Elda, en la costa alicantina, muy lejos de Madrid. Pero para continuar la guerra había que estar en Madrid. La resistencia española pedía a gritos su Salvador Allende, alguien que no sólo hablara de resistir sino que empuñara el fusil en la primera línea de combate.
Entretanto, Casado proseguía sus negociaciones secretas con Burgos. Su plan -escribe Hugh Thomas- consistía en detener y entregar a Franco a muchos dirigentes comunistas, y llegó a pedir disculpas por no haber podido evitar la fuga de algunos de ellos.

El 20 de febrero Casado recibió la visita de un agente del servicio de información secreta de Franco, el coronel José Centaño de la Paz, que desde 1938 dirigía en Madrid una red de espionaje denominada Lucero Verde. Él y Manuel Guitián, que era agente del gobierno de Burgos, le visitaron, siendo recibidos con entusiasmo, dice Hugh Thomas. Casado les prometió entregarles todo el ejército del centro para el 25 de febrero. Entonces Centaño le entregó un documento en el que se garantizaba la vida de los oficiales de carrera del ejército republicano que depusieran las armas. Centaño había enviado a Burgos informes favorables sobre Casado, diciendo que era más anticomunista que nadie.
El 23 de febrero Casado prohibe la publicación del periódico comunista Mundo Obrero porque aparecía un manifiesto llamando a mantener la resistencia. Aunque el traidor intentó retirar todos los ejemplares, al día siguiente el manifiesto circuló de mano en mano.

A Franco le llegaban constantes informes procedentes del bando republicano revelando cuáles eran los puntos de menor resistencia en caso de que se lanzara un nuevo ataque. Los nacionales estaban al tanto de todos los planes republicanos, sobre todo los concernientes a la conspiración. No tenían que atacar, sólo esperar. En Burgos recibieron un nuevo mensaje de Madrid en el que les informaban de que al día siguiente se formaría una Junta golpista y que Besteiro y el coronel Ruiz-Fornells, jefe de estado mayor del ejército de Extremadura, se dirigirían a cualquier aeródromo que señalaran los nacionales para ultimar la rendición.

Casado reconoció ante Hidalgo de Cisneros que el representante británico en Madrid (posiblemente Denys Cowan) había efectuado todos los arreglos necesarios con Franco. También ingenuo, Hidalgo creía que Casado estaba contando fantasías, pero le dio cuenta a Negrín de los planes de Casado, que tampoco hizo nada esta vez. Como en el 18 de julio, se sabían los planes de antemano, pero hubo una falta absoluta de diligencia y de determinación.
Los golpistas se reparten los cargos

Desde la Alameda de Osuna, cerca de Madrid, Casado trasladó su cuartel general al Ministerio de Hacienda en la Puerta del Sol. Allí se reunió con Besteiro. La 70ª Brigada a las órdenes de Bernabé López, procedente del cuerpo de ejército de Mera, tomó posiciones en torno al edificio para proteger a los golpistas. Para entonces, dentro de su confusión total, los anarquistas pensaban más en combatir a los comunistas que a los nacionales. Aquellos que siempre aseguraron que el poder corrompe, se repartieron de antemano los cargos gubernamentales con los demás conspiradores, quedándose con dos ministerios, que ocuparon los militantes de CNT Gonzalo Marín y Eduardo Val. Además, Casado nombró alcalde de Madrid al anarquista Melchor Rodríguez, que antes había sido director general de prisiones. Finalmente, Casado permitió que le nombraran presidente de la Junta golpista aunque cedió inmediatamente el puesto a Miaja, ascendido a teniente general, una graduación que había sido suprimida por la República en 1931; Besteiro se nombró ministro de Asuntos Exteriores. Los otros miembros de la Junta golpista eran el socialista Wenceslao Carrillo, director general de Seguridad en tiempos de Largo Caballero, Antonio Pérez, de la UGT y los republicanos Miguel San Andrés y José del Río. Sánchez Requena, miembro del partido sindicalista de Pestaña, era el secretario. Al final, todas las organizaciones del Frente Popular, excepto los comunistas, dieron la espalda a la República y a seguir luchando por la democracia.

Fue el suicidio político de todos ellos, que difundieron por la radio un cínico manifiesto en la medianoche del 5 al 6 de marzo en el que, al estilo de mayo de 1937, también se autocalificaban de revolucionarios, proletarios y antinacionales, al tiempo que demagógicamente trataban de asumir las quejas de los madrileños: No puede permitirse que en tanto el pueblo lucha, combate y muere, unos cuantos privilegiados preparen su vida en el extranjero y, en el colmo de la desfachatez aseguraban que propugnaban la resistencia para no hundir nuestra causa en el ludibrio.

En esa misma alocución radiada Besteiro hizo una apología del golpismo al estilo nacional del 18 de julio, pidiendo el poder para el ejército (no concretó qué ejército), mientras Casado, al estilo de la reconciliación nacional, se dirigía tanto a los nacionales como a los antinacionales y decía algo verdaderamente canallesco en la boca de un agente del imperialismo británico: Queremos una Patria exenta de toda tutela extraña, libre de toda supeditación a las ambiciones imperialistas. También Cipriano Mera intervino por radio para respaldar la traición.
Como sucede siempre, ante la inactividad los golpistas se crecieron. Tras el golpe Matallana fue detenido en Elda, de manera que, cumpliendo cabalmente con su nuevo papel, Casado amenazó a Negrín que, si en el plazo de tres horas no ponía en libertad al espía franquista, fusilaría a todo el gobierno. En lugar de fusilar a su vez a Matallana, Negrín cedió al chantaje y liberó a Matallana.

Como en mayo de 1937 en Barcelona, la República continuó con su política de conciliación con los golpistas, el intento de convencerles, de esperar acontecimientos y de negociar para resolver las divergencias. Nadie fue capaz de detener y fusilar a Casado, ni siquiera los comunistas, que conocían los planes y no intervinieron con la suficiente antelación.
Ya lo criticó José Díaz desde la lejanía poco antes de morir. El Partido Comunista, escribió José Díaz, no dio a conocer a las masas la traición que se preparaba, para prepararse a su vez y hacerle frente enérgica y decididamente. El Comité Central del Partido Comunista celebró su última reunión en el interior, en la que Togliatti comenzó a expresarse de la manera vergonzosa que luego conocimos. Dijo a los pocos miembros que estaban presentes que la Junta golpista era el único gobierno de España, que oponerse a ella era lo mismo que emprender una nueva guerra civil y que el único recurso era tratar de salvar el pellejo, naturalmente de los dirigentes, ya que los militantes de base no tendrían opción. Se hizo público un manifiesto en este sentido redactado también por Togliatti. Pero lo preocupante no era sólo lo que se decía sino lo que ni se decía ni se hacía, que era preparar al Partido para la clandestinidad y, a la vez, preparar la guerra de guerrillas.

Como otras veces, los comunistas esperaron inútilmente instrucciones del gobierno y no actuaron por su propia iniciativa, como debieron. Esperaban al gobierno y el gobierno, a su vez, esperaba no se sabe muy bien qué. Castro Delgado y Delage salieron secretamente de Madrid para preguntar a la dirección del Partido Comunista si podían ordenar a las divisiones comunistas que marcharan sobre la capital. La única alternativa era emplear contra los golpistas a las divisiones comunistas situadas en torno a Madrid, apoyadas por unidades guerrilleras del 14° Cuerpo.
La semana comunista en Madrid

El proletariado combatiente madrileño, los cuadros comunistas y los militantes de base estuvieron muy por encima de muchos de sus dirigentes. Las divisiones comunistas que rodeaban Madrid conservaban la firme determinación de combatir hasta el final a pesar de (o más bien gracias a) que las comunicaciones con la dirección del Partido Comunista estaban interrumpidas. Mientras las ratas abandonaban el barco, en unas condiciones inimaginables, Madrid volvió a dar otra inolvidable lección de heroísmo, esta vez contra dos enemigos simultáneamente: los nacionales de Franco y los colaboracionistas de Casado. Era un inconveniente y una ventaja a la vez: ahora los comunistas luchaban sin el lastre de los oportunistas, contando únicamente con el entusiasta apoyo de las masas, dispuestas a resistir hasta el final.

Barceló movilizó a su 1er. Cuerpo de Ejército para cerrar todas las entradas de la capital. Ocupó lo que hoy es Nuevos Ministerios, entonces situados al final de la Castellana, así como el parque del Retiro y el antiguo cuartel general del ejército del centro en la Alameda de Osuna. Tres de los coroneles de Casado y un comisario socialista resultaron muertos. Los coroneles Bueno y Ortega enviaron tropas del 2º y 3° Cuerpos de ejército en apoyo de Barceló. De esta forma, la mayor parte del centro de Madrid quedó bajo el control de los comunistas. Sólo unos pocos edificios gubernamentales quedaron en manos de los traidores, totalmente rodeados.

Aunque tardía, la movilización de las fuerzas comunistas hubiera logrado parar el golpe de Estado de no ser por el apoyo de las tropas anarquistas de Cipriano Mera. Por la tarde, el 4º Cuerpo de Ejército de Mera se puso en marcha para liberar a los traidores, que se habían hecho fuertes en los suburbios de la zona sureste. Mera se convirtió en el hombre fuerte de los golpistas. Retiró fuerzas del frente para que acudieran a Madrid; para ellos era más importante luchar contra los comunistas que contra los nacionales. Su 12ª División ocupó Alcalá y Torrejón.

Durante todo el día 8 de marzo prosiguieron los combates en Madrid. Casado intentó detener al gobierno y a los dirigentes comunistas para ofrecérselos a Franco como trofeos. Allá donde triunfaron los golpistas, las oficinas del Partido fueron ocupadas y saqueadas; los comunistas fueron detenidos y entregados a los nacionales para que los fusilaran.
Pero lograron mantener el control de la capital durante toda una semana frente a todos los demás. El día 9 de marzo, Matallana dijo a uno de los agentes de Franco con los que estaba en contacto, que confiaba en que Franco lanzara una ofensiva general para impedir que Madrid cayera en manos de los comunistas. La extensión de la victoria comunista en Madrid era tan grande que, de haber actuado con decisión, hubieran podido resistir. Sin embargo, había mucha confusión y las únicos miembros del Comité Central que quedaban en España (Togliatti, Checa, junto con Jesús Hernández y el dirigente juvenil Fernando Claudín) perdieron durante muchas horas el contacto con los ejércitos de las afueras de Madrid, y durante algún tiempo estuvieron prisioneros del SIM en Monóvar.

Abandonados por sus dirigentes políticos y perdido el contacto con Togliatti en unos momentos trascendentales, perdieron la iniciativa. Sin dirección política, los cuadros militares comunistas casi parecían hallarse a la espera de ser derrotados, a causa de su indecisión. Surgieron dudas y esas dudas se transformaron en pasividad y tendencias a la conciliación en las propias unidades combatientes.
Además, sumándose a los golpistas, los nacionales reanudaron los ataques por la Casa de Campo en dirección al Manzanares. El 10 de marzo, los comunistas quedaron sitiados en la ciudad que ellos mismos habían tomado por asalto y sus dirigentes empezaron a hacer proyectos para la retirada. En esa situación, el coronel comunista Ortega se ofreció como mediador entre los dos bandos enfrentados en aquella nueva guerra civil. Casado vio la tabla de salvación que le tendían y aceptó la mediación. Esto quebrantó la voluntad de resistencia incluso en las propias filas comunistas.
El 11 de marzo, las unidades militares de la Junta golpista rodearon Madrid y los fuerzas comunistas fueron desalojados de sus posiciones. Al final, la mayor parte de sus comandantes fueron detenidos y algunos tuvieron que negociar con los traidores. El balance final de la semana fue de unos 250 muertos y unos 560 heridos.

Casado se comprometió a poner en libertad a todos los prisioneros comunistas que no fueran criminales. Los comunistas aceptaron el alto el fuego. Al parecer Togliatti, que había restablecido el contacto telefónico, exhortó a Barceló desde Alicante a que concertara un compromiso. El 12 de marzo, las fuerzas comunistas regresaron a sus posiciones del día 2. Pero nadie puede fiarse de los traidores: al día siguiente, un tribunal militar condenó a muerte a Barceló, a su comisario José Conesa y a otros comunistas. Las sentencias de Barceló y Conesa (militante de las Juventudes Socialistas y comisario del frente central desde octubre de 1936) fueron ejecutadas inmediatamente.

Los golpistas ordenaron que no se resistiera al avance nacional y permitirieron que todos cuantos lo desearan regresaran a sus casas. Se produjo una desmovilización caótica del ejército republicano.
Se preparaba una masacre. El avance del sanguinario Yagüe hizo 30.000 prisioneros. En su primer día en Madrid las hordas nacionales hicieron otros 50.000 prisioneros. Entre 10.000 y 20.000 antinacionales que estaban en el muelle de Gandía fueron abandonados a su suerte. Las escenas de pánico que suscitó la entrada de los nacionales fueron lastimosas. Hubo varios casos de suicidio.
Sólo en Madrid se habilitaron, además de las viejas, unas 30 cárceles, entre ellas campos de fútbol (Chamartín, Metropolitano y Racing de Vallecas), a las que habría que añadir las de los alrededores, como Alcalá de Henares o Torrijos.
Pero lo verdaderamente importante es que algunas cárceles no las había llenado Franco. Fueron los traidores los que convirtieron a Madrid en una ratonera al entregar las cárceles cerradas a Franco, llave en mano y repletas de antinacionales. Luego las sentencias de muerte fueron de unas mil cada día y los fusilamientos oscilaban entre 200 y 250 diarios.
Tratando de recuperar los galones

Pero para comprender la historia no basta detenerse en algunos de sus chispazos momentáneos, sino que hay que seguir el rastro hasta el final, que en el caso de Casado es muy ilustrativo: fueron sus patrones del Foreign Office británicos los que le sacaron de España por Gandía en el buque Galatea mientras los comunistas eran fusilados a millares en Madrid. Luego fue Gran Bretaña quien le acogió tras la guerra.
Pero Casado no necesitaba el exilio; no tenía nada que temer de los nacionales porque había sido uno de sus mejores colaboradores, así que regresó a España en 1961, siendo juzgado y posteriormente absuelto por un Consejo de Guerra. Él no era culpable de nada. Incluso intentó que se le reconociera su graduación militar y que se le permitiera el reingreso en el ejército nacional. Vivió hasta su muerte en Madrid, sin contratiempos.

viernes, 7 de noviembre de 2014

LA VOZ DEL DICTADOR


(Francisco Franco Bahamonde) Jefe del Estado español durante la dictadura de 1939-75 (El Ferrol, 1892 - Madrid, 1975). Nacido en una familia de clase media de tradición marinera, Francisco Franco eligió la carrera militar, terminando en 1910 sus estudios en la Academia de Infantería de Toledo.

Ascendió rápidamente por méritos de guerra, aprovechando la situación bélica de Marruecos, en donde permaneció destinado entre 1912 y 1926, con breves interrupciones: en 1923 era ya jefe de la Legión, y en 1926 se convirtió en el general más joven de Europa.

La brillante carrera de Francisco Franco continuó bajo distintos regímenes políticos: con la dictadura de Primo de Rivera llegó a dirigir la Academia General Militar de Zaragoza (1928); con la Segunda República participó en la represión de la Revolución de Asturias (1934), fue comandante en jefe del ejército español en Marruecos (1935) y jefe del Estado Mayor Central (1936). El gobierno del Frente Popular le alejó a la Comandancia de Canarias, puesto que ocupaba al estallar la guerra civil.

De ideas conservadoras, Franco valoraba sobre todo el orden y la autoridad. Desconfiaba del régimen parlamentario, del liberalismo y de la democracia, a los que creía causantes de la «decadencia» de España en el siglo xx; su postura era representativa del grupo de militares «africanistas» que veían en el ejército la quintaesencia del patriotismo y la garantía de la unidad nacional.

Por tales razones Franco se sumó, aunque a última hora, a la conspiración preparada por varios militares para sublevarse contra la República en julio de 1936 (el día 17 en la Península y el 18 en África, donde estaba Franco, razón por la que el régimen identificó más tarde esta última fecha -el Alzamiento- como su momento fundacional).

Fracasado el golpe de Estado, se abrió una guerra civil que duraría tres años y que llevaría a Franco al poder. Tras pasar el estrecho de Gibraltar al frente del ejército de África, Franco avanzó por la Península hacia el norte. El 1 de octubre de 1936, sus compañeros de armas, reunidos en una Junta de Defensa Nacional en Burgos, le eligieron jefe político y militar del bando sublevado.

Franco dirigió la guerra con criterios conservadores, muy alejados de la guerra rápida que propugnaban las doctrinas estratégicas modernas. La unidad impuesta en su bando contrastaba con los enfrentamientos que desangraban al bando leal a la República; la disciplina y la profesionalidad de sus fuerzas, con la politización y el voluntarismo de sus enemigos; si a esto se une la ayuda militar que le prestaron la Alemania nazi y la Italia fascista, puede explicarse la victoria que Franco consiguió en 1939 (1 de abril).

Terminada la guerra civil, Franco impuso en toda España un régimen de nuevo cuño, inicialmente alineado con los fascismos de Hitler y Mussolini, que eran sus aliados e inspiradores. A pesar de ello, no comprometió del todo a España en la Segunda Guerra Mundial (1939-45), pues, dada la debilidad en que se encontraba el país, no consiguió de Hitler las desmesuradas compensaciones que pretendía por su apoyo (entrevista de Hendaya); tan sólo envió tropas voluntarias a combatir junto a los alemanes contra la Unión Soviética (la División Azul). Terminada la guerra con la derrota de las fuerzas del Eje, aliadas de Franco, su régimen sufrió un cierto aislamiento diplomático, pero consiguió mantenerse, rentabilizando su anticomunismo radical en el contexto de la «guerra fría».

En lo político, Franco instauró desde el principio una dictadura personal de carácter autoritario, sin una ideología definida más allá de su carácter confesional (católico integrista), unitario y centralista (contra toda autonomía regional o reconocimiento de peculiaridades culturales), reaccionario y conservador (los partidos y los sindicatos de clase fueron prohibidos). Copió de sus modelos fascistas la idea de una jefatura carismática unipersonal (con el apelativo de Caudillo), de un partido único (el Movimiento Nacional) y de un vago corporativismo (sindicato vertical). La represión de la oposición fue feroz (con unos 60.000 ejecutados sólo entre 1939 y 1945, continuando las ejecuciones políticas hasta 1975).

En lo económico, optó por una política de autarquía que hundió a España en el estancamiento y el atraso, en contraste con la recuperación que vivía el resto de Europa; sin embargo, la necesidad de homologarse con los países occidentales y de reforzar la alianza con Estados Unidos le llevó a una progresiva liberalización económica a partir del Plan de Estabilización de 1959.

Los años sesenta -con los «planes de desarrollo» y la influencia política del Opus Dei- fueron de rápido crecimiento económico, industrialización, apertura y urbanización: las mejoras materiales facilitaron el mantenimiento de Franco en el poder, a pesar del creciente anacronismo de su régimen; pero también produjeron cambios sociales que hicieron inviable su continuidad una vez muerto el general.

Desde 1969 Francisco Franco había institucionalizado como sucesor al príncipe Juan Carlos, nieto del último rey de España (Alfonso XIII); tal previsión sucesoria se cumplió tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, pero no fue acompañada de una continuidad política, ya que, sin romper con la legalidad vigente, el nuevo rey promovió una transición pacífica a la democracia.

El franquismo puede definirse como un régimen autoritario –pero ni remotamente totalitario-- pragmático y ecléctico, flexible, con un liberalismo difuso bien expuesto por Solzhenitsin cuando visitó España, o por el ex stalinista Kolakowski debatiendo con laboristas ingleses sectarios e ignorantes.

Ecléctico porque en él convivían “familias”, de hecho una especie de partidos con diversas ideas y tendencias, que solo el prestigio, la autoridad y el respeto que inspiraba Franco podía mantener unidas (quienes más le respetaban eran sus enemigos: a ninguno se le pasaba seriamente por la cabeza que pudiera derrocarlo o hacer algo decisivo antes de su muerte).

Al principio, el franquismo pensó en institucionalizarse como un régimen superador tanto del marxismo como del liberalismo. Para ello necesitaba dotarse de una teoría sólida capaz de derrocar a aquellas, y a ese fin creó el Instituto de Estudios Políticos. El cual, por valiosas que fueran sus contribuciones parciales, nunca alcanzaría sus fines, como señaló Serrano Súñer.

Si el régimen pudo durar tanto en un entorno mayormente hostil, se debió a dos principios esenciales, mejor o peor aplicados, que definieron igualmente su actuación en la guerra: unidad de España y permanencia de su cultura católica. Pero si estos principios tan generals pudieron funcionar sin que sus “familias” los interpretasen cada cual a su manera y se disgregasen, se debió, hay que repetirlo, a la autoridad de Franco. Por eso no es exagerado llamar “franquismo” a aquel régimen.

El franquismo se autodefinió como “democracia orgánica” y como “católico”. La democracia orgánica no es una idea de Franco o de sus sostenedores, sino que tiene en España raíces tan distintas como la Institución Libre de Enseñanza, Ramiro de Maeztu o Salvador de Madariaga.

Ese tipo de democracia debía evitar los males del sistema de partidos, pero en realidad nunca funcionó ni sus instituciones, pronto burocratizadas, atrajeron a la mayoría de la población. Teóricamente sus votaciones serían más auténticas que en las democracias liberales, pero toda votación implica distintas alternativas, es decir, distintos partidos, se les llame como se les llame. El sistema podría funcionar en torno al Movimiento Nacional, pero este siempre dispuso de presupuestos muy pequeños, y Franco ni lo mencionó en su testamento.

En cuanto a su carácter católico, tuvo algo de suicidio. Durante largos años la Iglesia constituyó un apoyo práctico y de pensamiento esencial para el régimen, tanto en política interior como exterior. Pero el catolicismo no es una doctrina política, y después del Vaticano II, la Iglesia se hizo más enemiga que amiga del régimen... que la había salvado del exterminio. Privado de ese sostén, el franquismo ya no podía durar demasiado, y lo sorprendente es más bien lo que duró todavía.

Como dijo Ricardo de la Cierva, “Quienes estaban más obligados a defender la memoria de Franco no lo han hecho; o, peor aún, han emprendido para ello caminos equivocados, en política y en acción cultural, que han perjudicado la figura de Franco tanto o más que las actuaciones y tergiversaciones enemigas”. Esto es una gran verdad.

El franquismo puede y debe defenderse desde el punto de vista de su magna obra, la más importante y positiva para España en al menos doscientos años. No puede defenderse, en cambio, desde el punto de vista del pensamiento porque no existió un pensamiento franquista consistente, salvo retazos.

Entre los que hoy se declaran franquistas los hay católicos y otros que insisten en la conspiración judeomasónica; carlistas próximos al integrismo y a un foralismo medieval; falangistas que consideran joseantoniano al viejo régimen (la Falange fue solo un elemento del franquismo, y no el más importante); los hay que, en fin, esperan que surja un nuevo Franco que "arregle las cosas" con mano dura; etc. Evidentemente, con esos mimbres no saldrá nunca un buen cesto: son ideas demasiado simples para unos problemas complejos como los actuales..

Hay un elemento común a la mayor parte de estos “franquistas”: su mencionada creencia en una vasta, diabólica e inteligentísima conspiración judeomasónica (recuérdese que Franco, pese a hablar de ella, salvó a muchos judíos y no dudó en pactar con el masónico gobierno useño: poniéndonos en plan purista y conspiranoico, cabría sospechar que el propio Caudillo fuera un “infiltrado” de la secta). Creen que descubrir masones es el alfa y omega del pensamiento político. Obviamente existen conspiraciones, no solo masónicas, también católicas, liberales, comunistas y de todo tipo. En cierto modo la política es un conjunto de conspiraciones, de las que unas tienen éxito y otras no, unas en un momento y otras en otro.

Pero aún suponiendo que detrás de los males y retrocesos católicos se encuentran los masones, Bilderberg, etc., la cuestión es muy otra. A los masómanos les basta con descubrir una mano masónica aquí o allá para sentirse intelectualmente satisfechos. Pero cualquier persona seria no juzga porque tal o cual político sea masón, sino por el examen de sus propuestas y sus consecuencias prácticas. Y aquí los conspiranoicos tienen las de perder. Según ellos, los gobiernos de Usa han sido siempre masónicos.

El observador imparcial concluirá que entonces la masonería no puede ser tan mala, ya que ha llevado a Usa al primer rango del mundo en términos no solo económicos y militares, sino también culturales. Y al revés, la católica España ha sido durante siglos un país con enorme analfabetismo, desigualdad social y una cultura que desde mediados del siglo XVII ha perdido su originalidad y chupado rueda de otros países europeos. Si se identifica al franquismo con semejante “pensamiento”, el fracaso será total.

Así que va siendo hora de plantear la cuestión en otros términos:

A) El franquismo fue una auténtica bendición para España, pero no elaboró un pensamiento propio.

B) El franquismo debe defenderse en nombre de la verdad histórica y porque un pueblo que acepta un falseamiento sistemático de su pasado, como hoy ocurre, es un pueblo que se envenena a sí mismo y compromete su propia subsistencia.

C) Sin duda hay elementos del franquismo que, sin formar un sistema de ideas y prácticas, perduran de modo muy positivo y obstaculizan, hasta de modo inconsciente, las tendencias disgregadoras internas y las disolventes de un europeísmo banal.

D) Hoy se plantean a España y al mundo problemas muy distintos de aquellos que dieron lugar a la guerra civil, y es preciso analizarlos y proponer ideas también distintas. Tarea difícil y complicada, que no se resuelve con tópicos más o menos simples.

POR QUÉ GANARON LOS NACIONALES


¿Por qué los nacionales ganaron la guerra?

Es el último día de las operaciones militares de la Guerra de España. Empieza con una proclamación del general Yagüe, cuyas tropas pertenecen al ejército del Sur y que es difundida en nombre del general Franco:

“Rendirse a la patria victoriosa no es un deshonor. Sus dirigentes han huido. Es criminoso prolongar así un derramamiento de sangre sin futuro” dice el anuncio dirigiendose a los republicanos.

Yagüe ataca y los nacionalistas no encuentran ninguna resistencia. Todo el día, avanzan sin dificultad en la Sierra Morena, ocupando 2000 kilómetros cuadrados de territorio y haciendo 30 000 prisioneros.

En Madrid, el ejército se ve completamente dislocado. En la radio, las centrales sindicales de la CNT y de la UGT reclaman la tranquilidad y la disciplina. En la ciudad considerada como el frente y el teatro principal de los combates, ahora se van los combatientes, volviendo a sus casas y dejando sus armas.
“¡Un, dos, tres, Madrid de Franco es!”, así cae la capital española el 27 de Marzo de 1939 completando la conquista del país por los nacionalistas. El día siguiente, el Generalísimo difunde un comunicado en Radio-Nacional:

“Hoy, tras capturar y desarmar el ejercito rojo, las tropas nacionalistas han alcanzado su ultimo objetivo militar. Ya se acaba la guerra”.
Lo interesante con la Guerra Civil Española es que fue una guerra más bien ideológica y política que territorial. Es decir, dos rostros de España se enfrentaron en el campo de batalla de las ideas entre 1936 y 1939. Por eso, el triunfo nacionalista no solo representa la victoria de un ejército, sino también la consagración de cierta visión del mundo.

¿Como se puede explicar esa victoria? ¿Cuales fueron las condiciones que permitieron el triunfo nacionalista?

I. Un bando unificado

1. Cohesión ideológica

A pesar de una gran diversidad social y política en el bando nacionalista, sus miembros comparten algunos objetivos comunes: el odio para los comunistas y el antiliberalismo democrático. Todos tienen una concepción militarista de la vida política; consideran el ejercito como “la espina dorsal” de la nación.
Sin embargo, necesitan une gran movilización popular para controlar las diferentes facciones políticas de derecha y extrema derecha cuyas discrepancias y luchas intrínsecas podrían dividir, debilitar el movimiento. Para evitar esas derivas, la Junta decide apropiarse todos los símbolos de esas facciones, operando así una síntesis.

Quieren que nazca una identidad colectiva para asegurar una cohesión en el bando nacionalista.
Desde abril del 1937 (fecha de disolución de los partidos políticos), la Falange Española Tradicionalista y otros grupúsculos de derecha se ven agrupados en el seno de un partido único e unificador, el Movimiento que permite a Franco tomar el poder: el Movimiento Nacional es por cierto, el único partido autorizado en España en esa época.

El bando nacionalista sigue siendo sin embargo un conglomerado de partidos y organizaciones diversas: republicanos conservadores (CEDA,Confederación Española de Derechas Autónomas), católicos, falangistas, anticomunistas, monárquicos o carlistas. Sus ideologías a veces son competidoras u opuestas pero su característica comuna es la adhesión a una España tradicionalista basada en la religión católica. La Falange, fundada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera bajo la influencia del fascismo italiano, se presenta como una relectura del tradicionalismo. Otros elementos completan esa “ideología franquista”, como la evocación de un pasado glorioso y mítico, el espíritu de Reconquista de los Reyes Católicos, el antiliberalismo heredado del absolutismo de Fernando VII o el marxismo, el librepensamiento y la masonería que le daban asco al Caudillo. La influencia de la Falange es determinante durante el conflicto aunque el radicalismo sincero de sus primeros líderes desaparece con ellos en los combates.

2. Organización militar

Al principio, la organización del ejército nacional fue bastante problemática, porque no se había previsto una guerra civil de larga duración. Pero a medida que tienen lugar las batallas, los nacionalistas se organizan militarmente con una gran precisión y con racionalidad.

A mediados de agosto de 1936, menos de un mes después del alzamiento militar, Badajoz y otros pueblos republicanos caen en manos del ejército nacional. La rapidez con que cayeron una tras otra esas zonas de Extremadura y cerca del Tajo puede explicarse por el avance del Ejército de África de Franco compuesto por tropas entrenadas y curtidas en combate que eran los verdaderos profesionales durante los primeros meses de la guerra.

Con la fijación de los frentes de batalla a principios de agosto de 1936 quedó claro que los sublevados controlaban tres zonas distintas y desunidas entre sí. Por una parte el general Mola dirigía Ejército del Norte y las zonas a su control eran Galicia, Castilla la Vieja, La Rioja, Navarra y parte de Aragón. Al sur el general Queipo de Llano se encontró al mando de las importantes provincias de Sevilla, Córdoba, Granada y Cádiz. Y en la zona del Marruecos español habian las mejores tropas rebeldes al mando del general Franco. La principal tarea pues del ejército rebelde es tratar de unir sus fuerzas.

El historiador Pio Moa fue criticado por numerosos autores e historiadores (Javier Tusell, Paul Preston, Alberto Reig Tapia) porque no condena a Franco y a veces defiende muchos aspectos de su dictadura. Considera la corrupción como uno de los factores de la derrota republicana pero insiste también en lo militar. En su obra mayor, Los mitos de la Guerra Civil, escribe:

“Consistieron básicamente en la unidad de mando; en el mucho mejor empleo de la ayuda extranjera, pagada además en condiciones mucho mejores que la del Frente Popular y sin el componente de corrupción que tuvo éste; en su mejor utilización de la baza diplomática; y en el factor moral y religioso, muy movilizador entre grandes masas de la población. Además, Franco, por estas cosas y otras, demostró ser un militar brillante, capaz de superar la situación casi desesperada del principio y de transformar las ofensivas enemigas en contraofensivas demoledoras.”

La base de su producción intelectual es una trilogía sobre la Segunda República y la Guerra Civil Española en la que invirtió nueve años de investigación.
El piensa que una parte sustancial de la izquierda (los anarquistas, PCE, ERC y el sector del PSOE liderado por Largo Caballero) tenía un carácter bastante antidemocrático, ya que consideraba la República como una etapa indispensable antes de alcanzar su objetivo último de la Revolución Social. Considera que la situación de violencia callejera y el fervor revolucionario generó una respuesta simétrica en los sectores más radicales de la derecha y del ejército lo que resulto en la sublevación del 18 de Julio.

II. Un jefe absoluto

1. Una figura carismática

A finales de diciembre de 1936, Franco aparece como el maestro indiscutible del bando insurgente. La falta de liderazgo puede explicar en alguna medida la derrota de los republicanos. Por supuesto, hacer la guerra necesita organización, táctica y precisión; por eso los nacionalistas tomaban la ventaja sobre el bando republicano porque había en las altas esferas del ejército grandes estrategas como Queipo del Llano, Mola, Yagüe, o Sanjurjo que supervisaban el desarrollo de las batallas.

Pero más aun nada, la diferencia la hizo la presencia de Franco. El consiguió formar un consenso entre los nacionalistas; el escritor Brasillach escribe: “Los carlistas perdieron su pretendiente, el viejo Don Carlos, pero ya tienen Franco. Los Falangistas perdieron su jefe, José Antonio, el Ausente, pero tienen Franco. Los miembros de Acción Popular ya no creen en Gil Robles pero tienen Franco. A los monarquitas les falta un Rey, pero tienen Franco. Los católicos quieren volver a la tradición cristiana y Franco va a misa cada medio y Franco prohíbe la masonería. Los soldados quieren un jefe militar y Franco es el mejor táctico español”. El poder en el bando republicano se divide entre varias manos mientras que los nacionalistas lo confían a un solo hombre.

Franco llega a ser jefe del Estado, del gobierno, ministro de la Guerra, comandante Supremo de las tropas nacionalistas, jefe del partido único. No le falta nada. Suprime el derecho de huelga y hace ilegales los sindicatos. La organización, la estructura del Estado semi-fascista ya están listas. Alemania, Italia son los primeros países que le reconozcan, seguidos de Portugal, Japón y Hungría. Alfonso XIII decide legitimar a Franco, dándole su apoyo.
El Caudillo resume bien esa supremacía y dice: “la autoridad no se valora, se ejerce”.

2. El apoyo de la Iglesia

Además, Franco beneficio del aval de la Iglesia católica. La Iglesia católica, y más precisamente los miembros situados en posiciones jerárquicas altas supusieron un apoyo crucial para los nacionalistas. Los eclesiásticos, que ya se habían opuesto a los denominados “come curas incendiarios de iglesias” desarrollan un doble papel. El primero fue un papel de influencia – sobre todo en lugares rurales -.
No obstante cabe relativizar este aspecto dado que los curas, los miembros del clero más próximos del pueblo eran, en mayoría, de tendencia republicana. El segundo aspecto y sin duda el mas importante fue el de legitimizacion. La Iglesia, apoyando el pronunciamiento y el bando reaccionario fue participe de una “sacralización” de los valores franquistas.

La guerra civil se convierto en una guerra santa, en una cruzada cuyo enemigo eran los “rojos”. Fue de hecho la Iglesia la que nombrara a Franco “« Generalísimo Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios ».

III. El contexto internacional

1. La ayuda alemana e italiana

Como en cualquier guerra, el material militar fue determinante y fue sin duda una ventaja inestimable para los nacionalistas. Recibieron armas y fuerzas de Italia, que se llamaba el Corpo Truppe Voluntarie, con unos 50 000 voluntarios en 1937. Hubo una importante entrega de material: 700 aviones y 950 carros de combate.

El cuñado de Franco, Serrano Suner, era un gran admirador de Goering y pidió ayuda a la Alemania nazi para evitar que Italia tuviera el dominio sobre España. Así, Alemania envía 10 000 hombres en el conflicto; las fuerzas de combate consisten en unos carros y los aviones de la Legión Cóndor que permitieron el bombardeo de Guernica, ultimo símbolo de la victoria nacionalista a pesar de la indignación internacional.

También Franco recibió el apoyo de Salazar (Portugal), que envío una legión de 20 000 hombres, los Viriatos.

2. El final de las Brigadas internacionales

En 1939, durante los últimos meses de conflicto, la salida de las Brigadas internacionales que componían una importante cantera de fuerzas para los republicanos, fue una bendición para el bando sublevado. Se encontraban en una situación de superioridad en cuanto a los soldados, armas y apoyos.

A propósito de las Brigadas, Dolores Ibarruri, la Pasionaria dice como mensaje de despedida:

"Es muy difícil pronunciar unas palabras de despedida dirigidas a los héroes de las Brigadas Internacionales, por lo que son y por lo que representan.
Un sentimiento de angustia, de dolor infinito, sube a nuestras gargantas atenazándolas... Angustia por los que se van, soldados del más alto ideal de redención humana, desterrados de su patria, perseguidos por la tiranía de todos los pueblos...¡Camaradas de las Brigadas Internacionales! Razones políticas, razones de Estado, la salud de esa misma causa por la cual vosotros ofrecisteis vuestra sangre con generosidad sin límites os hacen volver a vuestras patrias a unos, a la forzada emigración a otros. Podéis marcharos orgullosos."

A pesar de ese homenaje, el perjuicio a los republicanos es enorme, y constituye un ganga para los nacionalistas; de cierta manera las debilidades de algunos permitieron el triunfo de los otros, y por eso, la Guerra de España parece a cualquier otra guerra.

La guerra fratricida que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939 fue un conflicto armado sin piedad pero también una gran confrontación ideológica; y esta, no se puede decir quien bando la gano.

Los nacionalistas gozaron de un contexto internacional favorable, ya que Europa estaba experimentando el fascismo, pero la movilización cultural e intelectual sin precedente que lograron crear los republicanos hizo nacer sin duda una verdadera afición para la libertad que permitió la impulsión democrática después de 40 años de dictadura.

jueves, 6 de noviembre de 2014

GENERALES DE FRANCO


CAMILO ALONSO VEGA (1889-1971)

Compañero de promoción y amigo íntimo del general Franco. En 1936 era teniente coronel de Infantería, jefe del batallón de guarnición en Vitoria, ciudad que sin dificultades se unió al alzamiento. Durante la contienda participó con indiscutible éxito en la mayor parte de las operaciones militares importantes, casi siempre al mando de tropas navarras, campaña de Bilbao, Santander, toma de Vinaroz y llegada al Mediterráneo, batalla de Brunete, batalla del Ebro, campaña de Cataluña. Terminada la guerra ocupa cargos políticos de responsabilidad. Consejero nacional de FET y de las JONS, procurador en Cortes, director general de la Guardia Civil, ministro de la Gobernación. En 1969 fue ascendido a Capitán General, dignidad militar solo alcanzada en vida por el general Franco y por Agustín Muñoz Grandes. Murió en 1971.

ANTONIO ARANDA MATA (1888-1979)

Nacido en Leganés. A los trece años ingresa en la Academia de Infantería de Toledo. Ya en Marruecos, como capitán de Estado Mayor, participa en diversas acciones y, en 1916, asciende por méritos de guerra a comandante. Es ya coronel en 1926 cuando finalizan las guerras de Marruecos. La Segunda República lo destina a la Primera Inspección del Ejército hasta octubre de 1934 cuando es designado junto a otros militares para que realice un denominado "Plan de Movilización y Defensa Militar de España cara a un posible alzamiento". Aplastada la revolución en Asturias, Aranda es nombrado comandante de la brigada de montaña de Asturias. En julio de 1936 el gobierno confía en Aranda pues el propio coronel garantiza telefónicamente su fidelidad a la República. Organiza un convoy de voluntarios obreros y sindicalistas para salvar al gobierno pero el transporte es detenido en León, previo aviso de Aranda, y sus principales responsables son fusilados. El 20 de julio se encierra en Oviedo con un puñado de falangistas y guardias de asalto. Resiste hasta octubre de 1936 en que recibe la ayuda de tropas gallegas. Laureado, tiene el mando de la 8ª División y posteriormente del Cuerpo de Ejército de Galicia al frente del cual llega a Valencia en 1939. Es nombrado capitán general de esa región. Ve declinar su estrella al declararse partidario de los aliados en la segunda guerra mundial. En 1943 se integra junto a otros generales en una conspiración contra Franco. Descubierta la trama es confinado en Mallorca pasando a la situación de reserva sin que pudiera ser reclamada su escala de ascenso a teniente general que sólo obtendría en 1976 ya muerto el general Franco.

CARLOS ASENSIO CABANILLAS (1896-1969)

Militar diplomado de Estado Mayor. Comprometido en la conspiración militar previa a la guerra civil, al producirse ésta procedió a la ocupación de la Alta Comisaría de Tetuán dominando fácilmente la situación. Después pasó a la Península comenzando una de las carreras militares más completas de toda la guerra. A las órdenes de Varela se puso al mando de la primera columna que desde Sevilla partió hacia Madrid. Participó en la toma de Badajoz, Toledo y Talavera de la Reina, intervino en las operaciones del frente de Madrid, especialmente en la ocupación de la Ciudad Universitaria, así como en las batallas de Brunete, Teruel, Valencia y ocupación de Barcelona. Terminada la guerra fue designado para ocupar el Alto Comisariado de España en Marruecos, después fue ministro del Ejército, jefe de Alto Estado Mayor, capitán general de Baleares, jefe de la Casa Militar del Jefe de Estado en otros muchos cargos. Teniente general y poseedor de la Medalla Militar Individual. Murió en 1969.

FERNANDO BARRÓN ORTIZ (1892-1943)

Perteneciente a Caballería. En 1918, ya capitán, pasó al grupo de regulares de Tetuán. Teniente coronel, el 17 de julio de 1936, estaba al frente del grupo de regulares de Melilla, ciudad que cayó en manos de los sublevados. En agosto operaba en Trujillo a las órdenes de Yagüe. Un mes más tarde mandaba una columna que entró en Toledo. Ganó la Medalla Militar Individual. A las puertas de Madrid, las fuerzas africanas de Barrón se estrellaron contra la desesperada resistencia republicana en los combates de la Ciudad Universitaria y de la carretera de La Coruña. En febrero de 1937 participó, al mando de una brigada, en la batalla del Jarama. Tras ascender a coronel, mandó la 13ª División con la que destacó en la batalla de Brunete, en la reconquista de Teruel y en las operaciones de Belchite. En 1938 cruzó el Ebro tomando Fraga y dirigiéndose sobre Lleida, ciudad que arrebató a las tropas mandadas por "el Campesino". Durante la batalla del Ebro detuvo en Gandesa la ofensiva republicana. Participó con el cuerpo de ejército marroquí en la ofensiva de Cataluña, entró en Barcelona y siguió combatiendo hasta la frontera francesa. Terminada la guerra ocupó diversos cargos militares, llegando a alcanzar el empleo de teniente general. Murió en 1943.

JUAN BEIGBÉDER ATIENZA (1888-1957)

Militar africanista, participó en numerosas acciones militares en Marruecos. En Africa alcanzó el grado de comandante. Tras la etapa marroquí fue desde 1929 agregado militar de la embajada de España en Berlín. En 1936 era teniente coronel y fue uno de los hombres clave en el dominio de Tetuán por los sublevados. Nombrado Alto Comisario de España en Marruecos, Beigbéder fue uno de los organizadores de la recluta de marroquíes que servirían de fuerzas de choque en las primeras etapas de la guerra civil. La etapa más relevante de su biografía la encontramos, no obstante, en los años posteriores a la contienda. El 9 de agosto de 1939 fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Beigbéder cesó en el cargo ministerial el 16 de octubre de 1940 para dar paso a Serrano Súñer. En 1943, siendo ya general, Beigbéder apoyó las iniciativas de Aranda y de otros militares, con vistas a la restauración de la monarquía aunque no se llegó a acción alguna que influyese en los acontecimientos.

ALFONSO BEORLEGUI CANET (1888-1936)

Teniente coronel de Infantería que el 18 de julio de 1936 se hallaba en Pamplona poniéndose inmediatamente a las órdenes del general Mola, el cual le encargó el mando de la Guardia Civil y la de Asalto (unos 2.000 hombres aproximadamente) y le nombró delegado de Orden Público de la citada ciudad. Poco después, y al mando de dichas fuerzas y de algunas milicias requetés se dirigió al País Vasco ocupando Irún y San Sebastián. Herido en el avance hacia el puente internacional de Irún falleció un mes más tarde.

ANNIBALE BERGONZOLI (1884-1973)

General del ejército italiano que tomó parte en la Primera Guerra Mundial (en cuya contienda tuvo numerosas condecoraciones) y en diversas operaciones militares en Tripoli, Libia, Etiopía, Somalia, Eritrea etc. A finales de 1936 fue enviado a España (donde fue conocido por el apodo de "Barba eléctrica") al mando de la División Littorio, compuesta por soldados italianos voluntarios, cuya unidad formaba parte del CTV y al frente de la cual intervino (casi siempre con éxito) en las campañas de Guadalajara, Santander, Aragón, Cataluña etc. Tras haber sido condecorado con la Medalla Militar Individual regresó a su país. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en diversas operaciones siendo hecho prisionero por los ingleses, conducido a diversos campos de concentración. Al concluir la contienda regresó a su país y reingresó en el ejército en el cual permaneció hasta su retiro. Fue presidente de la Asociación Nacional de Ex combatientes Italianos en España.

MIGUEL CABANELLAS FERRER (1872-1938)

Militar de Caballería. Cuando era comandante procedió a la creación de los Regulares, tropas marroquíes que colaboraban con el ejército español. En 1921, siendo ya general, participó en las operaciones de reconquista del territorio perdido tras el desastre de Annual. Al ser ascendido a general de brigada fue enviado a Menorca como gobernador militar. Primo de Rivera le pasó a la reserva en 1926 por lo que participó en el intento de 1929 de sublevarse contra el dictador. El 17 de abril 1931, Cabanellas fue nombrado capitán general de Andalucía. Después fue jefe de las fuerzas militares en Marruecos y más tarde sustituyó a Sanjurjo en la dirección general de la Guardia Civil. En 1934 fue diputado del Partido Radical. En julio de 1936 era jefe de la 5ª División Orgánica con base en Zaragoza donde el 19 de julio declaró el estado de guerra. Fue presidente de la Junta de Defensa Nacional que el 28 de septiembre de 1936 proclamó a Franco jefe de gobierno y Generalísimo. Posteriormente fue nombrado Inspector general del Ejército cargo que desempeñaba a su muerte.

ANTONIO CASTEJÓN ESPINOSA (1896-19??)

Comandante de Infantería, destinado en la Legión, que al estallar la guerra civil se alineó en el bando rebelde ocupando la Alta Comisaría de España en Marruecos sita en Tetuán. Se trasladó después en avión a Sevilla poniéndose acto seguido a las órdenes del general Queipo de Llano el cual le encomendó una veloz marcha por tierras del sur que le llevó a ocupar Morón de la Frontera, Utrera y Puente Genil. El 3 de agosto parte de Sevilla al frente de otra columna con la cual coopera en la ocupación de Badajoz. Después interviene en las operaciones del frente de Toledo hasta llegar al frente de Madrid donde fue herido de gravedad. Intervino, por último, en la batalla del Ebro en la que siendo ya coronel, tuvo el mando de una división integrada en el Cuerpo de Ejército de Andalucía, Ya en la paz alcanzó el generalato.

FIDEL DÁVILA ARRONDO (1878-1962)

Militar de Infantería, recibió su bautismo de fuego en la guerra de Cuba de cuya campaña regresó con una cruz de Mérito Militar. Desde entonces hizo su carrera encuadrado en el Estado Mayor. Siendo teniente coronel fue destinado a Marruecos. En 1929 ascendió a general de brigada y fue destinado a la VII Región Militar. Tras las reformas militares de Azaña, Dávila solicitó el pase a la reserva y se estableció en Burgos desde donde participó en la conspiración militar. En la noche del 18 al 19 de julio de 1936 se apoderó del gobierno civil de Burgos. Miembro de la Junta Nacional de Defensa. Presidente de la Junta Técnica del Estado, embrión de una Administración Pública en zona nacional y jefe de Estado Mayor del Ejército. A la muerte de Mola le sucedió en el mando del ejército del Norte. Bajo su mando se conquistaron Vizcaya, Santander y Asturias. Tras la campaña del Norte fue nombrado en febrero de 1938, ministro de Defensa Nacional en el primer gobierno de Franco, al mismo tiempo que ascendía teniente general. Preparó las operaciones que llevaron al aislamiento de Cataluña. Tomó parte en las operaciones del Maestrazgo, en la batalla del Ebro y en la conquista final de Cataluña. Cesado en el ministerio en agosto de 1939, pasó a mandar la Capitanía General de la II Región Militar y por segunda vez la Jefatura de Alto Estado Mayor. En julio de 1945 fue designado por segunda vez ministro del Ejército y en 1949 fue nombrado jefe de gobierno por espacio de nueve días. Cesado en julio de 1951 pasaba a engrosar el Consejo del Reino y nombrado presidente del Consejo Superior Geográfico. Murió en 1962.

OAQUÍN FANJUL GOÑI (1880-1936)

Militar. A los dieciséis años ingresa en la Academia de Infantería. En 1898 es destinado a Melilla y después a Cavite y Santiago de Cuba donde participa en la guerra hispano-norteamericana. De regreso a España, en febrero de 1905 se diploma como capitán de Estado Mayor. Toma posición política abiertamente conservadora. En 1918 ingresa en el Partido Maurista y se establece en Madrid. Sale diputado por Cuenca en 1919. Participa durante tres años en la guerra del Rif. En las elecciones de 1931 se presenta como independiente en Cuenca. En noviembre de 1933 es elegido nuevamente en la coalición con los agrarios de derecha y los cedistas. En 1934 se le nombra jefe de Estado Mayor. En el gobierno de Lerroux es designado subsecretario de Guerra. Con el triunfo del Frente Popular en 1936, desarrolla contactos con Mola y otros militares conjurados. Se le adjudica la zona de Madrid. El 19 de julio, vestido de paisano, se traslada al Cuartel de la Montaña. Tras dos días de asedio por elementos republicanos, el cuartel es tomado al asalto. Joaquín Fanjul es detenido y procesado en la sala sexta del Tribunal Supremo. Condenado a muerte, es fusilado.

ALVARO FERNÁNDEZ BURRIEL (1879-1936)

General de brigada de Caballería. En julio de 1936 se hallaba destinado en Barcelona. Puesto en connivencia con los militares que trataban de derrocar el régimen republicano, el 19 de julio se hizo cargo de la jefatura de la sublevación militar en Barcelona poniéndose a las órdenes del general Goded. Fracasada la rebelión y detenido por las autoridades republicanas, fue juzgado por un consejo de guerra y condenado a muerte siendo ejecutado en Montjuic pocos días después.

RAFAEL GARCÍA VALIÑO (1898-1975)

Militar de carrera brillante. Ingresó en la Academia de Infantería a la edad de quince años y en 1916, con el grado de teniente, se incorporó voluntario al ejército de Africa. Durante su permanencia en éste fue herido varias veces y ascendido a comandante por méritos de guerra. En 1935 cursó estudios en la Escuela Superior de Guerra y en 1936, mientras veraneaba en la costa vasca, estalló el alzamiento nacional. Pasó las líneas a pie hasta Pamplona para incorporarse al ejército de Mola. Al mando del tercio de requetés de Montejurra y más tarde de la 1ª Brigada Navarra, participó en la campaña del Norte. Ya coronel, jefe de la 1ª División de Navarra, intervino en la campaña de Aragón y sus tropas fueron las primeras, junto con las de Aranda, en llegar al Mediterráneo y cortar en dos la zona republicana. También participó en la ofensiva de Cataluña. Ascendido a general y finalizada la guerra, fue nombrado comandante general de Melilla y en 1942 jefe de Estado Mayor del Ejército. en 1947 fue ascendido a teniente general y encargado de la capitanía de la VII Región Militar. De 1951 a 1956 asumió la responsabilidad política del Alto Comisariado de Marruecos. En 1957 regresó a España y fue nombrado director de la Escuela Superior del Ejército y más tarde, capitán general de la I Región Militar, cargo que ocupó hasta 1964. Como general en activo más antiguo ocupó un sillón del Consejo del Reino, así como escaños en el Consejo Nacional del Movimiento y en las Cortes durante varias legislaturas. Murió en 1975.

MANUEL GODED LLOPIS (1882-1936)

Militar de Infantería. Hizo una brillantísima carrera en la campaña de Marruecos y en 1926 alcanzó el generalato. De acuerdo en un principio con la dictadura de Primo de Rivera, en sus postrimerías intrigó abiertamente contra el mismo. Al proclamarse la República, Azaña, que no le profesaba gran simpatía, le nombró Jefe de Estado Mayor Central del Ejército, cargo del que fue relevado a los pocos meses. Conspirador vocacional, estuvo presente en todos los movimientos que se gestaron para derribar a la República. Nombrado comandante general de las Islas Baleares, a raíz del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, mantuvo contactos con compañeros de conspiración encargándose de sublevar Mallorca y de trasladarse a Barcelona para encabezar allí el alzamiento. Efectivamente, llegado el momento, se rebeló en Palma y, una vez dominada la situación, se desplazó en hidroavión a Barcelona. Una vez allí destituyó y arrestó al general Francisco Llano de la Encomienda. Sin embargo el golpe fracasó ante la tenaz resistencia de las milicias anarcosindicalistas. Para colmo, la Guardia Civil se puso a las órdenes de la Generalitat. Goded fue detenido y obligado a radiar un mensaje en el que se instaba a los sublevados a abandonar las armas. El 11 de agosto de 1936 fue conducido a un consejo de guerra que lo condenó a pena de muerte. Al día siguiente fue fusilado en el castillo de Montjuic.

ALFREDO KINDELÁN DUANY (1879-1962)

Militar de Ingenieros y piloto aviador que hizo una brillantísima carrera en Marruecos alcanzando el generalato en 1929. Ayudante honorario de Alfonso XIII. Al advenimiento de la República se retiró voluntariamente del servicio activo acogiéndose a la llamada "Ley Azaña" y fijando su residencia en Suiza. Al estallar la guerra civil se puso inmediatamente a las órdenes del general Franco que le nombró jefe de las fuerzas aéreas nacionales, cargo que desempeñó durante toda la contienda. En septiembre de 1936 fue uno de los protagonistas más cualificados de la elección del general Franco como jefe supremo del bando nacional. Se enteró del bombardeo de Guernika al día siguiente de sucedido éste. No obstante, en mayo de 1939, terminada ya la guerra, despidió a la Legión Cóndor desde el aeropuerto de León en compañía del general Franco. En 1940 ascendió a teniente general y en 1942 fue nombrado capitán general de Cataluña. En 1946 suscribe un manifiesto junto a aristócratas, intelectuales, militares, ex ministros, etc... pidiendo la inmediata restauración de la monarquía lo que le cuesta temporal confinamiento en las Islas Canarias. Muere en 1962.

JOSÉ LÓPEZ-PINTO BERIZO (1876-1942)

Nacido en Cartagena, ingresa en la Academia General Militar en 1890. En 1896 es ascendido a Primer Teniente de Artillería. En 1921 ascendió a Teniente Coronel, (siendo en ésta época cuando protagonizó junto con otros compañeros la “Sublevación de los Artilleros”, en la que se negaban a ascender por méritos de guerra). En 1930 es nombrado Director del Parque de Artillería de Cartagena. También mandó las plazas durante el año 1931 de Granada y Murcia. Fue promovido a General de Brigada en Junio de 1932 y destinado al cargo de Comandante General de Artillería de la 3ª Región Militar y en 1933 General Gobernador Militar de la Plaza de Cartagena. En Febrero de 1936 con la entrada del Frente Popular fue destinado al cargo de General Gobernador Militar de Cádiz. El 18 de Julio de 1936 y de acuerdo con el General Queipo de Llano que en Sevilla declaró el Estado de Guerra, lo proclamó en Cádiz y su provincia, de acuerdo con las instrucciones del General Franco. A continuación sacó los Regimientos de Infantería y Artillería de Cádiz, hasta que, habiendo ordenado la salida del Castillo de Santa Catalina del General que allí se encontraba detenido por orden del Gobierno de España, D. José Enrique Varela Iglesias, le dio a éste el mando de esa columna operante para apoderarse del Gobierno Civil. Con éstas fuerzas más otras traídas de Algeciras se apoderó del Gobierno Civil. Rendido el Gobierno Civil y pacificada la plaza de Cádiz al amanecer del día 21 apareció sublevado el Arsenal de la Carraca y lo dominó a las 12 del mismo día. Se consiguió tomar los pueblos de la provincia de Cádiz, así como de la provincia de Málaga y limítrofes y todos estos hechos de armas bajo su dirección y mando, y así se continuó hasta que el 9 de Diciembre de 1936 recibió orden del General Franco de marchar a Burgos para tomar el mando de la 6ª División Orgánica. Desde allí dirigió todas las operaciones militares de dicha División hasta conseguir la rotura del cinturón de Bilbao y entrada en esta plaza el 17 de Junio de 1937. En todas dichas operaciones asistió y dirigió desde su puesto del Cuartel General, como también en las que llevaron a la entrada en Santander el 27 de Agosto de 1937. Con todo esto quedó constituida la 6ª Región Militar con sus 8 provincias, tomando el nombre de Región de Cuerpo de Ejército de Navarra y Capitanía General como lo era antes de la República en el año 1940. Formó parte de la Embajada extraordinaria enviada a Roma, con motivo de la Coronación de Su Santidad el Papa Pío XII en Marzo de 1939. Estuvo en posesión de 2 cruces de 1ª clase y otra del Mérito Naval, otra del Mérito Militar Blanca de Oficial, cruz de la misma orden de Coronel, Cruz Roja, Cruz de Guerra, Medalla de la Campaña, Medalla de Melilla con 5 pasadores, Medalla de Oro de Bilbao, Gran Cruz de San Hermenegildo, además de la Cruz y Placa, Grandes Cruces del Mérito Naval, del Aguila Alemana con Espadas, de la Corona de Italia y de San Silvestre del Vaticano. Distintivo del profesorado con una barra dorada (5 años) y 4 azules (4 años). Nunca sufrió correcciones ni estuvo separado del mando de tropas. Fue citado en Ceuta como distinguido en Kudia Federico, durante cuya acción tuvo una licencia de enfermo en el empleo de Capitán por haber padecido el tifus, siendo ésta la única ocasión que faltó del servicio durante los 50 años de servicio hasta su fallecimiento en 1942.

JOSÉ MILLÁN ASTRAY Y TERREROS (1879-1954)

Militar español. Ingresó muy joven en la Academia General Militar y participó en la guerra de Filipinas. Pasó a estudiar a la Escuela de Guerra donde se diplomó, siendo destinado como profesor a la Academia de Infantería. Poco después fue destinado a la policía indígena de Marruecos. Su actuación en Regaya (Larache) le valió el ascenso a comandante por méritos de guerra. Al fundarse la Legión Española fue jefe de la misma, recién ascendido a teniente coronel. Participó en numerosas acciones bélicas y resultó herido en cuatro ocasiones perdiendo un brazo y un ojo. En 1936 estaba en Argentina y volvió rápidamente a España, siendo nombrado director de Propaganda, Prensa y radio y jefe del Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria, siendo ya general de brigada. Obtuvo numerosas condecoraciones y tuvo un famoso incidente frente a Unamuno, el 12 de octubre de 1936, en la Universidad de Salamanca en el que el general mutilado replicó irritado:"¡Muera la inteligencia!... ¡Viva la muerte!". Murió en 1954 en Madrid.

EMILIO MOLA VIDAL (1887-1937)

Nació en Cuba. Su carrera militar fue en extremo brillante. Ingresó en la Academia de Infantería en 1904 y sirvió ininterrumpidamente en Marruecos donde consiguió cuatro ascensos por méritos de guerra hasta alcanzar el grado de general de brigada. También fue condecorado con la Medalla Militar Individual. Terminada la campaña de Marruecos, fue designado para el mando de Larache, puesto en el que cesó para ocupar la Dirección General de Seguridad en la cual permaneció hasta la proclamación de la República. Con motivo de la sublevación del general Sanjurjo en 1932 fue separado del servicio activo a pesar de no haber intervenido en los acontecimientos. Esta injusta sanción hizo nacer en Mola una creciente antipatía por Azaña que aumentaría con el tiempo. Amnistiado en mayo de 1934, fue nombrado jefe de la Circunscripción Oriental de Marruecos y comandante militar de Melilla. A la llegada al poder del Frente Popular fue trasladado a Pamplona. Fue entonces cuando creyó que la situación exigía una intervención del Ejército. Se entrevistó con otros militares de distinto grado y condición y se acordó preparar al ejército para un alzamiento militar. Tardó en decidirse a autonombrarse "Director" y sólo lo hizo cuando se convenció de que de no hacerlo se iría a un fracaso seguro. el 18 de julio inició la sublevación en la Península. Luego vendrían los éxitos y fracasos de la misma, la guerra, con sus imperiosas exigencias. En la acción militar pecó de excesiva cautela. Su progresión por Vizcaya fue de una lentitud exasperante, aunque en su descargo podría aducirse que carecía de reservas para hacer frente a una posible reacción enemiga o para explotar los éxitos de sus tropas de vanguardia. El 3 de junio de 1937, Mola, general en jefe del Ejército del Norte, decide visitar en avión el frente en Segovia donde se había producido un ataque republicano a cargo del general Miaja. El avión en el que viajaba se estrelló en el término de La Ida, municipio de Alcocero (Burgos) muriendo. A título póstumo le fue concedida la cruz laureada de San Fernando.

JOSÉ MONASTERIO ITUARTE (1882-1952)

Coronel de Caballería que al estallar la guerra civil se hallaba destinado en Zaragoza donde se alzó contra la República. Ascendido a general, pasó a ser jefe de la División de Caballería, cargo que ocupó a lo largo de toda la contienda y que simultaneó con el de jefe de las milicias y consejero nacional de FET y de las JONS. Presente en numerosas operaciones, derrotó a las fuerzas republicanas en el río Alfambra dirigiendo la que se considera última carga de caballería de la historia militar de España. En 1943, ya acabada la guerra, dirigió una carta junto a otros oficiales al general Franco en la que planteaba la necesidad de la vuelta a la monarquía. Murió en 1952.

JOSÉ MOSCARDÓ ITUARTE (1878-1956)

Militar de Infantería. Participó en la campaña de Filipinas y se curtió en las guerras africanas. En 1936, con el grado de coronel, era director de la Escuela de Educación Física de Toledo donde declaró el estado de guerra y, en la imposibilidad de dominar la ciudad, se retiró al Alcázar donde se encerró el 22 de julio con unos 1.250 hombres, 500 mujeres y 50 niños y un corto número de rehenes. La parte más importante de sus fuerzas estaba constituida por guardias civiles, oficiales, soldados y jóvenes militantes derechistas. Las milicias republicanas se estrellaron contra el Alcázar que resistió bombardeos de aviación, cañoneo de artillería y numerosos tanques. El 27 de septiembre las columnas nacionales llegaron por el norte. Al día siguiente, Moscardó se cuadraba ante Varela: "Mi general, sin novedad en el Alcázar". Ascendido a general y laureado con la Cruz de San Fernando, Moscardó mandó la división de Soria y, en 1938, el Cuerpo de Ejército de Aragón. Fue jefe de la casa militar de Franco en 1939, jefe de milicias de la FET y de las JONS en 1941, jefe nacional de deportes y capitán general de la II y IV regiones militares. Murió en Madrid en 1956.

AGUSTÍN MUÑOZ GRANDES (1896-1970)

Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1910. En 1915 fue destinado a Marruecos donde continuó hasta 1932. Durante su etapa africana obtuvo varias de las más altas condecoraciones y fue ascendido a comandante por méritos y servicios prestados en la campaña de Marruecos (1924) y a teniente coronel por méritos de guerra (1926). Tras el advenimiento de la República participó en la creación de la Guardia de Asalto. El levantamiento militar de julio de 1936 le sorprendió en Madrid donde fue detenido y encarcelado. Consiguió pasar a la zona nacional en marzo de 1937 y fue destinad a la 6ª Brigada navarra. Intervino en la campaña de Santander y Asturias. Ascendido a general de brigada, mandó una de las divisiones del Cuerpo de Ejército marroquí con el que participó en la ofensiva de Aragón y Levante. Al mando del Cuerpo de Ejército de Urgel tomó parte en la ofensiva de Cataluña. En 1939 fue designado ministro secretario general del Movimiento y jefe de milicias de FET y de las JONS. Cesó en marzo de 1940 y fue nombrado gobernador militar del Campo de Gibraltar. En 1941 ascendió a general de división. Ese mismo año, al constituirse la División Azul, fue designado como su comandante en jefe. Hitler le concedió la Cruz de Hierro, la Cruz de Caballero y las Hojas de Roble de la misma, y tras la victoria de los aliados, fue reclamado por el Tribunal de Nuremberg como criminal de guerra. Relevado del mando de la División Azul, regresó a España en diciembre de 1942. Fue ascendido a teniente general y se le concedió la Palma de Plata, máxima condecoración falangista. En 1943 fue jefe de la casa militar del Jefe de Estado. En 1945 se le confió la capitanía general de la I región militar puesto que desempeñó hasta 1951 en que fue nombrado ministro del Ejército. En febrero de 1957, al cesar de dicho cargo, fue ascendido a capitán general, grado que hasta entonces sólo ostentaba el Jefe de Estado. En 1958 fue nombrado jefe del Alto Estado Mayor y en 1962 vicepresidente del gobierno. Fue cesado en 1967 y en diciembre designado vicepresidente del Consejo del Reino. Falleció en Madrid el 11 de julio de 1970.

LUIS ORGAZ YOLDI (1881-1946)

Militar. Hizo sus primeras armas en la guerra colonial marroquí. Ascendido a general, conspiró contra la República siendo encarcelado y procesado por su participación en la intentona de Sanjurjo en 1932. En marzo de 1936 asistió a una reunión de la plana mayor de los conjurados. El gobierno le confinó en Canarias lo que le permitió colaborar activamente con Franco desde los primeros momentos de la sublevación. En septiembre de 1936, en Salamanca, fue uno de los generales que apoyaron incondicionalmente el nombramiento de Franco como jefe de gobierno y generalísimo. A finales de noviembre de 1936 tomó el mando de una división que atacaría infructuosamente Madrid a principios de febrero de 1937 en la cruenta batalla del Jarama. Al mes siguiente no logró respaldar eficazmente la descalabrada acción de las tropas italianas en Guadalajara, por lo que fue relevado del mando de fuerzas y pasó a la Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación, en la que, aplicando sus dotes de organizador, logró improvisar más de 50.000 oficiales para el ejército sublevado. En diciembre de 1938 Franco le puso al mando del Ejército de Levante. Al acabar la guerra fue nombrado hasta 1941 capitán general de Cataluña y entre 1941 y 1945 volvió a ocupar su antiguo cargo de Alto Comisario de España en Marruecos. Fue el primer firmante de la carta que el 8 de septiembre de 1943 fue enviada a Franco pidiéndole la restauración de la monarquía. En 1945 fue nombrado jefe de Alto Estado Mayor, cargo que ocupaba a su muerte.

GONZALO QUEIPO DE LLANO (1875-1951)

Ingresó en la Academia de Caballería de Valladolid y muy joven participó en la guerra de Cuba como oficial, también muy activamente en las de Marruecos. En 1930 formó parte, junto con Ramón Franco y otros oficiales, en la conspiración republicana, por lo que tuvo que refugiarse en Portugal hasta la proclamación de la Segunda República. Secundó las reformas militares de Azaña y ocupó cargos destacados, aunque estuvo al lado de la conspiración, en la que se integró plenamente tras entrevistarse con Mola. A primeras horas de la tarde del 18 de julio de 1936, tras sucesivos golpes de audacia, logró sublevar Sevilla y controlar la ciudad. El mismo día, a las diez de la noche, pronunció la primera de sus famosas charlas por radio, con las que intentaba amedrentar al enemigo utilizando un estilo directo y un lenguaje soez. Queipo actuó con gran independencia en Andalucía durante toda la guerra, hasta que en 1939 Franco consiguió enviarle a Italia al frente de una misión militar en situación de semidestierro. A su vuelta a España y hasta su muerte nunca ocultó su animadversión hacia Franco.

EDUARDO SÁENZ DE BURUAGA Y POLANCO (1893-1964)

Militar tradicional formado en la Academia de Infantería en la cual ingresó en 1910. Desde el primer momento de su vida castrense estuvo incorporado al ejército colonial de Marruecos donde participó en numerosas acciones militares. Por su comportamiento en los campos de batalla le fue concedida la Medalla Militar Individual. Su participación en la sublevación nacional fue decisiva para asegurar el control de Tetuán. Como coronel se hizo cargo en julio de 1936 del mando de las tropas sublevadas en dicha plaza. Tras el alzamiento ejerció durante unos días el cargo de Alto Comisario de España en Marruecos. Trasladado a la Península, al mando de sus tropas moras participó en la toma de Córdoba y en el avance hacia Madrid a lo largo del valle del Tajo. Intervino en el cerco de la ciudad y en las batallas del Jarama y Brunete. Participó también en la conquista de Teruel y en la ofensiva nacional del Ebro. Fue ascendido a general durante la campaña. Después de la guerra ocupó los cargos de gobernador militar de Madrid y del Campo de Gibraltar. Más tarde fue capitán general de Baleares y de Sevilla. Murió en Madrid en 1964.

ANDRÉS SALIQUET ZUMETA (1877-1959)

General de división de Infantería. Participó en las campañas de Cuba y Marruecos. Al proclamarse la República intervino en una serie de conspiraciones contra el nuevo régimen encargándose de sublevar la plaza de Valladolid, lo que consiguió. Al constituirse en Burgos la Junta de Defensa Nacional fue nombrado miembro de la misma y en septiembre de 1936 formó parte del grupo de generales que eligió al general Franco generalísimo. Durante la guerra desempeñó los cargos de jefe del I Cuerpo de Ejército y después el de jefe del Ejército del Centro hasta el final de la guerra. Ya en tiempos de paz fue ascendido a teniente general encargándose de la Capitanía General de Madrid y más tarde de la presidencia del Consejo Supremo de Justicia Militar. En 1943 firmó junto a otros generales una carta al general Franco aconsejándole que instaurara la monarquía. Murió en 1959.

JOSÉ SANJURJO SACANELL (1872-1936)

Se inicia en la guerra de Cuba como teniente y más tarde como capitán. Con la independencia de la isla vuelve a España y participa en la guerra de Marruecos. Al frente de la Comandancia General de Larache en 1922 organiza la investigación sobre los supuestos casos de corrupción de intendencia e intervención militares. Es nombrado Alto Comisario de España en Marruecos. En 1925 participa en el desembarco de Alhucemas. En 1927 da por terminada la campaña del Rif por lo que el rey Alfonso XIII le concede el 28 de marzo de 1931 la Gran Cruz de Carlos III. Sanjurjo era ya director general de la Guardia Civil. Tras las elecciones de abril de 1931 se pone, inesperadamente, a las órdenes del nuevo ministro de Gobernación de la República. Enfrentado con Azaña, por su política de reducción del ejército, tras los sucesos de Arnedo es sustituido en su cargo por el general Miguel Cabanellas pasando Sanjurjo a dirigir a los carabineros. El 10 de agosto de 1932 protagoniza en Sevilla un intento de sublevación contra la República que fracasa en toda España. Tras el fracaso Sanjurjo decide huir a Portugal. Es detenido en Huelva. Condenado a muerte, es indultado por Azaña y trasladado al penal de Dueso donde cumple condena. En 1934 es amnistiado marchando a Lisboa adonde va a buscarlo en 1936 Juan Antonio Ansaldo en su avioneta para trasladarlo a Burgos. Cuando despegan se produce el accidente del que Ansaldo sale ileso pero que acaba con la vida del general.

JOSÉ SOLCHAGA ZALA (1881-1953)

De familia militar, católica y carlista, ingresó en la academia a los quince años. Teniente a los dieciocho, soportó la monotonía de la vida de guarnición hasta 1909, en que, ya capitán, pidió destino en Marruecos. Participó en numerosas operaciones primero en Melilla y posteriormente en Larache y Tetuán. Ascendió a comandante por méritos de guerra y continuó en Africa hasta 1914 en que volvió a la metrópoli con tres cruces de mérito militar. En 1920 ascendió a teniente coronel, destinado a San Sebastián. En 1931 era coronel de guarnición en Pamplona. En tal destino se encontraba en 1934 cuando, al producirse la revolución de octubre, mandó una de las tres columnas que participaron en la toma de Asturias. Con el alzamiento el general Mola le encarga el mando de las fuerzas en Navarra. Allí organizó tres columnas que ocuparon Irún, San Sebastián y buena parte de Guipúzcoa en breve tiempo. En la primavera de 1937 tomó el mando de las brigadas navarras, auténtico núcleo de las fuerzas de Mola. Organizadas como cuerpo de ejército, llevaron el peso de las operaciones en el Norte. Con su ascenso a general, Solchaga participó después en la ofensiva de Aragón penetrando hasta el valle de Arán. Al iniciarse la campaña de Cataluña rompió el frente avanzando de manera incontenible. Sus fuerzas conquistaron Tarragona y Barcelona persiguiendo al desbandado ejército republicano hasta Port Bou. Terminó la guerra con el grado de general de división. Siendo ya teniente general, fue uno de los firmantes de la carta de septiembre de 1943 en la que se pedía a Franco la restauración de la monarquía. Posteriormente fue capitán general de Valladolid y de Barcelona en 1945. Cuatro años después pasó a la reserva hasta su muerte en 1953.

HUGO von SPERRLE (1885-1953)

Durante la Primera Guerra Mundial destaca al mando de su escuadrilla como uno de los "ases" del aire. Terminada la guerra permanece en el Reichwehr, el ejército reducido que se permitió que Alemania conservara. Ascendido a general, en octubre de 1936 Hitler decide enviar una agrupación aérea a España para ayudar al bando nacional. Sperrle llega a la Península al frente de la Legión Cóndor. Casi desde el primer momento, Sperrle mantiene una actitud hipercrítica sobre la forma en la que se lleva la guerra. Su acción más controvertida fue, sin duda, la referente al bombardeo de Guernika. El 31 de octubre de 1937 fue sustituido en el mando de la Legión Cóndor aunque el cese no parece que fuera debido a la destrucción de la ciudad vasca. Dirigió las operaciones aéreas en la batalla de Francia (mayo-junio de 1940), lo que le valió el ascenso a mariscal. Participó también en la Batalla de Inglaterra y en 1944-45 dirigió la defensa aérea del frente occidental. Fue juzgado por crímenes de guerra en Nuremberg. Absuelto de todas las acusaciones, falleció en Munich en 1953.

JOSÉ UNGRÍA JIMÉNEZ (1890-1968)

Militar profesional. Su carrera es bastante diferente a la de sus compañeros "africanistas". Cuando fue destinado a Africa su misión fue más específicamente diplomática que militar. Durante la guerra civil fue una de las piezas claves en la organización de la victoria. Nació en Barcelona. Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo con quince años. A continuación ganó las oposiciones para el ingreso en la Escuela Superior de Guerra y en septiembre de 1915 alcanzó el grado de capitán de Estado Mayor. De 1922 a 1924 realizó estudios en la Escuela Superior de Guerra de París. En septiembre de 1925 fue destinado al cuartel general del ejército francés en Marruecos. En 1927 ascendió a teniente general y en 1930 fue nombrado agregado militar en las embajadas de Francia, Bélgica, Holanda y Suiza con residencia en París. Con la llegada de la República la reforma azañista le retrotraería al grado de comandante aunque sería repuesto en su grado en 1934. Ese mismo año participó en la represión de la revolución de Asturias. Al producirse el levantamiento militar de 1936 residía en Madrid. Consiguió refugiarse en la embajada francesa hasta abril de 1937 que con el auxilio de la Marina francesa logró pasar al país vecino y luego a la zona nacional. Franco le encargó la reorganización del contraespionaje. Organizó el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) incorporándole grupos dedicados a pasar información a la zona nacional y coordinando la acción de la "quinta columna". A través de ésta estableció contacto con el coronel Casado desde principios de febrero de 1939. Después de la guerra desempeñó funciones depuradoras y de represión como jefe del Servicio Nacional de Seguridad. Más adelante fue nombrado director de la Escuela Superior Militar y gobernador militar de Madrid. Falleció en 1968 ostentando el grado de general de división de Estado Mayor.

JOSÉ ENRIQUE VARELA IGLESIAS (1891-1951)

Sentó plaza como soldado en 1909. A los dieciocho años ya estaba luchando en Africa volviendo tres años después a España para ingresar, ya como sargento, en la Academia de Infantería, de la que salió en 1915 con el grado de alférez. En 1920 ganó su primera Cruz Laureada de San Fernando. Al año siguiente mereció la segunda. Ambas le fueron impuestas por el rey Alfonso XIII en Sevilla. Ascendió a capitán por méritos de guerra. Después tomó parte en numerosas acciones bélicas. Siendo comandante participó en el desembarco de Alhucemas (1925). Ascendió poco después a teniente coronel por méritos de guerra y recibió la Medalla Militar Individual. Finalizada la guerra africana ascendió a coronel. De ideas monárquicas, el coronel Varela vio con la consiguiente reserva la instauración de la República y ya en 1932 participó en la sublevación del general Sanjurjo. Detenido, estuvo preso en Sevilla y después en Guadalajara hasta febrero de 1933. Metido de lleno en la preparación de la sublevación del 18 de julio de 1936, en esa fecha se sublevó en Cádiz y participó en operaciones en Sevilla, Córdoba, Antequera y Málaga. Mandó las columnas que levantaron el asedio del Alcazár. Participó en la batalla de Madrid, en el paso del Jarama así como en las batallas de Brunete, Teruel y el Ebro terminando la guerra civil como general de división. Varela fue quien impuso a Franco la Cruz Laureada de San Fernando. En agosto de 1939 se le nombró ministro del Ejército. Varela fue quien le entregó a Franco la carta en la que le indicaban la conveniencia de restaurar la monarquía. En 1944, tras sufrir un atentado falangista con bomba que causó setenta y cinco heridos dimitió de su cargo y en marzo de 1945 fue nombrado Alto Comisario de España en Marruecos. A su muerte fue ascendido a capitán general a título póstumo.

JUAN VIGÓN SUERODÍAZ (1880-1955)

Coronel del Cuerpo de Estado Mayor procedente de Ingenieros que tras su carrera en Africa fue nombrado ayudante de Alfonso XIII. Tras la proclamación de la República pidió el retiro del ejército acogiéndose a la "Ley Azaña" y trasladándose a Buenos Aires. Al estallar la guerra civil regresó a España poniéndose a las órdenes del general Franco e interviniendo en las campañas del Norte y después en Aragón y Cataluña. Al acabar la guerra alcanzó el grado de teniente general ocupando los cargos de jefe del Alto Estado Mayor, ministro del Aire, presidente de la Junta de Energía Nuclear y del Patronato del Instituto Nacional de Técnica Aeronáutica hasta su muerte en 1955.

HELMUTH VOLKMANN (1889-1940)

General del ejército alemán que en noviembre de 1937 asumió el mando de la Legión Cóndor al frente de la cual participó en numerosas operaciones en la guerra civil española, hasta que, a finales de 1938, regresó a su país. En diciembre de 1937 aconsejó al general Franco que renunciase a la reconquista de Teruel y relanzara una ofensiva sobre Madrid atacando desde Guadalajara, idea que no prosperó. Partidario de que la Legión Cóndor participase en el conflicto español perfectamente pertrechada de material y con los elementos humanos necesarios o que por el contrario fuese disuelta y retirada, viajó a Berlín con este propósito, obteniendo de sus superiores que se mantuviese al nivel que había llegado a alcanzar dicha unidad, nivel que había descendido notablemente a mediados de 1938.

JUAN YAGÜE BLANCO (1891-1952)

Nació en 1891. Ingresó muy joven en la Academia Militar y solicitó ser destinado al Ejército de Africa. Allí mandó tropas de regulares, fue herido varias veces y reiteradamente condecorado. En la academia conoció a Franco y en 1934, por indicación de éste, fue llamado para ponerse al frente de las tropas africanas encargadas de combatir el movimiento revolucionario de Asturias. Militante falangista de primera hora, amigo de José Antonio Primo de Rivera, su actuación política estuvo siempre en función de sus ideas y de una gran fidelidad a Franco, pero cuando ambas entraron en conflicto terminó por imponerse siempre la segunda. Participó en la sublevación de la plaza de Ceuta y, cruzado el estrecho, contribuyó a afianzar el dominio de Sevilla. De aquí salió para el norte y conquistó Mérida y Badajoz donde se desencadenó una dura represión contra los vencidos. YA coronel, continuó el avance hacia el norte a lo largo del valle del Tajo. Sin embargo, cuando Franco y Mola decidieron que las fuerzas de Yagüe se desviaran de su marcha hacia Madrid para liberar al coronel Moscardó, cercado en el Alcázar, Varela sustituyó a Yagüe por su desacuerdo con la decisión adoptada. Tuvo problemas políticos durante los sucesos contra el decreto de Unificación (abril de 1937), permaneció fiel a Franco y fue miembro de FET y de las JONS aunque un año más tarde, en un discurso pronunciado en Burgos, que le valió una sanción disciplinaria, intercedió en favor de Hedilla y sus seguidores detenidos. En julio de 1937 fue nombrado jefe del I Cuerpo de Ejército marroquí. Sus tropas entraron en Barcelona el 26 de enero de 1939. Terminada la guerra, fue ascendido a general de división y nombrado ministro del aire el 9 de agosto de 1939. Ascendido a teniente general en 1942, un año más tarde se hizo cargo de la Capitanía General de la VI región militar con sede en Burgos. Falleció en esta ciudad en 1952 siendo ascendido, a título póstumo, a capitán general.