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viernes, 7 de noviembre de 2014

POR QUÉ GANARON LOS NACIONALES


¿Por qué los nacionales ganaron la guerra?

Es el último día de las operaciones militares de la Guerra de España. Empieza con una proclamación del general Yagüe, cuyas tropas pertenecen al ejército del Sur y que es difundida en nombre del general Franco:

“Rendirse a la patria victoriosa no es un deshonor. Sus dirigentes han huido. Es criminoso prolongar así un derramamiento de sangre sin futuro” dice el anuncio dirigiendose a los republicanos.

Yagüe ataca y los nacionalistas no encuentran ninguna resistencia. Todo el día, avanzan sin dificultad en la Sierra Morena, ocupando 2000 kilómetros cuadrados de territorio y haciendo 30 000 prisioneros.

En Madrid, el ejército se ve completamente dislocado. En la radio, las centrales sindicales de la CNT y de la UGT reclaman la tranquilidad y la disciplina. En la ciudad considerada como el frente y el teatro principal de los combates, ahora se van los combatientes, volviendo a sus casas y dejando sus armas.
“¡Un, dos, tres, Madrid de Franco es!”, así cae la capital española el 27 de Marzo de 1939 completando la conquista del país por los nacionalistas. El día siguiente, el Generalísimo difunde un comunicado en Radio-Nacional:

“Hoy, tras capturar y desarmar el ejercito rojo, las tropas nacionalistas han alcanzado su ultimo objetivo militar. Ya se acaba la guerra”.
Lo interesante con la Guerra Civil Española es que fue una guerra más bien ideológica y política que territorial. Es decir, dos rostros de España se enfrentaron en el campo de batalla de las ideas entre 1936 y 1939. Por eso, el triunfo nacionalista no solo representa la victoria de un ejército, sino también la consagración de cierta visión del mundo.

¿Como se puede explicar esa victoria? ¿Cuales fueron las condiciones que permitieron el triunfo nacionalista?

I. Un bando unificado

1. Cohesión ideológica

A pesar de una gran diversidad social y política en el bando nacionalista, sus miembros comparten algunos objetivos comunes: el odio para los comunistas y el antiliberalismo democrático. Todos tienen una concepción militarista de la vida política; consideran el ejercito como “la espina dorsal” de la nación.
Sin embargo, necesitan une gran movilización popular para controlar las diferentes facciones políticas de derecha y extrema derecha cuyas discrepancias y luchas intrínsecas podrían dividir, debilitar el movimiento. Para evitar esas derivas, la Junta decide apropiarse todos los símbolos de esas facciones, operando así una síntesis.

Quieren que nazca una identidad colectiva para asegurar una cohesión en el bando nacionalista.
Desde abril del 1937 (fecha de disolución de los partidos políticos), la Falange Española Tradicionalista y otros grupúsculos de derecha se ven agrupados en el seno de un partido único e unificador, el Movimiento que permite a Franco tomar el poder: el Movimiento Nacional es por cierto, el único partido autorizado en España en esa época.

El bando nacionalista sigue siendo sin embargo un conglomerado de partidos y organizaciones diversas: republicanos conservadores (CEDA,Confederación Española de Derechas Autónomas), católicos, falangistas, anticomunistas, monárquicos o carlistas. Sus ideologías a veces son competidoras u opuestas pero su característica comuna es la adhesión a una España tradicionalista basada en la religión católica. La Falange, fundada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera bajo la influencia del fascismo italiano, se presenta como una relectura del tradicionalismo. Otros elementos completan esa “ideología franquista”, como la evocación de un pasado glorioso y mítico, el espíritu de Reconquista de los Reyes Católicos, el antiliberalismo heredado del absolutismo de Fernando VII o el marxismo, el librepensamiento y la masonería que le daban asco al Caudillo. La influencia de la Falange es determinante durante el conflicto aunque el radicalismo sincero de sus primeros líderes desaparece con ellos en los combates.

2. Organización militar

Al principio, la organización del ejército nacional fue bastante problemática, porque no se había previsto una guerra civil de larga duración. Pero a medida que tienen lugar las batallas, los nacionalistas se organizan militarmente con una gran precisión y con racionalidad.

A mediados de agosto de 1936, menos de un mes después del alzamiento militar, Badajoz y otros pueblos republicanos caen en manos del ejército nacional. La rapidez con que cayeron una tras otra esas zonas de Extremadura y cerca del Tajo puede explicarse por el avance del Ejército de África de Franco compuesto por tropas entrenadas y curtidas en combate que eran los verdaderos profesionales durante los primeros meses de la guerra.

Con la fijación de los frentes de batalla a principios de agosto de 1936 quedó claro que los sublevados controlaban tres zonas distintas y desunidas entre sí. Por una parte el general Mola dirigía Ejército del Norte y las zonas a su control eran Galicia, Castilla la Vieja, La Rioja, Navarra y parte de Aragón. Al sur el general Queipo de Llano se encontró al mando de las importantes provincias de Sevilla, Córdoba, Granada y Cádiz. Y en la zona del Marruecos español habian las mejores tropas rebeldes al mando del general Franco. La principal tarea pues del ejército rebelde es tratar de unir sus fuerzas.

El historiador Pio Moa fue criticado por numerosos autores e historiadores (Javier Tusell, Paul Preston, Alberto Reig Tapia) porque no condena a Franco y a veces defiende muchos aspectos de su dictadura. Considera la corrupción como uno de los factores de la derrota republicana pero insiste también en lo militar. En su obra mayor, Los mitos de la Guerra Civil, escribe:

“Consistieron básicamente en la unidad de mando; en el mucho mejor empleo de la ayuda extranjera, pagada además en condiciones mucho mejores que la del Frente Popular y sin el componente de corrupción que tuvo éste; en su mejor utilización de la baza diplomática; y en el factor moral y religioso, muy movilizador entre grandes masas de la población. Además, Franco, por estas cosas y otras, demostró ser un militar brillante, capaz de superar la situación casi desesperada del principio y de transformar las ofensivas enemigas en contraofensivas demoledoras.”

La base de su producción intelectual es una trilogía sobre la Segunda República y la Guerra Civil Española en la que invirtió nueve años de investigación.
El piensa que una parte sustancial de la izquierda (los anarquistas, PCE, ERC y el sector del PSOE liderado por Largo Caballero) tenía un carácter bastante antidemocrático, ya que consideraba la República como una etapa indispensable antes de alcanzar su objetivo último de la Revolución Social. Considera que la situación de violencia callejera y el fervor revolucionario generó una respuesta simétrica en los sectores más radicales de la derecha y del ejército lo que resulto en la sublevación del 18 de Julio.

II. Un jefe absoluto

1. Una figura carismática

A finales de diciembre de 1936, Franco aparece como el maestro indiscutible del bando insurgente. La falta de liderazgo puede explicar en alguna medida la derrota de los republicanos. Por supuesto, hacer la guerra necesita organización, táctica y precisión; por eso los nacionalistas tomaban la ventaja sobre el bando republicano porque había en las altas esferas del ejército grandes estrategas como Queipo del Llano, Mola, Yagüe, o Sanjurjo que supervisaban el desarrollo de las batallas.

Pero más aun nada, la diferencia la hizo la presencia de Franco. El consiguió formar un consenso entre los nacionalistas; el escritor Brasillach escribe: “Los carlistas perdieron su pretendiente, el viejo Don Carlos, pero ya tienen Franco. Los Falangistas perdieron su jefe, José Antonio, el Ausente, pero tienen Franco. Los miembros de Acción Popular ya no creen en Gil Robles pero tienen Franco. A los monarquitas les falta un Rey, pero tienen Franco. Los católicos quieren volver a la tradición cristiana y Franco va a misa cada medio y Franco prohíbe la masonería. Los soldados quieren un jefe militar y Franco es el mejor táctico español”. El poder en el bando republicano se divide entre varias manos mientras que los nacionalistas lo confían a un solo hombre.

Franco llega a ser jefe del Estado, del gobierno, ministro de la Guerra, comandante Supremo de las tropas nacionalistas, jefe del partido único. No le falta nada. Suprime el derecho de huelga y hace ilegales los sindicatos. La organización, la estructura del Estado semi-fascista ya están listas. Alemania, Italia son los primeros países que le reconozcan, seguidos de Portugal, Japón y Hungría. Alfonso XIII decide legitimar a Franco, dándole su apoyo.
El Caudillo resume bien esa supremacía y dice: “la autoridad no se valora, se ejerce”.

2. El apoyo de la Iglesia

Además, Franco beneficio del aval de la Iglesia católica. La Iglesia católica, y más precisamente los miembros situados en posiciones jerárquicas altas supusieron un apoyo crucial para los nacionalistas. Los eclesiásticos, que ya se habían opuesto a los denominados “come curas incendiarios de iglesias” desarrollan un doble papel. El primero fue un papel de influencia – sobre todo en lugares rurales -.
No obstante cabe relativizar este aspecto dado que los curas, los miembros del clero más próximos del pueblo eran, en mayoría, de tendencia republicana. El segundo aspecto y sin duda el mas importante fue el de legitimizacion. La Iglesia, apoyando el pronunciamiento y el bando reaccionario fue participe de una “sacralización” de los valores franquistas.

La guerra civil se convierto en una guerra santa, en una cruzada cuyo enemigo eran los “rojos”. Fue de hecho la Iglesia la que nombrara a Franco “« Generalísimo Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios ».

III. El contexto internacional

1. La ayuda alemana e italiana

Como en cualquier guerra, el material militar fue determinante y fue sin duda una ventaja inestimable para los nacionalistas. Recibieron armas y fuerzas de Italia, que se llamaba el Corpo Truppe Voluntarie, con unos 50 000 voluntarios en 1937. Hubo una importante entrega de material: 700 aviones y 950 carros de combate.

El cuñado de Franco, Serrano Suner, era un gran admirador de Goering y pidió ayuda a la Alemania nazi para evitar que Italia tuviera el dominio sobre España. Así, Alemania envía 10 000 hombres en el conflicto; las fuerzas de combate consisten en unos carros y los aviones de la Legión Cóndor que permitieron el bombardeo de Guernica, ultimo símbolo de la victoria nacionalista a pesar de la indignación internacional.

También Franco recibió el apoyo de Salazar (Portugal), que envío una legión de 20 000 hombres, los Viriatos.

2. El final de las Brigadas internacionales

En 1939, durante los últimos meses de conflicto, la salida de las Brigadas internacionales que componían una importante cantera de fuerzas para los republicanos, fue una bendición para el bando sublevado. Se encontraban en una situación de superioridad en cuanto a los soldados, armas y apoyos.

A propósito de las Brigadas, Dolores Ibarruri, la Pasionaria dice como mensaje de despedida:

"Es muy difícil pronunciar unas palabras de despedida dirigidas a los héroes de las Brigadas Internacionales, por lo que son y por lo que representan.
Un sentimiento de angustia, de dolor infinito, sube a nuestras gargantas atenazándolas... Angustia por los que se van, soldados del más alto ideal de redención humana, desterrados de su patria, perseguidos por la tiranía de todos los pueblos...¡Camaradas de las Brigadas Internacionales! Razones políticas, razones de Estado, la salud de esa misma causa por la cual vosotros ofrecisteis vuestra sangre con generosidad sin límites os hacen volver a vuestras patrias a unos, a la forzada emigración a otros. Podéis marcharos orgullosos."

A pesar de ese homenaje, el perjuicio a los republicanos es enorme, y constituye un ganga para los nacionalistas; de cierta manera las debilidades de algunos permitieron el triunfo de los otros, y por eso, la Guerra de España parece a cualquier otra guerra.

La guerra fratricida que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939 fue un conflicto armado sin piedad pero también una gran confrontación ideológica; y esta, no se puede decir quien bando la gano.

Los nacionalistas gozaron de un contexto internacional favorable, ya que Europa estaba experimentando el fascismo, pero la movilización cultural e intelectual sin precedente que lograron crear los republicanos hizo nacer sin duda una verdadera afición para la libertad que permitió la impulsión democrática después de 40 años de dictadura.

lunes, 13 de octubre de 2014

EL ASESINATO DE CALVO SOTELO


José Calvo Sotelo (Tuy, Pontevedra, 6 de mayo de 1893 – Madrid, 13 de julio de 1936) fue un político y jurisconsulto español, ministro de Hacienda entre 1925 y 1930 (durante la Dictadura de Primo de Rivera). En un exilio autoimpuesto evitó ser juzgado por sus responsabilidades como ministro de la dictadura durante los primeros años de la Segunda República; no obstante fue elegido diputado en todas las legislaturas, incorporándose a su escaño tras una amnistía durante el bienio radical-cedista en 1934.

Destacó como líder de las fuerzas que pretendían la instauración de una monarquía autoritaria corporativista, a través del partido Renovación Española, aunque no mantuvo muy buena relación con las otras fuerzas de la derecha: la mayoritaria, partidaria de contemporizar con la República (CEDA) y las más próximas al fascismo, como Falange Española. 

El intento de Alcalá Zamora de retrasar las reuniones de Cortes para que el nuevo ejecutivo tuviera tiempo de consolidarse antes de convocar elecciones fue hecho imposible por Calvo Sotelo, que denunció ante la comisión permanente de la Cámara la actuación del Gobierno y del Presidente de la República, con lo que obligó a éste a disolver las Cortes y convocar de inmediato los comicios. 

Ya antes de que se convocasen las elecciones de 1936 Calvo Sotelo pensó que era muy posible que se perdieran, y que en tal caso se produjera una sublevación militar, por lo que mantuvo una entrevista con Franco en la que le pidió que los militares se alzasen antes de la consulta electoral. "Yo lo que creo es que, en resumidas cuentas, el Ejército debe soportar lo que salga de las urnas", fue la respuesta del general. 


El resultado de la primera vuelta de las elecciones de 1936 fue adverso a las derechas, y las masas del Frente Popular se lanzaron de inmediato a la calle para celebrar el triunfo y poner en libertad a los encarcelados como consecuencia de la revolución de octubre de 1934. La situación del Gobierno de Portela no era fácil, pues si se reprimían los desórdenes podía haber víctimas mortales de las que se le pidiera cuentas cuando después de la segunda vuelta de las elecciones se reuniesen las Cortes y se formase un nuevo ejecutivo. Tanto Franco, como Gil-Robles, Calvo Sotelo y el propio Alcalá Zamora pidieron a Portela Valladares que se mantuviese en su puesto hasta pasada la segunda vuelta electoral, promulgando para ello, si era necesario, el Estado de Guerra, que es lo que se hizo en 1933; pero Portela optó por presentar su dimisión, por lo que el 19 de febrero Alcalá Zamora encargó a Azaña formar Gobierno. 

Una vez celebrada la segunda vuelta de las elecciones, la comisión de actas de las nuevas Cortes procedió a estudiar la forma en que se habían desarrollado los comicios en cada circunscripción, y anuló numerosas actas de las derechas, incrementando así el Frente Popular su mayoría parlamentaria. Entre las actas que inicialmente se proponían anular las izquierdas se hallaban las dos obtenidas por Calvo Sotelo, pero la enérgica defensa que hizo éste ante la cámara, y las presiones ejercidas sobre Azaña por varios políticos del centro y de su propio partido (especialmente Mariano Ansó), hicieron que la comisión cambiase su primer dictamen y que pese a la oposición de socialistas y comunistas, y de los gritos de "¡Justicia para los asesinos del pueblo!" lanzados por la Pasionaria, el acta se aprobase por ciento once votos contra setenta y nueve. 


El ejemplo sirvió para que también se respetase el acta de Gil-Robles por Salamanca, igualmente cuestionada, pero entre las anuladas quedó la de Antonio Goicoechea, jefe de Renovación Española, lo que aumentó el protagonismo de Calvo Sotelo, que pasó a convertirse en el jefe parlamentario de la minoría monárquica. Cuando el 15 de abril Azaña compareció ante las Cortes para defender su programa de Gobierno, el primero de los discursos de réplica corrió a cargo de José Calvo Sotelo, quien hizo una relación de incidentes acaecidos desde las elecciones de febrero, afirmando que habían causado más de cien muertos y quinientos heridos. Acto seguido señaló las diferencias existentes en el seno del Frente Popular, donde coexistían elementos burgueses y marxistas, y pidió a Azaña que se esforzase en conseguir el mantenimiento del orden, petición en la que fue secundado por un durísimo discurso de Gil-Robles. 


La respuesta de Azaña dejó en evidencia que el Gobierno estaba dispuesto a primar la cohesión del Frente Popular sobre el mantenimiento del orden. Dada la censura a que se veía sometida la prensa, la reproducción de los discursos de Calvo Sotelo sobre las perturbaciones del orden público (táctica en seguida copiada por Gil-Robles) era la única forma de que los periódicos de derechas dieran a conocer a sus lectores lo que ocurría en España. Unido ello a sus reiteradas incitaciones para que el ejército, "columna vertebral de la patria", restableciese el orden que, a su juicio, el Gobierno no podía o no quería imponer, el ex-ministro se convirtió en el centro de los ataques de la izquierda, siendo además uno de los políticos derechistas cuyos teléfonos estaban intervenidos por orden de Azaña.


En la sesión parlamentaria del 16 de junio, José Calvo Sotelo protagonizó unos enfrentamientos verbales muy acalorados y polémicos con Casares Quiroga, Presidente del Gobierno y Ministro de Guerra. Calvo Sotelo comenzó ofreciendo su opinión sobre el desorden económico y el desorden militar que, a su juicio, imperaban en España. El líder monárquico se opuso a las huelgas, a los cierres patronales, a las "fórmulas financieras de capitalismo abusivo", a la "libertad anárquica", defendiendo que la "producción nacional" está por encima de todas las clases sociales, partidos e intereses. Concluyó su alegato sobre la organización social y económica del Estado, afirmando que si esa idea de Estado era la de un estado fascista, él mismo se declaraba como tal. 


Puesto que Casares Quiroga había anunciado medidas para tratar de controlar el Ejército, Calvo Sotelo expresó veladamente la posibilidad de un golpe de Estado militar, afirmando que sería "loco el militar que no estuviese dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si esta se produjera", palabras que generaron grandes protestas. El presidente de las Cortes, Martínez Barrio, le advirtió de que no hiciese "invitaciones" que pudiesen ser "mal traducidas", pero Calvo Sotelo insistió en demostrar que las autoridades daban un trato preferente a las milicias del Frente Popular frente al ejército y las fuerzas de seguridad. 

En la contestación a Casares, Calvo Sotelo afirmó que la afirmación del presidente del gobierno de hacerle "máximo responsable" de una posible sublevación, eran "palabras de amenaza" en las que se le había convertido en sujeto no solo activo, sino pasivo, de hechos que decía desconocer. Sin embargo, acto seguido afirmó que aceptaba "con gusto" las responsabilidades que se pudiesen derivar de sus actos, si eran para el bien de su "patria" y para "gloria de España", tras lo cual lanzaría una advertencia a Casares para que también midiese sus responsabilidades, puesto que en sus manos estaría el "destino de España": "Yo tengo, Sr. Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, Sr. Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de S.S. Me ha convertido su señoría en sujeto, y por tanto no sólo activo, sino pasivo de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Bien, Sr. Casares Quiroga. "Lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria (exclamaciones) y para gloria de mi España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: 'Señor, la vida podéis quitarme pero más no podéis". Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio. (Rumores.). Extracto del Diario de Sesiones de las Cortes Españolas del 16 de junio de 1936. 


La diputada del Partido Comunista de España Dolores Ibárruri (conocida como Pasionaria) afirmó en esta sesión, refiriéndose a Calvo Sotelo y Martínez Anido, que era una vergüenza que en la República todavía no se les hubiese juzgado, refiriéndose a sus responsabilidades como ministro de la dictadura de Primo de Rivera y como organizador de la guerra sucia contra el sindicalismo anarquista, respectivamente. Tarradellas, en una entrevista, acusó también a Dolores Ibárruri de exclamar en esta sesión, dirigiéndose al diputado monárquico: "Este hombre ha hablado por última vez". 


El 12 de julio de 1936, José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto y militante socialista fue asesinado a tiros en la puerta de su casa. En respuesta a este asesinato, los compañeros de Castillo asesinaron a José Calvo Sotelo. 


Según la declaración de Serrano ante los tribunales franquistas de la Causa General, el 2 de febrero de 1942, Aguirre habría transmitido a los nuevos escoltas, en nombre de Alonso Mallol, que en caso de atentado contra Calvo Sotelo, no debían protegerle, solo simular que lo hacían en caso de ser en un sitio céntrico, o rematarle en caso de ser en un descampado y la agresión fracasara.32 Según la declaración de Joaquín Bau Nolla para la Causa General, las nuevas instrucciones habrían escandalizado a Serrano de la Parte, quien el 7 de julio se entrevistaría con él ya que era íntimo amigo de Calvo Sotelo. En su libro de memorias, Gil-Robles afirma que Bau habría informado a Calvo Sotelo de que conspiraban para asesinarle, y éste se lo habría comentado a él, quien afirma que también tenía noticias similares sobre su propia escolta. Gil-Robles le habría aconsejado cambiarse de escolta en unas declaraciones de las que presumiblemente fue testigo Ventosa y en las que se advertía que se pretendía dejar impune el asesinato. 


El día 8 Calvo Sotelo cambiaba de escolta, aunque al parecer no estaría esta formada por agentes de su confianza. Julián Cortés Cavanillas, ex-vicesecretario general del partido conservador Renovación Española, declaró en su libro sobre la muerte de Calvo Sotelo, que fue a visitarlo el 10 de julio para advertirle de un supuesto plan de asesinato que un agente suyo infiltrado en las filas del PSOE habría descubierto. Julián Cortés afirma en su libro que le pidió a Calvo Sotelo que aceptase una guardia personal de jóvenes paramilitares de su partido, pero que este lo rechazaría porque creía que era inútil, ya que supuestamente veía más probable que lo asesinase el gobierno a que lo hiciese un partido de izquierdas y que los guardias personales no podrían ir armados ya que serían detenidos por los propios agentes de la Policía que le daban escolta. El 12 de julio de 1936, asesinan al teniente José del Castillo. Auxiliado por el periodista Juan de Dios Fernández Cruz, que casualmente pasaba por el lugar, es trasladado a una casa de socorro cercana donde ingresa cadáver. Clara Campoamor no consideró especial dicho asesinato, al que calificó como un episodio más en la lucha entre radicales que actuaban al margen de la ley.


Sin embargo, sí consideró importante que, para vengar su muerte, los compañeros de Castillo asesinasen al jefe de una minoría parlamentaria, algo que hasta entonces no había ocurrido durante la Segunda República. Algunos compañeros de José Castillo, como Fernando Condés, juraron vengarse y organizaron un grupo con el propósito, al parecer, de matar al líder de la CEDA José María Gil-Robles. En una camioneta, y junto a algunos guardias de Asalto, subieron media docena de militantes del PSOE, en su mayoría pertenecientes a La Motorizada, milicia paramilitar de los socialistas madrileños, que no se había integrado en las Juventudes Socialistas Unificadas, y que estaba alineada con el sector de Prieto, a quien daba servicio de escolta. Según la declaración de José del Rey ante los tribunales franquistas, dos de los militantes de La Motorizada que marchaban en la camioneta eran Francisco Ordóñez y Santiago Garcés, “individuos de la absoluta confianza de Indalecio Prieto, a cuya escolta particular pertenecían”, y que luego habrían ocupado cargos de gran responsabilidad durante la guerra, pues Garcés habría sido jefe nacional del SIM (Servicio de Información Militar) y Ordóñez jefe del Servicio de Informaciones del Estado, que tendría a su cargo las labores de espionaje y contraespionaje. Al no encontrar a Gil-Robles en su domicilio, se encaminaron al de José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española, donde Condés encargó a varios guardias y paisanos que vigilasen los alrededores, y seguido por algunos otros penetró en el edificio con una orden de detención falsa del diputado monárquico, a quien pidieron les acompañase a la Dirección General de Seguridad. Su hija Enriqueta, describió una minuciosa y emotiva relación de los hechos, narrando la inicial oposición a la detención (“¿Detenido? ¿Pero por qué?; ¿y mi inmunidad parlamentaria? ¿Y la inviolabilidad de domicilio? ¡Soy Diputado y me protege la Constitución!”) y de como finalmente optó por acompañar a los guardias sin oponer resistencia, entre reiteradas peticiones de su esposa de que no se lo llevasen.


De lo ocurrido a partir del momento en que Calvo Sotelo entró en la camioneta consta en el proceso extraordinario incoado bajo el régimen franquista el relato de un testigo presencial, el guardia de asalto Aniceto Castro, quién se colocó al lado de Calvo Sotelo: En el banco delantero se sentaron el chofer, el Capitán Condés y José del Rey; en el segundo, algunos paisanos y guardias; en el tercero, que era de espaldas a la dirección, no iba nadie; en el cuarto, el declarante, el Sr. Calvo Sotelo y el guardia del Escuadrón de Seguridad, y, en el quinto, ‘el pistolero’ [Cuenca] y otros paisanos. Se encaminó la camioneta calle de Velázquez abajo, y a los pocos momentos de emprender la marcha, cree fue al llegar al cruce con la calle de Ayala, sonó un tiro, y al momento vio que el Sr. Calvo Sotelo caía hacia la derecha y ‘el pistolero’ esgrimía detrás de él una pistola con la que, indudablemente, había disparado sobre la nuca de aquél. 


Al instante, vio como ‘el pistolero’ hizo un segundo disparo sobre la cabeza del Sr. Calvo Sotelo, cuando ya éste estaba cabeza abajo. Entonces el guardia del Escuadrón se pasó al asiento de atrás. ‘El pistolero’ exclamó: ‘Ya cayó uno de los de Castillo’, y al mismo tiempo Condés y José del Rey se cruzaron miradas y sonrisas de inteligencia. Al llegar a la confluencia de Velázquez con Alcalá, les detuvo otra camioneta de Asalto allí apostada, al mando del Teniente Barbeta. Les dejó pasar y siguieron en la camioneta 17 hasta el Cementerio del Este, al llegar al cual el Capitán Condés, José del Rey y algunos otros se apearon, y, tras de hablar breves palabras con dos guardas del Cementerio, dieron orden de apear el cadáver, el que extrajeron de la camioneta entre varios y le dejaron dentro del recinto del Cementerio, bajo los cobertizos, en una acera próxima a la puerta de entrada. A continuación volvieron en la camioneta sus ocupantes hacia Pontejos. Por el camino dijo el chofer: ‘Supongo que no me delataréis’ y Condés respondió: ‘No te preocupes que nada te pasará’. 

Cuando pasaban junto a la Plaza de Toros, dijo José del Rey: ‘El que diga algo de todo esto se suicida. Lo mataremos como a este perro’. Llegado al cuartel de Pontejos, ‘el pistolero’ entró en él, llevando el maletín del Sr. Calvo Sotelo y el comandante Burillo, al verle, le abrazó. Ambos subieron a la Comandancia, juntamente con el Capitán Condés, José del Rey y otros oficiales de Asalto de Pontejos. Algo más tarde vio llegar y subir allí también al teniente Coronel de Asalto Sánchez Plaza.38 Aunque la propaganda franquista presentó el asesinato como un crimen de Estado perpetrado por la Guardia de Asalto, lo cierto es que los integrantes de este cuerpo policial no fueron los únicos participantes en el hecho. Fernando Condés, quien parece estuvo al mando de la operación, no era guardia de asalto, sino capitán de la Guardia Civil e instructor de La Motorizada; y el autor del disparo, Luis Cuenca, pertenecía también a La Motorizada, habiéndose distinguido por la protección prestada a Indalecio Prieto durante el mitin de Écija, en que fue agredido por los partidarios de Largo Caballero. 


El hecho de que tres diputados del partido socialista encubriesen a los autores del asesinato de otro parlamentario y se preocupasen por que pudieran permanecer escondidos, confesándolo sin tapujos en sus memorias, es buena prueba de hasta qué punto la España de 1936 se hallaba muy lejos de la normalidad política. A los pocos días de comenzar la guerra, el 25 de julio, el sumario instruido con motivo del asesinato fue sustraído del Tribunal Supremo, a punta de fusil, por miembros de las Milicias Socialistas.